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Autor
Ana Sofia Pereira da Silva
Año de publicación
2011
Referencia bibliográfica
A veces me pregunto por qué sigo bailando. Prácticas de la intimidad, Madrid, Con tinta me tienes, Madrid, 2011, pp. 299-321.
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Texto original publicado
26 de mayo 2020
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Hacia un espacio individual

La intimidad concierne al territorio de la experiencia que no es obligatoriamente expresable. El espacio de la intimidad nace también con la conciencia del pudor, con el secreto, con la necesidad de habitar un lugar oculto. Aunque el espacio íntimo no esté necesariamente vinculado solo al espacio privado y doméstico este no le es del todo ajeno. El lugar íntimo no es solo el espacio de proyección individual, sino que es también el espacio de confrontación con el otro, el otro que es cercano, familiar o cómplice. Los espacios íntimos son los habitados sin máscara o protocolo, son los lugares del desnudarse. Son los lugares de lo profundo, de lo recóndito, de lo intrínseco. Considerar la importancia de la relación que el habitante establece con el espacio en la construcción de la intimidad no es tarea pequeña. Que las prácticas de la intimidad juegan con el habitar y se plantean de formas distintas de acuerdo con la naturaleza del espacio que se habita es cuestión que no planteamos. De hecho, es de donde partimos. Al contrario de lo que nuestro abordaje pueda parecer querer intuir, somos conscientes de que la construcción de la intimidad no está necesariamente vinculada al espacio privado, y sabemos que no es solo en los espacios individuales donde podremos entrever los espectros del habitar íntimo. Sin embargo, observar los espacios destinados a un individuo es una forma, entre muchas, de acercarnos a las cuestiones concernientes a la construcción de la intimidad como un tema espacial. A medida que hemos observado los síntomas de la búsqueda individual de un espacio propio a lo largo de la Edad Moderna en el mundo occidental, también hemos identificado varias formas del individuo sobre cómo confrontarse con el tema de la intimidad. Si, en un momento inicial, la intimidad habría sido sentida como una especie de conciencia instintiva, asociada sobre todo al cuerpo y a los afectos, se vuelve con el paso del tiempo territorio mucho más complejo y lleno de matices. De acuerdo con Hannah Arendt, el concepto de privado surge, entre los antiguos, basado en la idea de la privación. El mundo privado sería entonces aquel en que uno se veía privado de algo. En el mundo griego esta privación sería relativa a la privación del acceso a la esfera pública de la polis.

En la Antigüedad clásica vivir una vida únicamente privada correspondía a vivir una vida inferior, no enteramente humana. Según Arendt, tanto la polis de los griegos como la res publica de los romanos garantizaban la existencia de un espacio concebido para la instauración de algún tipo de permanencia, un espacio que pudiese contrabalancear la futilidad y mortalidad de la vida individual. Asimismo, la esfera pública, para los griegos, estaba destinada a la individualidad, solo en público cada individuo podría hacer prueba de su individualidad. La relación entre espacio público y espacio privado se transformó a lo largo del tiempo. En la Edad Media, las cuestiones que anteriormente eran consideradas del foro público por los antiguos fueron transfiriéndose a la esfera privada. Consecuentemente se verificó, hasta el final de la Edad Media, un enflaquecimiento de la esfera pública. Para Hannah Arendt, el bien común medieval no solo significaba un reconocimiento de que cada individuo compartía intereses en común con los demás; el hecho de que la Iglesia cristiana siempre considerase a todos los individuos como hermanos es demostrativo del carácter no público de su doctrina. La cualidad de privación que los griegos asociaban a la esfera privada cesó con el nacimiento y generalización del cristianismo. El que cada individuo pasase a creer en una fuerza superior, que comandaba su destino, y pasase a estar convencido de que viviendo su vida de acuerdo con la doctrina cristiana tendría acceso a la inmortalidad lo liberaba de la necesidad de demostrar ante los demás, es decir, ante un público, la excepcionalidad de su unicidad. Por otra parte, la creencia individual en el dios cristiano implica el reconocimiento de una entidad que, como creadora, es la que mejor conoce a cada uno. Con cada creyente esta entidad soberana establece una relación de intimidad no recíproca. El creador, más allá de omnipresente, es omnisciente, lo que hace que el individuo creyente se encuentre en una continua sensación de vigilancia, como también de protección. A partir del momento en el que la humanidad identifica y caracteriza a un dios el individuo cristiano empieza a creerse permanentemente vigilado y por ello sin derecho a un lugar de ocultación, y también a sentirse continuamente acompañado, no sintiendo soledad aunque esté solo.

