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Autor
Carlos Marquerie
Año de publicación
2005
Referencia bibliográfica
CORNAGO, Óscar (ed.), Políticas de la palabra. Esteve Graset, Carlos Marquerie, Sara Molina, Angélica Liddell, Madrid, Fundamentos, 2005, pp. 195-224.
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Texto original publicado
5 de junio 2020
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2004 (tres paisajes, tres retratos y una naturaleza muerta)

RETRATO DE UN CAMINANTE I

Desde pequeños instruidos para el progreso

y educados en la abolición del conocimiento:

abocados sin piedad a la estupidez;

a la erudición de la información, de la nada;

a la ironía como paradigma de la inteligencia;

al cinismo como panacea de la sinceridad;

a la resistencia como el colmo de la rebelión;

al ocio dirigido como sustituto del placer;

a la ambigüedad como prototipo de pensamiento.

Sin remedio y con tristeza mi palabra se queda en el lamento.

Esta es la historia de un hombre que camina

no tiene un destino, no busca nada,

sólo se detiene, observa y deja que el tiempo transcurra:

es su manera de existir.

No le preocupa repetir lugares, no posee esa ansiedad por la

novedad,

año tras año puede ir a los mismos sitios

y siempre descubre algo nuevo.

La percepción nunca es la misma

y le persigue un afán incuestionable para él:

el deseo de conocer.

No cree que su caminar tenga un fin,

al andar no intuye la posibilidad de un final,

es algo que le acerca a una idea de infinito. Y eso le gusta.

¿Qué placer encontramos en todo lo que rodea a esa idea de infinito?

Ante lo finito de nuestra existencia y el afán por perdurar

siempre la sensación de lo eterno nos fascina.

Quizá sea un deseo, o más bien una contradicción:

el anhelo de vivir sin límites físicos, ni intelectuales, ni emocionales

mientras vemos disminuir nuestras capacidades

y nos damos de bruces diariamente con el lento y constante

envejecer.

Este hombre, el caminante, carga dos mochilas

en las que guarda o intenta conservar las miradas,

sus miradas,

su tiempo transcurrido mirando,

su percepción de lo que le acontece en su caminar.

Nunca sabe qué quiere conservar de lo visto,

ni el porqué.

Desconoce la utilidad de ese afán por conservar lo visto

y ni tan siquiera sabe si esa tarea de coleccionar lo efímero debiera

ser útil.

Cada mochila tiene su función,

en una guarda las miradas de lo visto

y en la otra las de lo ausente (las miradas hacia lo ausente).

El hombre que camina no escoge ni podría hacerlo,

nunca sabe qué mochila utilizar,

en dónde clasificar su percepción.

Tan importante es para él lo presente como lo ausente,

se complementan.

Pensad en un barbecho;

en medio de él una solitaria y vieja encina

reventada por los años y cada vez más hermosa.

Un paisaje así, seco y árido,

construido en su sencillez a lo largo de incalculables años

se enraíza en las personas

y en su forma de ver el mundo.

Un día regresáis y observáis que la encina solitaria ha desaparecido.

Ese pedazo de campo es tanto presencia como ausencia,

no lo podréis evitar.

O si no, imaginad una casa donde convivisteis con una persona

querida a la que regresáis sin ella.

¿Qué percepción es más intensa,

la arquitectura, por bella que sea,

o la provocada por la ausencia del ser querido?

¿O qué ocurre cuando acudís a un museo con la determinación de

volver a ver un cuadro

y al llegar a la sala conocida encontráis un hueco?

Nuestros lugares están llenos de ausencias.

Convivimos tanto con la presencia como con la ausencia.

Nuestra vida es mitad existencia, mitad ausencia.

Tan difícil de entender es la existencia como la ausencia.

Anexionado a la tierra que pisa, el caminante

inmóvil y sin parpadear observa una mariposa

camuflarse al plegar sus alas entre briznas de hierba.

Su mirada ante la quietud.

