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Autor
Carlos Marquerie
Año de publicación
2009
Referencia bibliográfica
Inédito. Conferencia impartida por Carlos Marquerie. Valencia, 9 Diciembre 2009 
5 de junio 2020
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Apuntes hacia una ética de artista

Sobre el aislamiento del artista y la marginalidad

1.-

Desarrollar un trabajo artístico en un marco aislado del medio artístico.

Así me encuentro, y aunque estemos aquí de jornadas, todos juntos, creo que estoy o estamos aislados.

La rareza es un preámbulo de la extinción en la compleja economía de la naturaleza. Esto lo decía Darwin y a mi, en nuestro contexto me asusta, y no exactamente por el miedo a la desaparición.

Aislado económicamente de los flujos del dinero de la cultura, aislado de los estados de opinión y aislado del mercado. Me guste o no me guste, hoy inevitablemente el artista se relaciona y debe relacionarse con el mercado, aceptando sus reglas, trasformándolas u oponiéndose. Pero necesita posicionarse.

Madrid, y perdonar que me refiera al contexto de mi ciudad, vive en un divorcio absoluto entre los estamentos de la cultura oficial y aquellos que estamos en los márgenes y que propugnamos otra relación del arte con la sociedad. El arte nunca debiera ser un entretenimiento, y ante la cultura del entretenimiento me aparece ese miedo a la extinción del arte profundo, el único que para mi tiene sentido.

2.-

Hay vinos que más allá de su calidad y de su precio, cuando te los metes en la boca te das cuenta que ocultan cosas, que alojan de alguna manera misterios que no eres capaz de resolver. Eso es lo que me gusta del vino y también del arte. Pero de igual modo existen espectáculos y vinos amables, de fácil beber, con los que sólo puedes aspirar a unas risas. Yo sinceramente prefiero una botella de un vino serio aunque no sea muy bueno a un excelente espectáculo entretenido.

Todo esto no es una queja, ni una defensa de la marginalidad. Hace años entendí que mi fuerza (quizá la nuestra) reside en la debilidad. Esto no es una claudicación ni mucho menos, es una conclusión fruto de la experiencia. Quiero hablaros de mi hijo Juan de 13 años, al final siempre termino recurriendo a la familia. Juan es disléxico, como yo lo fui y creo lo sigo siendo. Tiene serios problemas de aprendizaje y tuvo un retraso inmenso en su lecto-escritura. Hoy es un lector empedernido pero continúan los problemas académicos. Este trimestre creo que su nota media en lengua debe estar rondando el 3, a excepción de una redacción que fue calificada con un 9,5. En el curso pasado y en lo que va de este sólo ha tenido dos ejercicios de redacción y la mayoría de los exámenes consisten en memorizar palabras difíciles que el profesor propone y pregunta. Creo que es una estrategia para mejorar la ortografía, absurda desde luego, y que lejos queda de lo realmente importante de la lengua. Yo no dejo de animarle y creo que su fuerza está en su debilidad ante el sistema educativo, es decir en su capacidad de expresarse por medio de la escritura. Este es un ejemplo y creo que cualquiera de los aquí presentes conocerá ejemplos similares en cualquier estamento de la sociedad.

4.-

Permitidme una perogrullada obvia. En una sociedad donde se valoran los resultados sin preocupación por los medios con que se consiguen y se premia la fuerza y la apariencia en una carencia casi absoluta de valores morales y éticos, es normal que un arte ético y moral habite en los suburbios. Pero esa es la fuerza, mi fuerza, nuestra fuerza o mejor si me permitís la fuerza de la poesía.

5.-

La opción o las opciones que cada uno escogemos a lo largo de nuestra vida configuran nuestra práctica. En 1988 Ariel Goldemberg tras el estreno de mi obra Otoño , me ofreció irme de residente al teatro que él dirigía al norte de París para trabajar con H. Muller, que en aquellos años estaba allí invitado también como residente. Rechacé la oferta pues estaba viviendo con mi compañía de entonces, La Tartana Teatro, una profunda crisis que desembocaría en una gran trasformación y la apertura del Teatro Pradillo. Tengo que reconocer que en momentos de debilidad me arrepentí de aquella decisión. Hoy no. Aparentemente fue un error y mi trayectoria profesional seguramente habría sido mejor o más amplia desde París. Lo que no estoy seguro es que la trayectoria artística, es decir el

camino ético y estético por el que transito hubiera sido mejor, o incluso, si se puede valorar cuantitativamente un trayecto regido por valores no cuantificables. Creo que habito en los intersticios de la cultura fruto de mis decisiones y de mi práctica.