El espacio privado, asociado a la idea de privación, sería así el espacio donde el individuo se vería privado, sustraído del mundo, del contacto con los otros, de la permuta que es posible en las relaciones entre seres así como entre el ser y el mundo. Esta idea de privación resultaría de la convicción de que el individuo solo, aislado, viviría una vida deficitaria. Tal como explica también Hannah Arendt el establecimiento de lazos sociales, la capacidad de vivir una vida en común, se presenta como una de las condiciones propias del ser humano. Por esto afirma Arendt (1958: 52) que un ser que viviese una vida circunscrita a un ámbito privado no sería enteramente humano. Desde la Era Moderna suele asociarse el espacio privado a la idea de propiedad, cayendo en olvido así la idea de privación anteriormente concebida por los antiguos. El inicio de la Era Moderna está marcado por la ascensión de la economía1, en este momento se transfieren las preocupaciones domésticas –de la subsistencia individual– al exterior. Este movimiento creó la esfera social, donde comienzan a aglutinarse todas las preocupaciones domésticas asociadas a la supervivencia. A partir de este momento la sociedad va a componerse, hasta la formación de la sociedad de masas, por clases. Los individuos pertenecientes a cada clase comparten entre sí las mismas ansias. Ante este escenario, y aún de acuerdo con Hannah Arendt, la transferencia de las preocupaciones domésticas (anteriormente de carácter privado) a la esfera social vaciaron parte del ámbito privado reduciéndolo esencialmente al íntimo. Por esto, afirma Arendt (1958: 83) que la intimidad surge como un sustituto poco seguro de la esfera privada. Para esta autora el desarrollo de la sociedad tuvo como consecuencia la extinción de las diferencias entre la esfera privada y la esfera pública. Ambas han sido lentamente sumergidas en la esfera social. Aún de acuerdo con Arendt (1958: 82), la identificación de la intimidad surge en este contexto como una fuga del mundo, todo él exterioridad, hacia un “espacio” destinado a la subjetividad individual, que anteriormente estaba asociada a la esfera privada. Al contrario de los griegos, que creían que una existencia enteramente privada era despreciable, Hannah Arendt (1958: 84) apunta que una existencia vivida constantemente bajo la mirada pública se volvería superficial. Así, la propiedad no es solo un lugar que pertenezca a cada uno, sino que además proporciona la oportunidad de no ser vistos ni oídos, y de no ser obligados a ver u oír a los demás. Tener un espacio propio permite la construcción de un lugar oculto, concerniente no solo a uno, donde cada individuo pueda elegir dejarse ver o esconderse. El concepto de individualidad ha sido planteado, o restaurado, en el Renacimiento. Entre otros acontecimientos, el invento de la perspectiva es una clara evidencia de este hecho. La representación a través de la perspectiva remite a la representación calculada a partir de un punto de vista único e individual, el del proprio observador. El individuo había pasado décadas perteneciendo a una entidad superior o a una comunidad determinada más que a sí mismo. El hombre, hasta este punto, era un miembro de la Iglesia, un súbdito del rey, un vasallo de su señor o el hijo de su padre.

El proceso de individualización corresponde a un recorrido largo y moroso que se va desarrollando de forma más consciente desde el Renacimiento hasta comienzos del siglo XX. Es también un proceso de difícil generalización por implicar a diferentes grupos de la jerarquía social en los cuales esta evolución tiene diferentes impactos y tiempos. Georg Simmel (1935: 411), además de apuntar la acentuación consciente de la individualidad en el Renacimiento, afirma que, en este periodo, esta se fundamentaba en la voluntad de cada individuo de distinguirse de los demás. Cada individuo aspiraba a ser notable o famoso, y sobre todo quería ser único. Muestra de esto es la importancia que cada uno daba a su traje, traje este que debería corresponder a su propia (y única) forma de vestirse. A través de su traje, el individuo pretendía manifestar públicamente la originalidad implícita en su existencia, que se basaba en la noción del yo distinto de los demás. Este tipo de manifestación del ser individual, que se asienta en la distinción, fue claramente un fenómeno circunscrito a las élites sociales. Aunque sea posible observar ciertos cambios de comportamiento y nuevos tipos de reivindicación en lo que respecta a la individualidad en ciertas franjas de la sociedad, en realidad hasta el siglo XVIII el individuo sigue viviendo bajo influencias y opresiones familiares, comunitarias y religiosas, entre otras. Hay, sin embargo, algunas transformaciones en las formas de habitar y en las prácticas cotidianas que deberán ser enunciadas. Cuando en el siglo XVI se inicia la Reforma luterana, uno de los principios que se plantea es el del libre examen. La crítica al cristianismo hasta este punto vigente propone una vivencia espiritual en la cual el creyente pasa a relacionarse directamente con Dios. Este