Su perseverancia enfrentada al capricho de la supuesta inconstancia

(del bicho).

Un niño corre y distrae la atención de nuestro hombre.

Al reanudar su vigilancia piensa que la mariposa también cedió a su

instinto errante.

No la ve,

pero el camuflaje es más eficaz de lo que él creía y allí esta ella, la

mariposa emboscada

para demostrar la capacidad de dispersión del caminante.

Los olivos llegan hasta la orilla de la ensenada,

como si avanzaran hacia el mar con la lentitud y constancia de su

crecer,

coloreando con sutileza el agua transparente con sus reflejos grisazul-

plata.

Allí quisiera perderse él, y con él su cerebro.

Desterraría definitivamente sus falsos brillos, expulsaría

toda la información vacua que acumula, quebrantaría

su armazón estable, y violentaría

su correcto devenir.

Y así, entre olivos y mar, aprender de nuevo a pensar y a sentir

lo extraordinario que se nos ofrece cada mañana al levantarnos.

Se hallaba el caminante en la encrucijada

del deseo y la imposibilidad de belleza,

en el debate entre la inmersión en el horror y la evasión lisonjera,

en la necesidad de entender lo que ve,

y al mismo tiempo buscaba el reposo necesario para su cabeza,

cuando

hastiado del vivir en el continuo dilema

un pájaro tomó sus ojos,

se elevó con ellos y recorrió el paisaje hacia el infinito,

y depositó su mirada allí, lejos de su cerebro,

donde la belleza no tiene sombras,

es limpia y parece un cromo multicolor.

Ante la luminosidad del descubrimiento,

el caminante se entrega a la contemplación y al placer sin más,

feliz en la irresponsabilidad.

Y aquí, en ese instante donde la esperanza parece satisfecha,

surgió en él la oscuridad por lo desconocido

y el desasosiego producido por la banalidad.

El caminante se pregunta por la veracidad de tanta imagen

insustancial,

por el placer que le aporta

y el sentido de deleitarse ante el espejismo.

Toda idealización es falsa.

No podemos escamotearnos la vida.

¿Por qué nos esforzamos en buscar el placer en la irrealidad

y necesitamos la certeza para vivir

cuando la incertidumbre, controversia y duda son el eje de nuestra

existencia

y el único lugar posible para albergar la belleza?

Decidido a reanudar su camino por la senda de la duda,

en la que se corre el riesgo de perderse en las oscuridades del alma,

buscó compañeros de viaje y tantos encontró y todos le hablaron:

Dante Alighieri

y los maestros que escribieron el Libro de los Libros.

Y Juan de la Cruz, que escribió con tanto acierto sobre el alma que

pena por ver a Dios:

“Esta vida que yo vivo

es privación de vivir;

y así es continuo morir

hasta que viva contigo.”

Miguel Ángel Bunorroti: el cuerpo;

Rembrandt: la sombra.

Y también Don Miguel de Cervantes y Don Francisco de Quevedo;

Don Diego Velázquez,

Don Francisco de Goya y Lucientes

y Johan Sebastián Bach.

Y entre escritos y pinturas,

más de los mencionados y menos de los existentes,

comenzó el caminante su viaje en este 2004

rastreando esas pequeñas huellas, principio de enigmas que abren la

mirada a lo desconocido,

hacia la reconstrucción de la memoria

de los días y los hechos que forman el cuerpo del hombre.

Sus miserias y bellezas,

sus luces y sombras: sus paisajes.

Detestaría olvidar la esperanza que albergo,

por el hecho de compartir de alguna manera este viaje,

que aunque presupongo con tantos horrores,

tiene como objetivo la búsqueda de la belleza,

aquella intrínseca al hombre,

la que emana de su enfrentamiento ante lo injusto y deshonesto.

Olvidad las postales e imágenes corruptas por su uso y abuso

y buscad la belleza en los límites del dolor,

en los resquicios de las sombras

y en la rebelión del hombre ante el hombre.

