En tanto seres finitos, no disponemos de más eternidad que la del instante.

Ese tesoro efímero da la medida justa de cuanto en nosotros puede nombrarse eterno.

Sergio Monreal.

 

 

A casi 13 años de mis inicios en el arte acción, veo mi experiencia como una compleja trama de eventos y a la vez como un proceso que da cuenta de mi búsqueda para entender la vida y las dinámicas de las relaciones humanas, centrándome principalmente en el aspecto del poder. Sin embargo, el inicio de mi trabajo tiene sus bases más fuertes en la construcción de actos que me permitieron entender los campos de la realidad virtual y de la realidad a secas, es decir, entre la vivencia del tiempo y el espacio físico versus la ilusión, la ficción y la mediatización. Ahí es donde encontré el campo más fértil para mi proceso de individuación. Como artista y como ser humano que busca en el arte una forma de conocimiento de la realidad, quería despojarme de todo accesorio que no rindiera cuenta directa y clara de mí misma para mí misma. La pintura, que empezaba a cultivar como estudiante de arte, pronto fue desplazada por el performance. En ese entonces era para mí contradictoriamente una forma amorfa, difícil de definir y fácil de interpretar. Empiezo a entender ahora esa cualidad inasible del performance y lo que esto puede significar para cada uno de aquellos que la practican o de aquellos que han encontrado en ella una fascinación o desprecio como espectadores o testigos. Esa cualidad inasible es el campo del ejercicio de la libertad en actos; la encarnación de una conciencia de experiencias que en si mismas dan fe de esa libertad…

 

Como dice el artista de performance catalán Joan Casellas: La performance es tierra de nadie donde todos pueden encontrar un lugar. Esta tierra de nadie es uno mismo, de ahí que la disciplina del performance no exista. Aunque, para cultivar esa tierra de infinitas posibilidades que es la existencia misma, sea necesario ser personalmente metódico y sistemático y, como dice Alexander a su hijo en la película El Sacrificio de Andrei Tarkowsky al hablarle de aquel novicio que tenía la orden de su maestro de regar todas las mañanas un árbol muerto que aquel había plantado:»A pesar de lo que se diga, es hermoso ser metódico, sistemático!» Y agrega, «Sabes, a veces tengo la sensación de que si cada día, a la misma hora, efectuamos un acto y somos fieles a ese ritual, en forma invariable, todos los días, sin que falte uno, la faz de la tierra cambiaría».

 

El performance se inserta en la realidad para cambiar algo: un acto nuevo, poético, es en sí un cambio. Pero aún así, el performance apunta a algo más. En performance todo es posible como lo es en la experiencia humana, pero viene a existir como un juego paradójico entre un terreno libre para formular cualquier acto y su diferenciación de la vida. La performance es una tierra de nadie donde todos encuentran un lugar… para expresarse, para ser, para vivirse. Esta tierra de nadie somos nosotros mismos. Cada artista define al performance en su práctica con una actitud como sello, sea la del antropólogo o la del desesperado visceral; la del investigador o la del exhibicionista; la del experimentador o la del actor, etc. En esta tierra de nadie todos pueden encontrar un lugar, si se es conciente que ese lugar es su propio tiempo presente. El momento del arte acción es el presente. El momento de la conciencia ética, es el presente. El momento de la transformación es también el presente. La práctica del performance es la reflexión de los actos y la creación de otros. Se vuelve una filosofía y una práctica de vida en vistas a un ideal o a una conciencia en evolución.

Por modesta que sea una acción es todavía una voluntad de disidencia. Presentarse a sí mismo deconstruyéndose es un acto que demanda formular nuevos valores de esa presencia frente a todos los ya existentes de forma situacional, es una transfiguración en el dominio de la existencia singular y cotidiana. Si el desarrollo histórico del arte nos ha llevado o traído más cerca de esta tierra que es la vida misma; el artista, en el lado opuesto de la ficción y la representación, se ha convertido en un laboratorio abierto a la exploración física y mental, abierto a la exploración directa de las relaciones humanas y de poder, a la creación de experiencias que incidan en su propio proceso de individuación, es decir, en una conciencia de sí mismo en el mundo, pasando por su realidad corpórea y practicando la intervención en actos creativos. El performance, como tierra de todos y de nadie apunta hacia una reflexión histórica y actual de los actos y de las actitudes y a su vez reclama la inversión de nuestra energía en la construcción de nuevas formas de encuentro humano, en renovar los valores de las relaciones humanas.

 

¿Qué hace un artista? Se revela a sí mismo y, de esta forma, revela a la humanidad algo de ella misma. Actualmente, en arte, los ideales, frustraciones, emociones, creencias, la imaginación y demás, se dan encuentro en el campo de la realidad pública y privada utilizándolas como soporte. Es una conciencia de que las relaciones humanas se están reformulando a partir de que estamos viviéndonos en una era altamente tecnificada y global, y de que las posibilidades humanas aún no se agotan. Que las bases de las actitudes humanas pueden ser trabajadas en un proyecto en vistas de un equilibrio de las mismas relaciones humanas, del hombre con la naturaleza e, incluso, con el universo.

¿Cuál es la materia a transformar? ¿Cuál es la materia del arte actualmente?

El ser humano reformulando los actos cotidianos en actos creativos, en actos liberados de la alienación a sistema de vida como en el que vivimos. El tiempo de esta obra es la vida misma. Sí, esa es la materia en la que trabaja el artista de la acción: la humanidad siempre en el presente: la materia más devaluada y la que se devalúa a sí misma en la otredad. Sin embargo, es precisamente esa la que me interesa. La humanidad.

 

En las bases de la práctica del arte acción, se encuentra una actitud de búsqueda. La institución de los hallazgos es la muerte de esta actitud; las escuelas son el principio de autoridad que siempre ha rechazado el arte acción. Pero cómo aprender si no hay escuelas, me refiero al saber instituido. Este principio reclama nuevas formas de relacionarse con los otros y la actitud de aprendiz o de intercambio. Cuando doy un «curso o un taller de performance», nadie es mi alumno. Ante todo hay un respeto por las preguntas formuladas por la duda o la ignorancia. En la discusión de cualquier tópico, el debate es el principio por el cual todos los reunidos podemos aprender de todos. Incluso el diálogo con los materiales es importante; estos no son utilizados. En todo esto soy antiwarholiana. La materia demanda un diálogo para revelar sus cualidades y sus misterios frente al individuo que la aborda. El proceso alquímico se da cuando el vaso, no sólo cambia su signo, sino se transforma en vivencia; experiencia que rompe la fragilidad del vaso sin destruirlo.

El performance es una tarea de transformación existencial, independiente de los discursos, muchas veces autoritarios, de los curadores y críticos de arte. A muchos de ellos no les interesó ni les interesa, actualmente, lidiar con artistas pensantes y autónomos, que sustentan en su práctica otros valores como el de la autogestión y el discurso artístico desde sus propias intenciones. Sin embargo, los caminos periféricos del arte internacional empiezan a ampliarse en redes de encuentros de artistas creados por artistas. Es ahí donde hemos encontrado varios de nosotros un apoyo de resistencia a las actitudes de poder de siempre. No podemos seguir argumentando nuestra sumisión a cualquier realidad. Si se nos imponen condiciones extremas, nuestra libertad, siempre en movimiento hacia una conciencia de lo humano y de ser con los otros seres humanos, dependerá sólo y únicamente de nuestra experiencia, valores, conocimiento, decisión y resistencia.