cuestionamiento de la mediación eclesiástica, existente hasta este momento, reclama la relación no intermediada con Dios y así la posibilidad de un nuevo tipo de planteamiento íntimo ante el creador. Esta reivindicación es también señal de la creciente conciencia del yo, de una gradual valoración de la vida interior de cada individuo y de la creciente creencia en la razón individual que se consolidará en la Ilustración. La cada vez mayor necesidad de traducir la vida individual –efímera– en materiales que posean la posibilidad de superarla es también un dato que no podemos menospreciar. Con la consciencia de la brevedad de la vida individual, y ante la longevidad de la vida de la humanidad, reflorece en el Renacimiento el retrato, en el contexto de la nueva individualidad que, tal como Simmel explica, se basa en la distinción. Es posible identificar la existencia de la representación pictórica individual desde la Edad Antigua. En los monumentos fúnebres egipcios, por ejemplo, la representación del individuo servía para preservar la imagen del difunto. Aunque sean exiguos los ejemplares conservados hasta nuestros días, se sabe que también en la Grecia y Roma antiguas la pintura retratista estaba instituida (Todorov, 2000: 15-43). No obstante, la práctica de este tipo de representación estuvo dormida a lo largo de los siglos siguientes. Es en el final de la Edad Media, y de forma reforzada a partir del Renacimiento, cuando el retrato surge imponiéndose como fuerte expresión de los nuevos tiempos que se aproximaban y de la creciente consciencia del papel del individuo. Si de una parte la práctica de la representación pictórica individual es prueba de la unicidad de cada uno, otorgando al individuo un lugar de representación, por otra parte, este pasa también a necesitar habitar un espacio propio, de acuerdo con este nuevo sentimiento de unicidad. Esta necesidad del individuo de encontrar un espacio únicamente suyo es, por ejemplo, denunciado por la práctica de la escritura de los diarios íntimos que, a la par de una progresiva alfabetización, se va extendiendo a partir del siglo XVI. Estos escritos estaban dedicados a fijar los actos cotidianos y sobre todo las experiencias que no se podían o querían compartir; en ellos el individuo encontró una manera de fijar eventos que temía que cayesen en el olvido. Estos registros eran testigo del yo incompartible con el otro. Desde el punto de vista espacial, esta práctica implicaba, por lo menos, que el individuo debería encontrar un sitio confidencial donde pudiese guardar su diario. Y este hecho plantea así la necesidad de que el individuo tuviese que poseer un espacio donde guardar sus propiedades a salvo de las miradas ajenas. De la misma forma que el aprendizaje de la escritura permitió la producción de los diarios personales, también la creciente generalización de la lectura proporcionó una individualización en torno a esta actividad. Si la lectura había sido una actividad colectiva, fuese en el ámbito familiar u otro, se transformó progresivamente en un acto individual. La gradual individualización de la lectura tuvo también implicaciones espaciales y así nuevas costumbres literarias pasan a plasmarse también en nuevas formas de intimidad.

Como consecuencia del enraizamiento de la escritura del diario íntimo surgen los escritos autobiográficos como género literario cada vez más frecuente. Entre confesiones, memorias o cartas, los escritos más íntimos de las personas empezaron a publicarse y a interesar cada vez más. Estos géneros literarios centrados en historias individuales enseñan la progresiva focalización del individuo. Aunque existen ejemplos de literatura biográfica y autobiográfica anteriores al siglo XVI, es sobre todo a partir de este momento cuando, animados por el espíritu humanista, empiezan a surgir con mayor frecuencia. De cierta forma, la necesidad de alejamiento es primeramente enunciada por la búsqueda de un espacio (la escritura de un diario personal o la lectura individual) que sobre todo resulta de una necesidad psicológica de aislamiento. Escribir un diario es un acto individual, podemos incluso notar que la relación del individuo con el soporte de la escritura, el detenimiento sobre el objeto y la concentración implícita en esa tarea crean un espacio que no solo concierne a uno, alejando a los demás del que se detiene en esa actividad, sino que, tras la inicial necesidad de aislamiento de las mentes enunciado por la búsqueda de un espacio de reflexión individual, también los cuerpos comenzarán su recorrido hacia el aislamiento. La tendencia es, a lo largo de los siglos siguientes, la del alejamiento de los cuerpos. La progresiva individualización del acto de dormir es un indicio de este apartamiento, aunque todavía tuviese que pasar bastante tiempo hasta que fuese considerada la necesidad de cada individuo de tener una habitación para sí. En estos primeros pasos hacia la individualización del sueño solo el aristócrata o el hombre rico son propietarios de una habitación individual. El primer momento de esta conquista empieza a partir de la individualización