PEQUEÑA INTRODUCCIÓN DOCUMENTAL PARA PAISAJE QUE DUELE

El 5 de Julio de 1937, el recién creado Ejercito de Maniobra de la

República española, lanza su primera gran ofensiva contra el ejército

rebelde al mando del general Franco, en los alrededores de Madrid,

con el doble objetivo de detener el avance del ejército nacionalista en

la cornisa cantábrica, tras la caída de Bilbao y crear una bolsa que

aislara las tropas que atacaban Madrid entre la Ciudad Universitaria y

Carabanchel.

El día 6 de Julio a las 7,30 de la mañana las tropas republicanas de la

división 11 al mando de Lister entran en Brunete y se establece un

frente, a modo de lengua, con el flanco derecho situado en el río

Perales y el izquierdo siguiendo la orilla del Guadarrama. Los puntos

calientes de la batalla son por la derecha de los atacantes: Quijorna y

el vértice Llanos; por el centro Brunete, sus alrededores y en

particular su cementerio, escenario de los últimos combates, y por la

izquierda el vértice Mocha, el castillo de Villafranca, el encinar de

Romanillos, la casa del Monje y el Cerro del Mosquito.

Este frente apenas tendrá movimiento en los 22 días que dure la

batalla, y en contradicción con los pobres resultados militares de

ambos bandos, el número de bajas es cercano a las 40.000 personas,

casi el 50% de las tropas que intervinieron.

Brunete ocupado por las fuerzas republicanas. Primeros días de

Julio del 37.

El Campesino a caballo, al mando de la división 46 en las

inmediaciones de Quijorna.

Brunete bajo el fuego nacionalista.

El valle del Guadarrama, visto desde las posiciones rebeldes del

cerro del Mosquito.

Dos momentos de la batalla en los encinares. Fotografías

tomadas desde el bando republicano.

El cementerio de Brunete último punto de resistencia de Lister

hasta el bombardeo de la aviación alemana, visto desde las

trincheras del frente nacionalista.

Brunete después de la batalla.

El castillo de Villafranca, en la confluencia de los ríos Aulencia y Guadarrama,

enclave estratégico cuya ocupación sufrió constantes variaciones a lo largo de

los días de batalla. Fotografías tomadas en septiembre del 2004.

Interior del castillo: inscripciones, quién sabe de quién ni de

cuándo, rodeadas de orificios de balas. Fotografías de Julio

2004.

Romanillos, encinar situado en la rivera izquierda del

Guadarrama. La línea imaginaria que une estas lomas con el

cerro del Mosquito, resultó infranqueable para los republicanos,

un infierno de pólvora y calor, donde, como ejemplo extremo,

el batallón inglés de la XV brigada internacional sufrió bajas en

torno al 90%.

Ruinas rodeadas de trincheras en Romanillos.

El cerro del Mosquito. Cota inexpugnable donde se frena a las

brigadas internacionales de la división 15 al mando del general

Gal

La casa del Monje objetivo y posterior punto de partida de

continuos y frustrados ataques republicanos contra el cerro del

Mosquito. Continuamente bombardeada de forma alternativa

por la artillería y la aviación de ambos bandos. Hoy todavía en

pie.

Al caminar hoy por Romanillos, la ribera del Guadarrama, el encinar

que rodea la casa del Monje, el Pastel, Los Barros del Monje o la

Gregoria junto al arroyo Valenoso a los pies del cerro del Mosquito, es

fácil encontrar perfiles de trincheras desdibujados por el tiempo,

fragmentos de metralla y restos de munición.

PAISAJE QUE DUELE

Regreso a casa entre nubes.

El cielo se abre y la luz penetra.

Ante mí la tierra retorcida y hosca a la que pertenezco.

El hombre pertenece a un paisaje y no a un país.

