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Autor
Aimar Arriola y Aimar Pérez Gali
Año de publicación
2011
Referencia bibliográfica
ARRIOLA, Aimar y PÉREZ GALÍ, AimarA veces me pregunto por qué sigo bailando. Prácticas de la intimidad, Madrid, Con tinta me tienes, 2011, pp. 92-102.
5 de junio 2020
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Junio 2011

¿SON ESCRIBIR Y BAILAR LA MISMA COSA? O ¿POR QUÉ ESCRIBIR Y BAILAR SON LA MISMA COSA?

Aimar:

En cuanto a proceso de articulación se podrían

encasillar dentro del mismo catálogo de acciones,

pero de entrada, impulsivamente, te respondería: no.

Ambas acciones requieren de un ejercicio de organización y articulación

puesto que son acciones que comunican, es decir, que exponen, producen;

pero no podemos entenderlas de la misma manera puesto que el proceso

mental por el que se organizan es muy diferente. Escribir y bailar juegan con

códigos diferentes, y por supuesto se pueden influenciar el uno al otro, e

incluso a veces el cruce entre ellos genera maravillosas.

Pensando en la pregunta me vienen reflexiones que me hacen dudar de mi

respuesta impulsiva. Obviamente, tiene que especificarse

un poco más para poder responderse acertadamente, pero a mí ya me gusta

esta incertidumbre en la pregunta, es lo que me hace ir más allá del sí o el no.

Así pues, buscando parecidos entre escribir y bailar, pensaba en que ambas

acciones estructuran el espacio-tiempo, juegan con este concepto, le dan otras

connotaciones, proponen nuevas experiencias.

Pero ahora que estoy escribiendo este diálogo, fragmentado de por sí en

el espacio y el tiempo, no me considero que esté bailando. Poéticamente, o

de manera cursi, podría decir que mis pensamientos están bailando en mi

cabeza, pero esto no es otra cosa que pensar. Y bailar es pensar.

Pero, ¿pensar es bailar?

Aimar:

Puede ser… aunque yo no bailo, o bailo poco. ¿Me debería preocupar?

Decía Deleuze (creo que era él) que uno no puede pensar si no está en un

dominio que excede sus fuerzas, es decir, en cierto estado de fragilidad, de

vulnerabilidad. A menudo pienso en que bailar, la exposición pública de un

cuerpo que se mueve (perdón por la simplicidad de la definición), es también

someterse a un estado extremo de vulnerabilidad: la de la “publicación de uno

mismo”, en el sentido de hacer un cuerpo público –y no me refiero al hecho

de estar sobre un escenario y llevar más o menos ropa–. Intuyo que algo de

todo eso estamos haciendo aquí. Aunque pensar, es decir, la generación y

asociación de ideas (disculpas aquí también por lo prosaico de la definición),

no necesariamente conlleva su “publicación” (uno no siempre hace públicos

sus pensamientos, se los puede guardar para sí mismo), por eso arriba sugería

que bailar y escribir tienen tanto en común (más que lo que pensar y bailar

pueden tener). Últimamente me he estado interesando mucho por la escritura

relacionada con la danza (gracias por señalarme en su día la existencia de la

forma “textual” del script coreográfico), y también por escritos de bailarines

y coreógrafos. Hay algo en la forma escritural de alguien que baila –las notas

de un coreógrafo, por ejemplo– que me interesa, del mismo modo que casi

siempre –y esto es una generalidad– me interesa la escritura de un artista

que trabaja desde/a través de su cuerpo (aquí pienso en Itziar Okariz). Pienso

que este interés tiene que ver con la consciencia sobre la relación cuerpoescritura

de aquel que tiene en su cuerpo su herramienta, con saber que la

escritura es en última instancia una prótesis corporal, una extensión técnica

del propio cuerpo, y con intuir que un buen escritor no escribe desde “el

pensamiento” –en todo caso, pensará escribiendo–, sino que la escritura ha de

estar conectada con la textualidad del cuerpo… Pero volviendo al inicio de mi

respuesta,

¿debería preocuparme y bailar más?

Aimar:

Hombre, igual te diría: deja de preocuparte y si te apetece bailar, ¡baila!

Hay esta tradición de pensamiento que pone al teórico como un cerebro

pensante cuyo cuerpo es usado para transportar este cerebro a los eventos

que le requieren. Muchas veces esta tradición es errónea, aunque muchas

otras no; lo veo a menudo en el de cualquier festival, donde la gente se

congrega para tomar algo y hablar más distendidamente y los (en

su tradición) se ponen a bailar desenfrenadamente (cosa que me incomoda) y

los hacen un intento torpe de activar su cuerpo físico y mantenerlo al

ritmo de la música (lo cual me parece adorable).