de las camas o en el refuerzo del uso de las alcobas. Aparece también otro tipo de espacios que evocan de forma más nítida la voluntad, o la emergente necesidad, de habitar individualmente un espacio. Palabras como estudio, gabinete o biblioteca podrían referirse, en el periodo post-Renacimiento, a piezas de mobiliario. No obstante, ante la creciente necesidad de habitar individualmente un espacio, estos elementos evolucionaron dando origen a habitaciones que conservan hasta nuestros días designaciones equivalentes, reforzando su vocación de uso esencialmente individual. Estos espacios abrigaban las prácticas asociadas al aislamiento como la lectura, la oración, así como otro tipo de prácticas íntimas. Además, la aparición de estos espacios no implica solamente una individualización del espacio, sino que afecta también a una especialización de los mismos. Al contrario de las habitaciones medievales, donde se mezclaban habitantes, usos, prácticas, estos espacios son destinados esencialmente al habitar de una persona. Observamos alrededor del siglo XVI otro espacio que es muchas veces asociado al habitar aislado, o más íntimo: el jardín murado. Este espacio exterior privado aparece como espacio de contemplación, retiro, meditación. Aunque no siempre el habitar del jardín privado signifique un habitar individual, supone fundamentalmente una sociabilidad íntima. Al contrario del espacio caótico y nauseabundo de la urbe, el espacio del jardín proporcionaba un espacio exterior domesticado. Este tipo de espacios podrá insertarse en la categoría definida por Foucault (1967: 46-49) como heterotopías; es decir, lugares creados por el hombre, que se presentan como una especie de contralugares, una especie de utopías efectivamente realizadas. De acuerdo con Foucault, estos lugares ora contestan, ora invierten los restantes lugares reales. El jardín privado y murado, con su composición ordenada, permitía el habitar de un espacio pacífico y reglado, destinado a la meditación; contrastaba en su forma, y contrabalanceaba en su uso con el caos y el desorden exterior. Asimismo, más allá de la necesidad de aislarse, el individuo empieza también a mostrar la voluntad de crear un universo propio distinto (o ajeno) del mundo donde se ubicaba. Así, el retiro no tendrá obligatoriamente que estar asociado al enclaustramiento en un espacio interior. No podemos olvidar que los primeros ermitaños encontrarán precisamente en el desierto el aislamiento que necesitaban para dedicarse con más libertad a la vida espiritual. El retiro suele incluso asociarse muchas veces al habitar de la naturaleza. En Voyage autour de ma chambre, libro con fecha de 1794, Xavier de Maistre describe un viaje efectuado a lo largo de 42 días sin salir de su habitación. En los primeros capítulos, este militar obligado a permanecer en clausura a consecuencia de un duelo, viaja a través de los objetos existentes en su habitación, a medida que los va describiendo y asociando a otras reflexiones. Todos los capítulos que componen este relato no son suficientes para que podamos conocer este espacio con algún tipo de definición. Su viaje es sobre todo un viaje interior, un camino que se desarrolla a partir de sus pensamientos y recuerdos. En el prefacio del libro Joseph de Maistre, su hermano, subraya que, al contrario de los grandes viajes del siglo, este tiene la particularidad de no poder ser repetido. Aunque alguien pueda encontrar las cuatro paredes donde tuvo lugar, será imposible rehacerlo. En la tradición de los diarios personales ya apuntados, reveladores de una búsqueda de un espacio individual, surge este viaje interior narrado por Maistre, que es un testigo más de la importancia que en el siglo XVIII se daba al universo interior de cada uno. Se desvelaba así la capacidad de la imaginación individual, valorando progresivamente los sentimientos y pensamientos de cada uno, se descubría una vida más allá de la vida de la que todos eran testigos. Cada individuo desarrollaba, ahora con conciencia, una vida interior, vida esta proporcionada también por la conquista progresiva de espacios propios. A partir de la Revolución Francesa, la afirmación del individuo resurgió con nueva fuerza. Georg Simmel (1935: 414) refiere este punto histórico como importante en el desarrollo de la concepción del individuo. Al contrario de la individualización a partir de la distinción que identifica en el Renacimiento, Simmel afirma que el concepto de individualidad surge en la Revolución Francesa asociado a la libertad. La individualidad y la libertad reivindicadas en este momento partían del principio de que los hombres eran naturalmente iguales, es decir, que las diferencias existentes, hasta este tiempo, eran artificialmente originadas. En Architectures de la vie privée, Monique Eleb (1999: 283) nos explica que hasta finales del siglo XVII nadie estaba solo. En las casas más humildes una sola habitación cumplía las funciones de la casa –sirviendo de cocina, comedor, dormitorio– y en las casas aristocráticas, mientras se pudiesen dividir en alas, las habitaciones eran comunicantes.