Lloro con querencia animal,

sin orgullos ni emociones patrióticas,

es un mal físico: la esencia de la tragedia reflejada en la geografía

me fuerza a retorcerme con mi paisaje, y lloro con él

en la rebelión de esta materia, agrietada, seca y abrupta

que llamamos España, y me duele.

«Te conviene emprender distinto viaje

para dejar este lugar salvaje»,

dijo Virgilio a Dante a las puertas del infierno

mirando que lloraba,

y después le acompañó en su descenso al infierno,

de la misma forma que yo me entierro en este paisaje trágico,

sembrado de encinas y cubierto por el luto de su historia,

con mi maleta repleta de las obras de Cervantes, Quevedo y Juan de

la Cruz,

y espero, con ellos, entender el porqué de esta incertidumbre y

desesperación

que me produce el caminar por esta tierra.

Presuntuosa y prepotente España

denuncias el horror ajeno e indultas el propio.

Sin la memoria el presente es ficción

y la verdad necesita el dolor del pasado.

Desmemoriados nos hundimos en nuestra huida al futuro.

La guerra civil nos dejó unos 600.000 muertos

y hoy recorro los paisajes de 1937: descubro

los restos de trincheras que el tiempo no borró, apostado

hundo mi rostro en esa tierra bañada de horror, y espero

que esas huellas me devuelvan la propiedad de mi historia.

Huelo aceite pesado y veo cómo escurre por las grietas del cerebro

negro azabache, la luz inunda mis ojos

y envuelve de incomprensión los gestos de esta tierra

que rezuma sequedad entre las hileras de piedras.

Surgen azules y grises al pie de los olivos

y las encinas preñadas intentan impotentes reventar.

Inimaginable hoy este paisaje en guerra,

esta belleza parda que piso,

y no lo olvides, cúbrela con tu cuerpo

y mantén protegido el misterio que alberga.

El cielo gris se agita

y los olivos golpean mi rostro con su violento reflejo plata.

Magullado y fatigado camino:

mis heridas, plata;

cansancio, gris;

y la tierra, negra.

Retrato anexionado al suelo.

Bajo el pesado manto entretejido de olivos y cielo

entierro las palabras,

en la confianza que germinen enraizadas en este mi paisaje.

La noche cubrió de brumas la ribera del Guadarrama

y ardió con llamas negras en julio del 37.

Mi casa esta ahí, vivo rodeado de las mismas encinas

testigos inmóviles de los veintidós días de batalla en Brunete,

y sus treinta y cinco mil muertos.

Hoy busco sus retratos anónimos, fundidos

ya con el paisaje, sin ojos, ya disueltos en la tierra.

Son mi historia oculta.

Esta tierra que piso rezuma su desesperación y al recostarme en ella

puedo escuchar sus gritos mudos al pie de cada encina.

Páramo y silencio.

Y esos rostros fusionados a la tierra,

incrustados en el paisaje.

Su mirada sigue escurriéndose entre tierras y sombras,

ya sin ojos y con el hueco rellenándose

poco a poco, año tras año,

con la historia que no aparece en los libros.

Treinta y cinco mil rostros sin ojos.

Quisiera recuperar sus miradas

y conservarlas en el archivo imposible de la memoria de esta tierra

Yo vivo aquí y aquí está mi casa (este es mi paisaje).

Perdido observo

entre los restos de metralla cómo renace el miedo

y la lluvia seca taladra nuestros cráneos.

Camino y los frentes de batalla surgen a pie de bota,

pólvora y el barbecho arde de nuevo.

Treinta y cinco mil.

La tierra me absorbe como embebió su sangre

y me precipita sin remedio hacia la sombra,

para en silencio compartir el paisaje con ellos.

Necesito conservar todas estas huellas

que la guerra me ha legado

a través del paisaje que recorro

y hundirlas en mi cuerpo,

para en la unión de carne y tierra,

asumir la memoria.

Nuestros muertos son

y nosotros seremos si no olvidamos.

Tanta crueldad existe en la muerte

como en el silencio que la exculpa.