Siempre he intentado mantener un ejercicio tanto físico como mental

equilibrado, para no acabar como el tenista, con el brazo derecho hiperdesarrollado

y el izquierdo hipertrofiado. Así pues, ¡ponte un poco de Beyoncé y menea el

cuerpo!

Volviendo a tu reflexión, hay algo de lo que has dicho que me ha interesado

mucho puesto que se relaciona con el último trabajo que he desarrollado. Se

trata de la vulnerabilidad del cuerpo público. Investigando sobre el concepto

de llegamos a la conclusión, o a un cierto anclaje de pensamiento,

de que declarar algo es exponerte vulnerable en tanto que te estás lanzando

a un vacío incierto que se definirá en el momento en el que el reciba

la declaración. Entendiéndolo así, el bailarín, saliendo a escena, se está

declarando, se está haciendo público, se expone vulnerable. Y supongo que el

escribir tiene algo de esto también. Ambas acciones entran en el terreno de lo

público, de lo vulnerable, de la declaración o lanzamiento.

Pero, ¿no crees que esta posición, aun siendo de extrema vulnerabilidad,

es un acto de empoderamiento?

Aimar:

Hablando de vulnerabilidad y empoderamiento, no puedo evitar responderte

sin hacer referencia a los sucesos de violencia institucional acontecidos

estos últimos días en respuesta a las expresiones colectivas de hartazgo que

vienen sucediéndose desde hace unas semanas, y en las que sé que has estado

participando –y aquí entramos en un terreno estrictamente personal, pero a

sabiendas de que lo personal es político; expresiones provocadas por la ya a

duras penas soportable situación de disminución de las libertades, de creciente

precarización de la vida y de injerencia del capital en todos los aspectos de la

misma, en estrecha complicidad con el poder político–. Veo todas esas imágenes

de las concentraciones y manifestaciones e irremediablemente pienso en esa

capacidad de empoderamiento de los cuerpos vulnerables en su encuentro

mutuo de la que hablas… Yo este fin de semana he estado en Sevilla visitando

a mi amigo Miguel Benlloch –histórico de la lucha antifranquista, iniciador

del movimiento de liberación homosexual en el Estado español y performer–

quien hace poco me hablaba de cómo los acontecimientos de este último mes

le han avivado los recuerdos de las luchas anti-OTAN de los 80, y del enorme

movimiento de base que se creó entonces, en el sentido de la transformación de la

rabia en capacidad de acción y en formas de organización –de empoderamiento,

vaya–, pero también del desencanto y sensación de derrota de después…

Yo, en circunstancias como las de estas últimas semanas, pienso mucho en

la pertinencia de lo que hago, en qué sentido tiene mi quehacer –bueno, mis

quehaceres, tendría que decir–, y el único modo de darle cierto sentido y no caer

en la desesperación o la impotencia es entendiendo la totalidad de la vida como

una acción –esta idea de “la vida como acción” se la debo también a Miguel–,

una acción en la que mi principal vehículo (mi arma) será mi cuerpo, no como

organismo sino como esa entidad afectiva políticamente competente. Y así, el

repertorio de actos de los que mi cuerpo es capaz –moverme, andar, escribir,

manifestarme, bailar al son de la última de Beyoncé…– serán partes de una

misma acción. Esto tiene algo que ver también con lo que comentabas antes

sobre la necesidad de actuar en contra de la distinción teoría/práctica, que tiene

que ver con la separación de los ámbitos de acción, con la regularización de lo

que uno puede hacer y no, con la normativización de la vida en definitiva, pero

para ello recurrías a la idea de “equilibrio”, que a mí siempre me ha resultado

un tanto problemática, porque me suena a moderación, simetría y quietud.

Como alguien que trabaja con el movimiento, ¿no crees que la oscilación, el desequilibrio y el titubeo tienen un mayor potencial?

Aimar:

¡Ah! ¡Gracias!

Efectivamente, ahora que lo leo de nuevo a mí también me chirría el término

“equilibrio” (aunque quizás lo puse por mi subconsciente libra). En algún otro

diálogo reivindicaba lo borroso, puesto que provoca un esfuerzo e incita a la

imaginación. En este caso, estoy totalmente de acuerdo en que la oscilación,

el desequilibrio y el titubeo tienen un mayor potencial. ¡Pero la belleza de la

simetría me sigue fascinando!