Hasta este tiempo el hecho de que una habitación poseyese varias puertas que permitiesen el acceso a partir de espacios distintos era habitual o incluso cómodo. Ya en el siglo XIX este tipo de planteamientos era indeseable. También Robin Evans (1978: 86), en el artículo “Figuras, puertas y pasillos”, habla de los planos de habitaciones comunicantes y de la aparición del pasillo en el siglo XVI. Explica que en una primera fase el pasillo coexistió con el sistema compositivo de las habitaciones comunicantes. Robin Evans asocia la introducción del pasillo a la necesidad de separación de los circuitos de los sirvientes y de los señores de la casa y sus invitados. Así que en una primera fase la contaminación del estar (individual o colectivo) por la circulación no era problemática si este cruce se hacía entre personas pertenecientes al mismo círculo social o familiar. Solamente en torno al siglo XIX el pasillo tomó el papel principal relativo a la distribución y comunicación entre las diversas habitaciones de un mismo edificio, suplantando las comunicaciones directas entre ellas. Monique Eleb (1999: 285) relaciona la disociación de los espacios de estar y de circular –y, tal como Evans, identifica el pasillo– con la posibilidad de cada individuo de poder elegir estar solo o en compañía. En la secuencia de estas evoluciones surgen espacios que subrayan la necesidad de delimitación del espacio individual, como son, por ejemplo, las antecámaras u otros tipos de espacios asociados al dormitorio. La emergencia del habitar íntimo se observa en la progresiva intolerancia, siguiendo a Monique Eleb, a una socialización impuesta. Asimismo el individuo empieza a querer elegir estar solo o en compañía y a salvaguardar su intimidad. Los espacios de distribución y circulación, así como la búsqueda de cierta independencia en cada espacio, surgen como planteamientos arquitectónicos que tienen como objetivo contornear los nuevos sentidos incómodos ante la ancestral socialización obligada. Es, sobre todo, en la vivienda burguesa donde el interior de la casa pasa a ser blanco de distinciones rigurosas y surge así la separación entre espacios de representación, espacios íntimos y espacios de circulación que pasan a definir los límites entre los dos primeros. Los espacios de representación son los espacios donde es permitido que alguien ajeno a la casa pueda penetrar. Los espacios íntimos son de uso restringido al agregado familiar, se priva el acceso al individuo extraño. En este contexto, la habitación de dormir es progresivamente cerrada, volviéndose espacio cada vez más identificado con el yo. La intrusión en estos espacios significa cada vez más una intrusión en el mundo interior de su habitante. Así, también en las viviendas burguesas, las alcobas que otrora se constituían como si fuesen ellas mismas pequeñas habitaciones dentro de habitaciones, envueltas en un velo de cortinas, pasan a ser lechos sencillos, ya que a partir de este periodo la propia habitación pasa a estar solamente destinada a una persona. En el siglo XIX, además de dedicada al descanso, la habitación se constituye en el mundo interior de cada uno. Las clases populares urbanas siguen viviendo en condiciones que no permiten ni la reivindicación ni la conquista del espacio individual. De cualquier forma es de apuntar que en las clases populares la casa propia es cada vez más deseable, y son progresivamente reclamados aspectos como la salubridad y el confort, lo que implica una mayor atención al habitar íntimo e individual. Ideas como el alojamiento mínimo o la necesidad de la cama individual empiezan a surgir. Así, de forma generalizada, aparecen tres tipos de intimidad en el ámbito de la casa: la familiar (lo que pasa en el interior de una casa es de ámbito privado, concerniente a la familia, y así vedado al exterior), la conyugal (una habitación para los padres es el mínimo que pasa a ser requerido) y la individual. En las clases obreras es progresivamente rechazado el alojamiento en los locales de trabajo. El nacimiento del derecho a la intimidad de la vida privada está asociado a la publicación en la Harvard Law Review en 1890 de un artículo escrito por Samuel Warren y Louis Brandeis titulado “The Right to Privacy”. La elaboración de este artículo surge como reacción a la aparición de pormenores de la boda de la hija del primero, abogado reputado de Boston, en las páginas de un periódico. Anteriormente a este hecho otros casos habían puntualmente despertado la cuestión del derecho a la intimidad, sin embargo es con la publicación de este artículo cuando el tema se vuelve más consistente y permite la solidificación de una base teórica a partir de la cual los litigios resultantes de la intrusión en la intimidad de la vida privada fueron apoyados favorablemente. En una primera fase el derecho a la intimidad de la vida privada estaba asociado a la propiedad. Los primeros casos que llegaron a los tribunales reivindicando el derecho a la intimidad de la vida