Mi mirada se nubla por la incontinencia de mis ojos

cuando a trompicones enciendo la TV

y veo el burdel de sociedad en que vivimos,

para compensar me empapo entusiasmado de los grabados de Goya,

corro por los encinares y me sumerjo en la belleza de su luz negra;

al abrir los ojos veo los fastos de la boda del príncipe

y sin remedio me hundo, entre encinas y olivos, en mi contradicción,

y me pregunto por mi pertenecer a esta tierra,

mi deseo de ser parte de ella

y el dolor que albergo en mí por el hecho de pertenecer.

Tanta gente opina que es menester enterrar la historia para vivir en

paz

y así entregarse a la felicidad del fin de semana.

Qué tristeza

destrozar la memoria a cambio del placer lisonjero, inmediato y

superficial.

Pan de hoy y hambre para mañana.

El silencio de las voces perdidas

deforma el trazo de la pluma,

y qué mayor sufrimiento que aquel que alberga el alma por

desconocimiento.

Vivir en la ficción es no vivir

y el no vivir es morir en vida.

PAISAJE EN GUERRA

Un día amaneció el cielo cubierto

y encontré entre la hierba un reflejo gris,

provenía del manto que el hombre teje para ocultar la verdad.

Mi mirada escrutó el paisaje,

busco la naturaleza del hallazgo

y se estremeció

al ver lo impenetrable y denso del manto,

y se que lo que alcanzo a contemplar es tan solo un reflejo,

bien protegido,

de las tinieblas que cubren la época en que vivimos.

Mientras la verdad esta camuflada y desvirtuada,

nosotros somos usuarios convulsos de información,

olvidando que según la recibimos

la consumimos para poder absorber más;

insaciables, nos vemos satisfechos

y así, en ese cúmulo de datos es como tejemos nuestra ceguera,

auto justificándonos como seres informados,

pero incapaces de profundizar en el verdadero conocimiento.

Y dejamos que la gran maquina de la riqueza campe a sus anchas

y alimente nuestra mirada ciega.

¿Qué diferencia hay entre ese hombre que cada mañana al levantarse

afila su guadaña

y se ocupa de mantener el equilibrio, entre las vacas

y la posibilidad que tienen sus pastos de producir alimento para ellas;

con aquel otro que no tan lejos, se encuentra en un despacho,

y rodado de teléfonos intenta romper el equilibrio entre producción y

recursos?

¿Por que hay cabezas dedicadas a desentrañar los problemas que

afectan a la vida

y otras a acumular riquezas a costa de la vida?

Por desgracia, el campesino que observo cada día segar sus prados,

es la excepción;

y con su bello castellano en desuso es una referencia para entender

como vivir.

Tanta pérdida.

La historia, almacén de espanto,

se retuerce del dolor acumulado.

La sangre se vuelve verde y la mirada gris.

En las retinas de cada hombre deberían estar escritos los horrores

generados

y así mirar el presente a través de la memoria.

El hombre es sujeto de la historia y el único capaz de modificarla,

pero vivimos despaldas al pasado y al presente,

cegados en este paraíso de vida espectáculo;

atribuyendo a circunstancias y coyunturas las causas del desastre.

El paisaje llora la sangre vertida sobre él

y yo me revuelco en su lodo:

mi horror unido al de tantos hombres ante tanta ruina.

Quiero ir hasta aquella luz del horizonte y profanar la memoria de

caramelo

que endulza nuestras cabezas acomodadas

y destruir el pensamiento ciego que no sale del salón de casa.

Me dices ingenuo.

Y te respondo que sí, pero nunca cínico.

Me hablas de la lógica de la razón.

Y te contesto con la fuerza del deseo. (rebeldía)

En mi cabeza se agolpan los muertos,

se cruzan las hileras de cadáveres de Madrid, Gaza o Bagdad

y no consigo establecer su procedencia:

es la inevitable igualdad ante la muerte impuesta.