Justamente ayer un amigo hizo un comentario en referencia a todo el

movimiento 15M que tiene que ver con esta idea:

Hay algo en el no posicionamiento, en lo indefinible, lo borroso,

el desequilibrio que empodera en el momento en que es una decisión

consciente.

Alguien me dijo una vez que “dar un nombre es poseer”. Es una frase de la

que he dudado muchas veces, pero ahora mismo viendo cómo los media están

apropiándose de ciertos términos usados por el movimiento me doy cuenta del

poder que también da, en este caso en contra, el hecho de definir, dar un nombre.

Solo un inciso: justo antes de ayer, manifestándome delante del Parlament

de Catalunya, pensé en la reflexión que haces. Y pensé que estar allí era un

gesto vital, un acto de empoderamiento y de vulnerabilidad, una declaración

(de amor, me atrevería a decir).

Y establecer un diálogo con alguien, en este caso contigo, también tiene algo

de declaración, de vulnerabilidad, de ofrecerse al otro. De algún modo abres

tu intimidad al otro, te propones sin saber cómo serás recibido, pero tienes

que arriesgarte a lanzar tu pensamiento y permitir que la respuesta cambie o

modifique tu manera de pensar. Y aunque a veces me gustaría posicionarme

en un pensamiento claro y definido, a menudo lo que me apetece escribirte

es toda la navegación que ocurre en mi proceso mental al leerte, que muchas

veces es totalmente no lineal e incoherente.

¿Podríamos decir que dialogar es practicar intimidad?

Aimar:

Hay que ver las vueltas que hemos dado para llegar a esto de la intimidad…

(¿o quizás estábamos ya ahí desde un principio?). Te respondo con otro pequeño

giro: habitualmente “intimidad” y “privacidad” se utilizan como términos

parejos, pero para mí son cosas bien distintas. Las nociones de ”privacidad”,

“privado” y “privar” comparten una misma raíz, y en este sentido, tienen que

ver con la compartimentación de lo público, con la delimitación de aquello

que puede ser compartido, con la privación, en definitiva, con la negación de

lo común. A mí la intimidad en cambio me traslada a ese espacio compartido

que se genera entre dos o varias personas, al establecimiento de zonas de

confianza –como nosotros aquí–, a las políticas de la amistad, así que visto así,

te diría que sí, que el diálogo es un modo de intimidad.

Hay una proposición de Maurice Blanchot que tengo siempre muy presente

en la que define la conversación –una tipología del diálogo– como esa forma de

producción de discurso imposible de clausurar, un acto siempre compartido,

que se fragmenta y se abre al otro en su exteriorización. Y son estas mismas

ideas de apertura y fragmento las que me vienen a la cabeza, casi como

imágenes, cuando en varias ocasiones a lo largo de esta conversación te

refieres a la necesidad de “lanzarse”, de desprenderse de los pensamientos de

uno para compartirlos con el otro (eso que a veces también llamas “declarar”).

Volviendo a lo de arriba, me gusta la expresión que utilizas de “practicar

intimidad”, en el sentido de “ponerla en práctica”, de ejercitar la creación

de esas zonas de lo común que tanto escasean, dando a entender que en el

creciente terreno de privatización y compartimentación de todos los aspectos

de la vida es necesario ejercitar la creación de zonas de lo común autónomas.

Así que sí, dialogar es precisamente eso, y una de las pocas cotas de libertad

que nos quedan.

Cuando me escribiste invitándome a entablar este diálogo contigo también

te referías a la intimidad en cuanto que estrategia y como forma. Siendo así,

¿cuántas “formas” de intimidad diferentes eres capaz de enumerar?

Aimar:

Creo que con esta propuesta de Blanchot entiendo más el por qué me gusta

tanto el diálogo como forma de generar discurso. Como dices, o dice, es esta

imposibilidad de clausurar el discurso lo que me fascina tanto, quizás porque

de algún modo crea una cierta accesibilidad, que a veces no encuentro en

ciertos textos más académicos, y quizás ahí está el asunto, quizás esos textos

tienen algo más privado. No sé, esto es un apunte que se tendría que pensar

un poco mejor, pero ahí lo dejo.

En cuanto a enumerar “formas” o maneras de practicar intimidad, se me

ocurren unas cuantas y bastante variadas:

La consulta del médico; cocinar con alguien; un diálogo, por supuesto;

una relación sexual; un chat; salir a escena; una manifestación; un grupo de

lectura; ver una película en compañía; una comida familiar; una sesión de

feedback; un Skype; ir al mercado (¡aunque a menudo esto roza el cotilleo!);

tocar y ser tocado; saludar a alguien; una operación quirúrgica; etc.