privada se basaron en la intrusión en la casa o en la violación de la correspondencia, es decir, se fundaron en la transgresión de la propiedad privada. De hecho, las propiedades materiales, que son las más fácilmente identificadas, fueron las primeras en ser reconocidas como blanco de resguardo. Desde este punto de vista, lo arquitectónico surge como la primera línea del reconocimiento del derecho individual a la intimidad de la vida privada: las gavetas que no se deben abrir, los muebles que se pueden cerrar, las paredes que conforman el territorio del uno, o de un grupo restricto de individuos. Así, acompañado con el derecho a elegir estar solo el individuo empieza a poder decidir, bajo protección judicial, lo que puede ocultar o lo que solo a él concierne. El desarrollo del derecho a la intimidad de la vida privada evolucionó hacia la libertad personal. El aumento demográfico en la ciudad y el éxodo rural que resultaron de la Revolución Industrial han implicado, a un ritmo desconocido hasta este tiempo, un crecimiento urbano que confiere a la ciudad una nueva escala y dimensión. De hecho la ciudad empieza a ser un territorio de efervescencia, resultante de los nuevos acontecimientos que en ella tienen lugar. Más allá de plegar de forma definitiva e indiscutible la distinción, ya existente, entre medio rural y medio urbano, la Revolución Industrial se ha constituido en un acontecimiento que desencadenará alteraciones en la organización de la sociedad, en el trabajo, en el sistema político y económico y, por ende, en la ciudad. La ciudad post-Revolución Industrial pasa a inscribirse en el mundo como lugar privilegiado de pensamiento, de experiencia, de intercambio y de acumulación. Mientras la vida en el campo se mantiene caracterizada por el tiempo lento, por la rutina, la vida en la gran ciudad pasa a estar sometida a constantes mutaciones y a la innovación. La creciente separación entre aquello que concierne al ámbito doméstico y lo relativo al ámbito laboral también va a producir modificaciones en la concepción de la casa, y una nueva concepción del habitar doméstico que posibilitará nuevas formas de espacio individual. El alejamiento de las actividades laborales del espacio de la casa contribuyó significativamente a que se redibujasen los límites entre espacio privado doméstico y espacio público. Al tiempo que el trabajo dejó de estar espacialmente asociado a la casa, esta se cierra más, permitiendo redibujar la construcción de la intimidad en el hogar. A partir de este momento los límites entre público/civil y privado/ doméstico se vuelven más nítidos. El espacio de la casa pasa a estar asociado al descanso, al ocio y pasa a ser de forma general atípico buscar a alguien en su casa por cuestiones laborales. Asimismo el acto de irse a la casa de alguien va a estar cargado implícitamente de cierta intimidad. Acompañando el movimiento de la definición del espacio privado de la casa surge también una reforzada reivindicación del espacio individual dentro de la casa. Surgen en gran número los hogares para un solo individuo, donde la vida privada doméstica comienza a ser completamente absorbida por la vida privada individual. Hacia el final del siglo XVIII se desarrolla el Romanticismo y con él una renovada consciencia del yo como entidad autónoma y contenedora de un mundo interior complejo. Este movimiento, que surgió como reacción a la razón neoclásica y a la objetividad que habían dominado desde la Ilustración, se basa en el sentimiento del individuo, es decir, en la subjetividad. El hecho de que el Romanticismo centrase tanto la visión del mundo como el acto de la creación en el individuo favoreció la originalidad como forma de contrariar la tradición. Asimismo, el individuo romántico busca la originalidad en cierta medida de la misma forma que el hombre renacentista aspiraba a ser único. La personalidad romántica anhela ser dueña de un mundo interior que sea intenso y distinto de los demás. Por eso el individuo de este periodo se presenta muchas veces como un ser excéntrico; es individuo de grandes gestos y vive la vida plagada de emociones fuertes. Aunque el modelo familiar siga con una gran fuerza normativa, el contexto de la nueva ciudad es terreno fértil para el surgimiento de algunas minorías que proponen formas distintas de vida. La vida bohemia, sobre todo practicada por jóvenes, estudiantes o artistas, surge como el contramodelo de la vida familiar. Al contrario del medio familiar, que se asocia a la casa, el bohemio vive su vida en la ciudad, transfiere a los espacios públicos de la urbe sus actividades, lee y escribe en los cafés y en las tabernas. El espacio de reflexión que necesitó la conquista de un espacio apropiado a ella desde el Renacimiento es desarrollado ahora por los bohemios en los escenarios públicos. Estos hacen un uso privado e íntimo del espacio colectivo. Este uso del espacio público, que observamos en autores como Baudelaire, por ejemplo, es también algo que nos parece