La mirada está desbordada por las posibilidades de ver,

y la diferencia entre aquí y allá, hoy y mañana queda anulada.

El silencio supera tiempo y espacio,

universaliza la pérdida,

abocándome a la desorientación,

y aflora a la superficie la duda como principio de mis gestos.

No consigo aceptar lo impersonalizado de las cifras,

el dolor ante la muerte debiera ser cualitativo

y al mismo tiempo la cantidad me aturde.

La pérdida de una vida por imposición ajena es el súmum de la

tragedia,

la masacre aumenta el horror pero no el sentido trágico de la

desaparición

que únicamente afecta a cada ser, o mejor dicho, a cada no ser.

Me es imposible multiplicar por cientos este razonamiento:

el miedo y el vértigo bloquean mi cerebro.

Puedo contar una y otra vez el número de muertos

y soy incapaz de entender todos y cada uno de los vacíos que dejan.

En mi cabeza montañas de cuerpos apilados

sin nombre y sin historia, hacinados

para sin remedio convertirse en memoria.

Cada uno de nosotros llevará pegada la etiqueta:

«asume la responsabilidad del daño que el hombre causa al hombre».

Las rocas se desgarran por el contacto suave de la piel

y absorben el pensamiento de cada cuerpo amontonado:

quiero convertir estas rocas en palabras, afilar sus cantos y clavarlas

sobre el rostro de Busch.

Qué pocas palabras nos quedan capaces de ser venablo ante el horror

y silencio en el dolor.

El manzanares hoy amaneció teñido de rojo,

en el Éufrates gotea la sangre de los mercenarios colgados de sus

puentes

y después Faluya se cubrió de muerte.

Desde lo alto de un risco miro y veo el paisaje preñado de dolor.

Un hombre arde al socorrer a su prójimo de las llamas del fuego,

lo consigue y el salvado se vuelve a quemar al extinguir el fuego de

su salvador

Me entregó a las tinieblas y recorro su senda, que al estrecharse

golpea mi cabeza contra sus paredes, y busco

algún resquicio que permita descansar mis ojos ya turbios

en el sosiego de cualquier belleza.

Me lleno de optimismo al ver

florecer un abril más las lilas:

rompen el cielo y envuelven mi mirada

con su efímera belleza

y así, entiendo el renacer del paisaje:

me entrego a él,

abandono por un instante el horror,

y me sumerjo en este intersticio,

página en blanco del sin sentido,

a serenar con calma el alma herida.

Alma herida

y el hecho de hablar es un privilegio.

El verdadero dolor, el irremediable es la ausencia de él.

Morir es destino

y la interrupción violenta de la vida monstruosidad.

Paseo por la estación de Atocha entre restos de flores ya secas

y velas que elevan la temperatura:

calor para el diálogo imposible con los muertos,

lugar para compartir el desazón que deja la tragedia.

Mi lamento es silencio y unido al de otros rebeldía.

Al preguntarme por la razón de tanta muerte,

y una vez superadas las obvias,

(la conocida por todos guerra al terror)

pienso que más allá hay cientos de intereses desconocidos o intuidos,

señalados por analistas, pero menospreciados en los grandes medios

de comunicación.

Es la máquina devastadora,

esa otra guerra que libra el mercado a la conquista del planeta.

Obvio, quizá, pero no por ello falso.

Una generalidad, también,

pero el manto ciega y oculta causas y causantes.

El verdadero enemigo está más allá de los rostros conocidos,

es en sí mismo principio y fin de su acción,

no atiende a razones,

ni a éticas,

esquilma

la tierra que pisa

y arrasa con las vidas que se interpongan a su objetivo;

una máquina que apisona toda resistencia que surja a su paso,

con frialdad y firmeza extrema busca la conquista de todos los

mercados

y la máxima acumulación de riqueza.

Esquilma, sí

y lo que no cuenta, sobra;

quien no produce, sobra;

quien no consume, sobra;

y lo que sobra, muere.