De hecho, el otro día en los vestuarios del gimnasio (un lugar donde, en

general, se practica la individualidad) estaba cambiándome al lado de otro

señor, y este, al cabo de un rato, me dice “perdona, que no te he dicho buenos

días”. Me descolocó totalmente, de algún modo penetró en mi burbuja

individual y se abrió un lugar de intimidad, una zona común autónoma (como

dices) y temporal (añadiría). Fue curioso cómo esa frase tan común abrió todo

un espacio de reflexión sobre cómo participas en la sociedad. Igual ahora soy

un poco simplista, pero de algún modo me creó una consciencia que perduró

todo el día y desatascó una vía básica de comunicación.

Tú que te dedicas más a una reflexión teórica y/o académica, ¿qué opinas

del apunte que he hecho al principio sobre lo privado del texto académico?

Aimar:

Eso que comentas de lo “privado” de ciertos textos apunta hacia una de

las batallas clave de las últimas décadas: el poder de saber y la gestión del

acceso a ese saber. Es decir, tiene que ver con una tradición de la producción

del discurso que se ve a sí misma valedora y gestora de cierta verdad, la que

supuestamente encierra todo “texto” –no solo escritural, sino extensible a la

idea de “obra” en sentido amplio–. Se trata de un tipo de práctica basada

en una concepción sustancialista, “cerrada”, de la obra, y en el uso de un

lenguaje igual de privado, opaco por naturaleza, que le permite mantener al

“otro” –a aquel que pudiera rebatir su verdad– a una prudencial distancia. El

99% de la crítica de arte, por poner un ejemplo, está aquejado de este mal, y

no es otra cosa que el producto del uso “privado” que un sujeto concreto (el

crítico) hace de una realidad (la obra de arte). Por poner otro ejemplo, casi

todos los programas y departamentos de Educación de los museos se basan

en esta misma “lógica gestora”, “mediadora”, de una supuesta verdad, de un

supuesto saber contenido en la obra de arte que el espectador es incapaz de

interpretar sin su mediación. Una gran parte del pensamiento desde los 60

(desde la recuperación que se dio del formalismo hasta la llamada “estética

de la recepción”) ha luchado para desarticular esta actitud paternalista y

el subjetivismo característico del arte moderno, esa especie de encierro de

la obra en sí misma, desmontando el mito de la privacidad y el autismo

típico de las prácticas artísticas. Mucho se ha trabajado desde entonces

por la necesidad de instaurar un “lenguaje público”, un hacer cuyas formas

integren estructuralmente al receptor. La danza y las prácticas performativas

han sido cruciales en todo esto. Esta forma de pensar alcanzaría su esencia,

nuevamente, en el espacio de la conversación, pero también en la idea de

juego. Las posibilidades del juego, como las de la conversación, son infinitas,

y sus logros son siempre provisionales; jugar es siempre “jugar con”, implica

participación, los que juegan son participantes y espectadores al mismo

tiempo, como en la conversación. Por supuesto que en todo juego, así como

en la conversación, hay una serie de “normas”, pero no necesariamente han

de entenderse como reguladoras de la conducta, sino que también podemos

verlas como espacios de lo común, ámbitos de acción que me afectan a mí y

al otro por igual. Entonces, ¿podríamos definir el juego como otra forma de

intimidad?

Aimar:

Por supuesto, querido Aimar. Y de hecho me parece extremadamente

poético e inspirador pensar en el juego como una forma de intimidad, como

esta práctica que nos catapulta a un presente compartido, a participar de esta

intimidad con el “otro”.

Me gusta esto que dices de que los logros del juego, como de la conversación,

son siempre provisionales, no buscan un anclaje definitivo sino más bien uno

que permita avanzar.

De hecho, cuando me invento juegos, siempre pienso en las normas, no

como reguladoras de conducta sino como condiciones para que ocurran cosas,

creadoras de potencial, digamos. Y me parece muy importante entenderlas

así, porque en cualquier momento se pueden modificar para mejorar las

condiciones ( –como diría un buen

amigo mío–).

Ahora pensando en este diálogo mismo, casi me atrevería a decir que has

desvelado el misterio del juego.

Confieso: me inventé este juego para intimar con otra persona mediante la

escritura (entre otras cosas).

 

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