significativo pues demuestra que lo que tradicionalmente pertenecía claramente a la esfera privada pasa a través de las prácticas de estos grupos minoritarios a ser cuestionado. También, al contrario de la familia, estas minorías, que encuentran un problema en la vida tradicional, no poseen un domicilio fijo, lo que demuestra cierto desprecio por la propiedad. También los dandis intentan luchar contra una sociedad, cada vez más masificada, a través de la distinción. Surgen como los aristócratas del estilo, se nace dandi. Tal como el individuo renacentista, el dandi expresa su distinción en los círculos sociales, sean ellos públicos o privados. Su sentimiento de individualidad es llevado al extremo y así es también la expresión de unicidad que construye. Sin embargo, el surgimiento de estos grupos nace no solo como forma de cuestionamiento ante la forma de vida establecida, sino también como reacción al anonimato cada vez más experimentado en la gran ciudad. El nuevo espíritu de estas figuras y sus formas de vida han aparecido en nuevos tipos de hogares. En L’invention de l’habitation moderne, Paris 1880-1914, Monique Eleb (1995: 188) llama la atención sobre el surgimiento, en el periodo temporal que trata este libro, de un nuevo tipo de figura social que empieza a ser reivindicada, el soltero2. Charles Baudelaire comparte con sus antepasados románticos el interés por lo particular y por lo individual como desprecio de una visión más general del mundo. Sin embargo, más que la dedicación a las emociones reconocida en los autores románticos, Baudelaire orienta su búsqueda en las profundidades del yo, en el inconsciente, en el sueño. Charles Baudelaire es un convicto habitante de la ciudad, se vuelve ebrio con la vida de la calle, encontrando su lugar en el seno de la muchedumbre. En El pintor de la ciudad moderna, Baudelaire (1863: 13-20) describe al señor G, que aun cuando está fuera de su casa se siente como en su hogar en todos los lugares. Al describir “el artista, hombre del mundo, hombre de las muchedumbres y niño”, o sea al hombre moderno, Charles Baudelaire transmite el remordimiento y pena que este siente al ser obligado a quedarse en el interior perdiendo la vida que pasa en la gran ciudad. Para él la casa deja de significar el enraizamiento en un lugar, la identificación de un emplazamiento propio de cada uno. Esta idea de casa es para Baudelaire reductora cuando el individuo de su tiempo encuentra en la metrópoli un sinfín de posibilidades de experiencia. Así se percibe que algunos espacios que anteriormente estaban asociados a la vida de la casa (estancias de socialización: salas de té, comedores, salón de juegos, etc.) pasan a introducirse en el habitar público: en los cafés, en los teatros, en los bares, en los restaurantes o simplemente en los espacios públicos de la gran ciudad. La muchedumbre, de la que tanto habla Baudelaire y donde a su flâneur le gusta disolverse, gozando del anonimato, se vuelve más densa y compuesta por individuos que se muestran indiferentes ante los otros. La gran aglomeración de gente, jamás conocida en los medios urbanos hasta este momento, contribuye a la consolidación del anonimato entre los habitantes de la ciudad. En este ambiente la prioridad de cada individuo será sus intereses privados. Ante el panorama del habitar anónimo en las grandes ciudades empieza la generalización del uso de las huellas dactilares como forma de identificación del individuo. Las huellas dactilares son únicas en cada uno, a partir del registro de estas características cada individuo se vuelve inconfundible; forjar la identidad propia se convierte en una tarea más difícil. El nuevo aislamiento que se adquiere con la conquista del lecho individual refuerza el sentimiento del yo, lo que contribuye al desarrollo del contacto con uno mismo. La pérdida de las prácticas, hasta entonces cotidianas, como la oración conjunta o la compatibilización de los tiempos del sueño, libertan al individuo permitiéndole más autonomía. Con la llegada del siglo XX, espacios como los aseos y más tarde los baños, instalados en el interior de la casa, permiten una nueva forma de cuidar del cuerpo. Este tipo de cambios resultó ser también una nueva forma de estar ante el otro en el ámbito de la casa. Se crean así una serie de protocolos que se imponen en el habitar de la esfera privada. A medida que la habitación individual se generaliza el vestuario asociado al acto de dormir se vuelve inapropiado usado fuera del espacio dedicado al sueño. Así, el uso de la bata sobre el camisón pasa a ser una forma por parte de la mujer, por ejemplo, de apropiarse de la indumentaria del sueño en el resto de espacios de la casa. El uso del camisón, adecuado al habitar del espacio íntimo, pasa a estar ligado a este espacio individual. De la misma manera que se establecen estas diferencias entre los distintos grados de intimidad en el habitar de la casa, también ocurre lo mismo entre el habitar del espacio privado o el espacio público.