Sobre cómo me aproximo a mi trabajo

Poco a poco estoy acercándome a contaros los principios que rigen mi trabajo o quizá a la contradicción que lo alumbra.

Por una parte el deseo de desvelar aquello que de la vida no termino de entender, el deseo de nombrar lo que se aloja en las ranuras de la naturaleza de las cosas. Por otro lado entender cómo todo esto que nace en un universo privado y personal tiene una dimensión pública y social. Y de forma inevitable buscar los medios necesarios para que tanto el deseo (la búsqueda en definitiva de la materia de cada obra) y su fin (la formalización que la estructura como obra) tengan una presencia y un sentido en la sociedad, es decir su espacio y su visibilidad.

Hablo de contradicción y sé que no lo es. Lo privado y lo público no tienen por qué suponer una contradicción. En momentos fue un idilio: final de la dictadura donde artistas y sociedad caminamos juntos, ahora quizá yo lo vivo más como una tragedia o al menos como un desacuerdo, pues no me gusta el camino que lleva la sociedad en la que vivo y creo que me opongo frontalmente a ella y por tanto es lógico que lo que yo hago y digo no le guste tampoco a la sociedad. Quede claro que mis obras ni son escandalosas ni provocadoras. Son pequeñas, muy serias y normalmente con un tempo que invita a la reflexión.

Estos tres pilares que mencionaba, aunque realmente el término es absolutamente erróneo, pues pilar lo asociamos con algo sólido o que asegura cierta solidez, y las tres conjeturas son más bien dudas o incógnitas a resolver o anhelos, que viven en un equilibrio sumamente inestable y en pocas ocasiones consigo esa apariencia de equilibrio, es decir obras aparentemente redondas. Digo apariencia y lo relaciono con lo anteriormente dicho de manera despectiva sobre esta sociedad de apariencias. Al repasar mi trayectoria veo que hay obras que han tenido una opinión más positiva, que parecen haber gustado más, que han girado más, en definitiva que se acercan a los parámetros de lo que se llama éxito y tengo que deciros que raramente coinciden con la importancia que las obras han tenido en mi vida y en mi trayectoria, y también tengo que deciros que el fin último de mi trabajo está en cada espectador y en aquello que la obra deja, no sólo en el instante, sino también y sobre todo en el tiempo, en aquello que perdura en la piel y en la memoria del espectador con el paso del tiempo.

Y en este punto vuelvo al equilibrio imposible de esos pilares temblorosos que están a punto de derrumbarse y que considero sustentan mi obra y cuestiono su importancia, y también vuelvo a ese lío de la debilidad, en este caso a la debilidad de las obras, la fuerza de esas obras débiles que balbucean un halo que se aproxima a algo de verdad, o si me permitís que balbucean un hálito de verdad, verdad que se esfuma como la vida.

Estoy contento con estas palabras que con prisa vuelco sobre el papel, porque me gusta esta idea de los tres pilares de mi trabajo que están en continuo peligro de desmoronarse. Me gusta esta manera de contar el continuo cuestionarse el trabajo.

Realmente no sé lo que persigo con mi trabajo. No me sirve únicamente el placer o la satisfacción personal de nombrar lo que antes no podía nombrar; tampoco me es suficiente el dar la forma adecuada a una obra, por otra parte tarea cada vez más fácil, pues los años nos dan el oficio de resolver, el temible oficio con el que tan fácil nos es la apariencia y la falsedad, realmente el trabajo es una lucha con lo sabido; y tampoco pienso que el sentido de una obra esté en el beneplácito de la opinión y del público. Pero contradictoriamente los años pasan y sigo haciendo lo que llamamos “obras” y creo que en la continuidad y en la resistencia es donde tiene el sentido el trabajo del artista o al menos el mío. Con el transcurrir de los años y las obras, se establece un diálogo con la sociedad, difícil de entender cuando se mira desde el momento de creación o de presentación de una obra, pero como decía mi amiga Angélica Liddel en su Ricardo (y cito sin fidelidad) las palabras sudan y algo perdura a través de ese sudor en los hombres. Qué difícil diferenciar el deseo de aquello que sucede, es como en esos sueños intrascendentes que nunca sabemos si los hemos vivido o soñado, pero que en definitiva nos alimentan y conforman nuestra vida ya sea soñada o vivida.

