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Textos
Autor
David Espinosa
Año de publicación
2013
Referencia bibliográfica
CORNAGO, Óscar (Coord.), Manual de emergencia para prácticas escénicas. Comunidad y economías de la precariedad, Madrid, Continta me tienes, 2014, pp. 150-155
3 de agosto 2020
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Mi gran obra. Un proyecto ambicioso

Mi Gran Obra es lo que yo haría si tuviera un presupuesto ilimitado, el teatro más grande del planeta, 300 actores en escena, una orquesta militar, una banda de rock, animales, coches y un helicóptero. Mi Gran Obra es una utopía. La realidad en la que siempre nos hemos movido como artistas se caracteriza por la precariedad y la escasez de medios, y precisamente ahí ha estado siempre el acento de nuestros trabajos: ingeniar mecanismos para resolver la falta de recursos, convertir la necesidad en virtud, subrayando las carencias para potenciar el fracaso como interés y motor de la creación. Por eso ahora que nos encontramos en una complicada situación socioeconómica, en la que muy pocos se pueden permitir este lujo, nos parece el momento idóneo para abordar nuestro primer gran proyecto, un proyecto ambicioso. En Mi Gran Obra nos planteamos construir un espectáculo de gran formato, sin escatimar en gastos, desarrollando todas las ideas que aparecieran por muy caras que pudieran resultar, con material y un equipo artístico ilimitado. Pero, obviamente, con un ligero matiz: a escala. El resultado es un juego formal del que surgen diferentes narrativas no lineales que son un retrato de la sociedad en que vivimos, y que encierran metáforas que cada espectador interpreta a su manera. Imágenes, acciones y escenas bastante concretas, que no siguen un argumento ni tienen una intención discursiva. Nos parecía atrayente el uso de las maquetas porque son la visualización de una idea previa a la construcción, están en ese espacio entre el pensamiento y la realidad, son algo así como un «objeto de pensamiento físico» u «objeto físico de pensamiento». Tienen ese carácter procesual que sugiere más que afirma, y su finalidad está en el acto de construcción, que una vez acabado, las convierte en un objeto inútil, efímero, que creemos subraya esa cualidad de lo escénico, y las paradojas que ello encierra en relación a lo político, lo económico y lo cultural. Abreu, en sus escritos de divulgación, defendió la idea de distribución de la riqueza de Fourier e introdujo la doctrina utópica del falansterio o comunidad igualitaria. En 1841 redactó el documento «Proyecto de Falansterio para el sitio de Tempul», defendido por Manuel Sagrario de Veloy ante las autoridades, pidiendo apoyo público para su realización, en los siguientes términos:

Trata nada menos, que de averiguar hasta qué punto puede mejorarse la condición moral y física de la especie humana, oponiendo a la vez un dique a las guerras, a las revoluciones, y a los motines. Es la empresa más santa de cuantas han podido imaginarse; pues sus beneficios deben alcanzar, no a un solo pueblo, provincia o nación, sino a la humanidad entera, sin que le cueste una gota de sangre, ni una lágrima.

Últimamente tengo un problema cada vez que voy al teatro, y es que no soy capaz de dejar de ver lo que hay detrás de esa performance o ese espectáculo, mas allá del significado o el discurso que plantea. Todo el tiempo tengo presente lo que ha costado hacer ese trabajo, de dónde ha salido el dinero, en qué se han gastado la pasta y cómo se ha repartido y conseguido el pastel… y aunque me parece frívolo delante de una obra de arte, mi mirada, mi interés, mi disfrute, mi juicio, mi valoración, pasa inevitablemente por esta relación calidad-precio, como cuando hago la compra en el Condis y acabo llenando el carro de productos en oferta, de marcas blancas, y me llena de satisfacción haber ahorrado cuatro perras en un paquete de yogures… porque aunque el arte no se deba valorar económicamente, no se pueda medir ni comparar, que no me jodan, que no es lo mismo hacer algo con 300 euros de mi bolsillo, que con 300.000 de las arcas públicas o de la Coca-cola… y cuando estoy delante de una obra que reluce por todas partes, de esas en las que notas que no han escatimado en nada, escenografía (que palabra tan vieja), vestuario, luces y videos, y número de intérpretes (que sean más o menos, estos siempre cobran lo mismo: poco) me entra un repelús enorme y se me frunce el ceño, y ya tienen que sorprenderme con el trabajo y darle mil vueltas a todo, que como no haya algo honesto no alegro el careto… en cambio, cuando no se abre el telón y te encuentras a esa persona, o colegas que se han pasado por el forro los focos, y han traído las mesas del Ikea del que vivía más cerca, me relajo y empiezo con una sonrisa que lo suele perdonar todo, los errores en el movimiento, los agujeros en los planteamientos, y la falta de curro, porque el tamaño sí que importa, y por supuesto que es un pensamiento de pobre, que el pijo ni se fija en lo que ha costado ese efecto, que por algo seguimos en la dictadura de la alta cultura.

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