Tanto el hombre como la mujer o el niño adecuan su indumentaria al habitar del espacio público o del espacio privado. No obstante, también la vida privada se desdobla. Más allá de la vida privada de la familia, surge la vida privada del individuo. Anteriormente a la llegada del siglo XX, al espacio de la casa correspondía el desarrollo de la vida familiar, es decir, el habitar el espacio de la casa implicaba el habitar ante un público, constituido por un agregado familiar. Difícilmente cada individuo poseía un espacio para sí solo. No existiendo un espacio orientado para el ser individual se volvía difícil la posesión de objetos personales, por no haber cómo guardarlos. Más importante aún: difícilmente el individuo poseía un espacio donde tuviese oportunidad de desarrollar sus actividades íntimas, donde pudiese guardar sus secretos. El universo individual se veía limitado ante las miradas de los otros, justamente por esto el universo individual –interior o secreto– del individuo huía muchas veces del territorio domiciliar. A la obligatoriedad, impuesta por las circunstancias, de mezclar la vida privada individual con la vida privada familiar, restaba la alternativa de evasión del hogar en la búsqueda del espacio individual. En las casas que empezaron a ser construidas por las nuevas clases burguesas el panorama del espacio individual cambia, la vivienda va a contener varias habitaciones, con funciones específicas destinadas a cada una. El lujo que suponía hasta el final del siglo XIX tener disponible un espacio no solo propio se va generalizando gradualmente. La prioridad radicó en la separación de la habitación de los padres de la de los niños. Mientras todos estos desarrollos y cambios los identificamos desde el Renacimiento, la posibilidad de cada individuo de ser propietario de un espacio para sí mismo sigue siendo hasta el siglo XX un privilegio de clase. A pesar de todos los cambios descritos, la garantía de privacidad o la conquista del espacio individual fue privilegio de pocos, esencialmente de la clase aristócrata y, más tarde, de la burguesía bien alojada. Hasta el periodo de las dos grandes guerras, las clases populares siguen, de forma generalizada, habitando casas hacinadas de gente. Es con la llegada del siglo XX cuando se empieza a extender a gran parte de la población la posibilidad de habitar una casa que contemple varias habitaciones, en las cuales estén asociadas formas específicas de habitar, incluyendo la posibilidad del habitar individual. Sin embargo, no son solo los cambios en el habitar doméstico los que permiten al individuo nuevas posibilidades de habitar. También el uso del automóvil introdujo nuevas formas de habitar el espacio público de forma más independiente. La evasión del hogar pasó a ser más fácil. Y el propio uso del automóvil promovió también otras formas de pensar la casa. Paradójicamente la vida individual vuelve a escapar del espacio doméstico e invade, bajo el anonimato, ciertos espacios públicos. La reconfiguración del espacio doméstico es acompañada también por la reconfiguración del poder y del papel de la familia. La familia, que a lo largo de casi toda la historia del hombre fue la base de la sociedad, se convierte en una figura social cuestionada. Muchas de sus ancestrales funciones son transferidas a instituciones públicas, como por ejemplo el cuidado de los niños o de los mayores, tareas que empiezan a recaer en instituciones especializadas. El matrimonio deja de ser la fórmula obligatoria de emancipación de los jóvenes; surgen nuevas figuras de cohabitación. La reivindicación de la individualidad es también manifestada por la liberación del cuerpo. La relación que cada individuo mantiene con su cuerpo es reformulada a lo largo del siglo XX. Surgen otras maneras de vestir, nuevas rutinas cotidianas asociadas a la salud además de una conciencia distinta de la imagen del cuerpo; los hábitos de la gimnasia o una nueva preocupación por la alimentación son ejemplos de esto. También demostrativo de un creciente recorrido hacia la individualización es el aumento de la popularidad de deportes individuales como el jogging, por ejemplo. La práctica del deporte, anteriormente asociada al ocio de las clases favorecidas, se democratiza. A partir de esta nueva preocupación por el cuerpo, el individuo busca en el deporte la salud como también el ocio. El ideal de vida sana pasa a ser un reto asociado a la voluntad individual de cada uno. Los arquitectos del movimiento moderno creen que los nuevos territorios de vida deben crear las condiciones ideales para que este modelo de vida sana pueda tener lugar, y plasman estos ideales en sus propuestas. Las configuraciones domésticas distintas permiten nuevas prácticas de higiene y de cuidado del cuerpo que pasan a ocupar un lugar privilegiado en la vida individual. El individuo construye una especie de relación narcisista con su yo. Mientras que el uso del espejo es anterior, la banalización de su uso pertenece al siglo XX. El individuo puede mirarse no solo como el otro lo ve, sino también desnudado de las máscaras implicadas en el habitar social: sin maquillaje, sin ropa, sin artificios, desnudo. El alejamiento de los cuerpos es transversal a los varios registros del habitar, no es solamente en el ámbito de la casa donde cada individuo reivindica un lecho, una habitación o un rincón para pensar. La historia de la danza es también reveladora del recorrido hacia la individualización. El vals, por ejemplo, introducido en el siglo XVIII y vigente hasta el inicio del siglo XX, implica rituales y códigos sociales relativamente complejos, y sobre todo, envuelve a una pareja, dos individuos. A partir de la primera gran guerra la pareja se acerca en el baile, surgiendo danzas como el tango, por ejemplo. Un poco más tarde, influencias del jazz y del charlestón, basados en los ritmos de las danzas populares, mantienen a la pareja bailando con movimientos que implican ora el alejamiento, ora el acercamiento. Estos tipos de danza permiten ya que cada individuo baile solo, no son necesarios dos para bailar. El aislamiento en el baile se fue progresivamente reforzando a lo largo del siglo XX. Aunque rodeado por una muchedumbre bailando, a lo largo del siglo XX cada individuo empieza a bailar solo.

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