Dibujemos estas ecuaciones

y cual ciencia exacta construyamos desde ellas

los cimientos para la resistencia.

Sin errores, amigo:

mantengamos a los muertos como sujetos de la memoria

y pongamos nombre a los culpables.

Pero amigo,

no reposes,

no basta con nombrarlos,

el terror está siempre latente

y, el poder y sus intereses prevalecen a los hombres.

Unos se van y otros vienen

y la vejación del espíritu continúa.

Nos quedan palabras y gestos

que unidos a la memoria

debieran ser antídoto y revulsivo ante la infamia.

RETRATO DE UN CAMINANTE II

La tierra es roja y después

blanca,

más allá un rastrojo dorado;

y los olivos

y los almendros circunvalan y cierran la olla.

La calima gradúa en azules-grises la sierra que la rodea

uniendo al cielo los picos más lejanos.

El aire es fuerte y quema la piel.

Me escurren gotas de sudor por las piernas,

suaves dibujan los rastros que otros cuerpos dejaron sobre ellas,

y con estas gotas, también se desliza el tiempo

transcurrido en unión a esos otros cuerpos,

que en algún instante fueron parte del mío.

Dentro.

Y más dentro

mi cuerpo celebra la unión.

Y fuera,

el silencio hiela el sudor de todos los cuerpos.

Hablamos de esperanza de vida,

mientras allí donde el horror reina se espera la muerte,

sabiendo que la satisfacción de lo esperado colma

y la muerte únicamente vacía.

El caminante se rompe

y reconstruye en su debate ante la destrucción.

Camina acumulando desazón y rabia,

ansia de rebelión e impotencia.

Para él es un hecho la convivencia con su propia muerte,

desde hace años compañera de camino:

nunca la pierde de vista,

al mismo tiempo que le aterra su encuentro definitivo,

y en el diálogo con ella, en su caminar, busca el sentido a su ser.

Pero le destruye la idea de la muerte impuesta,

siempre antes de tiempo.

La muerte se nos antoja lejana,

nos empeñamos en verla como algo que acontece

al final de la vida,

la concluye y da sentido;

y sin embargo

cuando llega violenta

e impuesta por voluntad ajena

anticipa el final

e impide la conclusión de la vida.

Morir antes de tiempo,

es perder de golpe la esperanza

en la que el vivir tiene otro sentido que el pasar

y que estando oculto quizá al final de los días nos será revelado.

Irremediable el morir

pero hay tantas maneras:

tantas de tantas:

países para vivir

y países para morir.

¿Cómo encontrar sentido al vivir para morir

cuando la muerte depende del lugar donde naciste?

Hay lugares donde es posible el diálogo apacible con la muerte

a la espera que surja la posibilidad de entenderla,

mientras que en otros no existe ese diálogo

y la muerte, ya muda, acontece sin más,

sin protocolo ni previo aviso,

y allí, en esos lugares, es la desconocida,

está por todas partes, nadie la ve

y es instrumento de intereses ajenos al hombre,

por supuesto, al hombre que muere.

El caminante se queda sin palabras una vez más.

Le dicen: «es la época de la latencia»

Y él contesta:

«Aquí esta latente el terror,

allí, donde el horror reina, el vivir se confunde con el morir».

PAISAJE CON AUSENCIA

El paisaje desaparece ante mí según los vaivenes de un azar dictado

por lo desconocido.

Mis ojos se abren agotados después del descanso deseado y no

satisfecho:

doliente despertar.

El segador encabroña su guadaña al ritmo impuesto desde las

entrañas de la tierra,

marca]

el único tiempo reseñable en su resonar y desvanecerse. El horizonte

se esfuma ante mis ojos con la misma cadencia: sutil mesura

ante la inmensidad que desconozco

El graznido del cuervo empasta el sonido rítmico del segador con el

silencio de la

niebla.]

El silencio se espesa.

El silencio entra en mí.