Sobre las razones que me permiten seguir trabajando

1.-

Quizá todo esto de lo que he hablado no sea importante y la importancia resida en hacer, en continuar haciendo, eso sí con la solidez ética del artista, y creo que aquí, en este punto no me admito o no me quiero admitir la debilidad.

2.-

Quiero hablaros de un hombre que conocí con 17 años y luego lo consideré mi maestro y lo sigo considerando: Francisco Peralta. Marionetista. Cuando le conocí tenía el proyecto de hacer una obra: La noche. Durante años no consiguió hacer la marioneta capaz de hacer lo que él había soñado que debería hacer la marioneta en escena. Soñar es injusto pues lo que el quería hacer era como un imposible. Hoy a sus más de 80 años tiene esa marioneta, trabaja en ella unas diez horas diarias, solo en un estudio a 30 km. de su casa. Ahora quiere hacer esa obra. Creo que Paco me enseñó a trabajar en el arte, y sobre todo una ética del artista.

3.-

Durante años me peleé con mi capacidad para crear imágenes en la escena. Me negaba absolutamente a construir imágenes. Me era fácil proponer imágenes para la escena y la imagen en sí me producía serias dudas por el abuso continuo al que están sometidas. Buscaba la acción tanto en la escena como en la palabra, y un buen día fui consciente de que las imágenes eran la base de mi trabajo, quisiera o no quisiera, y que al huir de ellas lo que hacía era construir en la escena a partir de ellas, pero dejándolas en un sub-texto y ocultándolas incluso con pudor. Esto se oponía muchísimo a la desnudez con que me gusta trabajar. Me gusta buscar la manera más sencilla de expresar las ideas sin renunciar a su complejidad (no confundir sencillez con un proceso de simplificación que conlleva siempre la supresión). Ponerlas en escena sin más, es decir, plantarlas allí. De este modo he recuperado la construcción de imágenes en escena, y os aseguro que la libertad y naturalidad que me ha dado en los procesos a la hora de trabajar, tanto cuando me encierro yo solo en el estudio, como cuando lo comparto con mi equipo, me hace reflexionar sobre la importancia de dudar y cuestionarme los principios más sólidos. Creo que uno de los objetivos primordiales de los artistas es trabajar con libertad, y esto también suena a perogrullada, pero no lo es. La fortaleza con que un artista se debe mostrar en sociedad (aunque sea en nuestra pequeña sociedad de la escena), la dependencia de los mercados, incluidos aquellos inteligentes, aquellos que comparten nuestros intereses. La exigencia de que todo artista debe explicarse más o menos teóricamente y que tantas veces se cae en la justificación de lo injustificable. Incluso el propio estilo, o los principios más o menos inamovibles, o aquella corriente a la que seguramente no nos hemos adscrito pero que de alguna manera formamos parte de ella, todo, absolutamente todo nos puede estar amputando la libertad de cuestionarnos a nosotros mismos en nuestro trabajo.

Es curioso que los años de trabajo me den la conciencia de la importancia de cuestionarme y al mismo tiempo la propia experiencia me llene de cosas aprendidas que indudablemente cercenan la capacidad de contar con la veracidad del descubrimiento. Naufragar en lo desconocido al mismo tiempo que se dinamita los terrenos conquistados.

Pequeña conclusión

En definitiva creo que todas estas ideas más o menos conexionadas, más bien menos que más, creo que son parte de lo que podríamos llamar apuntes hacia una ética de artista.

Un epílogo posible

El lunes pasado, cuando me metí en la cama después de haber comenzado a mal ordenar estas ideas, me vino a la cabeza un texto, que forma parte de la obra Entre las brumas del cuerpo. De alguna manera lo vi conexionado con lo que intentaba contar. Realmente hoy sigo sin saber cuál es la conexión, pero a pesar de todo me gustaría leéroslo.

8ª aproximación a otro estado de percepción / amanecer del 18 de agosto de 2008

Entre las brumas del sueño, en esos instantes de confusión entre lo que soñamos y lo que somos, ví las hendiduras de las huellas de nuestros cuerpos en el colchón, cubiertas de tierras color gris paja, mezcladas con otras blanquecinas con brillos plata, y en menor cantidad, arenisca color ultramar intenso. Esta especie de escombrera en miniatura, esparcida por el lecho, casi llenaba la oquedad dejada por tu cuerpo, mientras la mía aparecía cubierta con una ligera costra de restos diseminados.

Al desperezarme, y todavía entre esas mismas brumas que enredan los límites del sueño, me agarré a tu cuerpo con la vehemencia producida por ese sentimiento de tránsito en el que impera una necesidad de adherirse a la vida.

 

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