Realizada por encargo del Festival de Viena, esta obra marca, junto con Apócrifo I, el comienzo de un nuevo camino tras el mundo barroco de Monteverdi. La relación entre manipulador y muñeco queda a un lado para abordar otros planteamientos escénicos donde el actor recupera protagonismo. La última noche de la humanidad retoma el tono apocalíptico de la obra de Karl Krauss, Los últimos días de la humanidad, que se adopta como motivo de inspiración. Tiene dos partes bien diferenciadas. La primera remite a un escenario del fin de los tiempos, cuyo carácter primitivo lo vincula también a los orígenes. Con un fuerte tono plástico en tonos ocres se adivina una montaña indiferenciada de cuerpos de actores y muñecos mezclados y bañados en barro. Esta masa informe se va poniendo en movimiento, emitiendo algunos sonidos hasta llegar a descubrir el sentido del ritmo y la música por medio de un acordeón que maneja uno de los actores en directo. Son nuevamente los comienzos, que pronto empezarán a degenerar. La segunda parte «White Room» se desarrolla en un cubo cerrado. Un intenso color blanco, una atmósfera aséptica y un rígido sentido del orden contrastan con la escena anterior. En este espacio habitan unos personajes que reciben órdenes a través de una voz en inglés que les obliga a hablar en este mismo idioma. Se trata de una alegoría de una civilización cuyo desarrollo extremo le ha conducido a su final. Tanto el lenguaje escénico como el tratamiento temático hacen pensar en una vuelta de actitudes y estéticas de los años sesenta. La referencia al «Gran Hermano» y a la sociedad como un panóptico en el que cada individuo es observado por un ojo vigilante desde el que se ejerce el poder adquiere una nueva actualidad. Como en el caso de Monteverdi se utiliza un circuito cerrado de vídeo, en este caso para observar de cerca los comportamientos de los habitantes de este cubículo. El tono de experimento escénico de esta segunda parte enlaza con otras propuestas anteriores de El Periférico, aunque dentro de una dramaturgia para actores. También se recurre a la repetición compulsiva de movimientos y la interacción de los actores con los insectos, aunque esa inquietante atmósfera de misterio que se lograba en otras obras no se termina de producir, quizá porque todo se hace demasiado evidente.

 

Cecilia Sosa, «Anochecer de un mundo agitado», Radar. Página 12 (2.02.2003).

Juan Carlos Fontana, «La paz no se gana con la guerra», La Prensa Digital (29.01.2003).

Olga Cosentino, «La noche interminable», Clarín (5.02.2003).