Desentumezco mi cuerpo con ligeras sacudidas

y mis dedos se hunden en el alféizar de la ventana

esperando el alivio de la mañana.

La niebla entra y me envuelve y busca penetrarme por cada resquicio

de la piel

para calmar el dolor de las heridas producidas en la pasada batalla:

acometidas furiosas que la noche dejó en mi macerado cuerpo,

embestidas del pasado convertido en presente por la acción del

sueño:

alma negra teñida de gris bruma:

paisaje con alma gris invadiéndome en mi huida

de la noche perturbadora.

Breve belleza.

El susurro nocturno todavía golpeando en mis sienes.

Breve belleza al amanecer.

El susurro indefinido resuena en mi cerebro, luces y sombras sin

principio ni fin:

tormenta de percepciones de las que desconozco su nombre:

habría que poner nombre a cada dolor.

El paisaje y su silencio poco a poco me regurgitan a la vida.

Paisaje gris alma gris.

Un paisaje que se precie se rebela.

Una casa que se precie te acompaña en la rebelión del paisaje.

Tus manos se entremezclan con las nubes

y amasan con palabras y saliva los silencios íntimos de mi ausencia.

Solo los chasquidos de tu lengua y el tacto de tus manos me alertó.

Espía de mis sueños velas mi noche,

descubres aquello oculto, intangible como la nube

y legible en mis ojos sólo por tu mirada.

Escupo la rabia que me posee y sin querer entender

rescato del momento una palabra

que no nombro y oculto

unido a ti en mi silencio

Me instalo bajo el nogal,

su sombra es luminosa y sus ramas bajan casi hasta el pasto.

Protegido

y al mismo tiempo inmerso en este paisaje gris y verde, parapetado

y la niebla se extiende suavizando los perfiles de montes y recuerdos.

Amalgama de memoria y tierra:

tus ojos se hunden en mi rostro

y mi piel se desmorona por el suelo

¡Qué más da!

Me muestras tu espalda y caminas,

sonrío y abrazo al nogal que me cobija.

Garabateo palabras con tinta verde y gris sobre mi piel:

verde sombra y luz gris.

Escribo lo imposible

hasta los confines de la memoria

e intuyo las causas del dolor.

Lo que olvidamos queda grabado sobre nuestros cuerpos

con cincel de lágrimas,

innombrable, lo acarreamos de por vida.

¿Qué es lo imposible si no la contradicción entre el deseo de perdurar

y el dolor de mantenerse en pie?

Caminante sigilosa irrumpe con violencia en la trastienda de lo que no

veo

Percute con su mirada la oscuridad

Sus ojos miran y después se pierden

Camina por el lecho del arroyo

bordeando las huertas compartidas en la niñez

entre encinas y zarzas comimos melones

El fantasma de un amor prohibido me persigue noche a noche

irrumpe y me destroza

me conformo con esquivarlo en secreto

y aguardar con miedo su próxima visita.

Los ojos se vuelven grises en contacto con la niebla.

Nublada la mirada

a tientas y desesperado deconstruyo

gramo a gramo la propia figura

para esparcir el desazón que alberga.

Fragmentado el armazón

sumergido en lo insondable

interrogo en la oscuridad.

Y el silencio como respuesta

ante la imposibilidad de borrar el pasado y su necesidad ineludible

para vivir

Yaces, y en mi piel grabo:

con tinta gris, la vigilia hacia el vacío,

la espera agitada

y el deseo imposible;

con tinta negra, el tránsito al tiempo de silencio,

el salto oscuro,

el del profundo miedo;

y al final con tinta verde, tu propia ausencia,

tu rostro en calma

y la imposibilidad de la palabra.

Y en mi rostro la mirada sin contorno ni color

mientras camino por la pista en penumbra

¡Hermana acompáñame! vamos todos a la fiesta de los niños

encenderemos fósforos negros

¡Eh hermana, tú también! así no nos perderemos

Damos tumbos y nos golpeamos entre nosotros

no importa, somos reyes ciegos con cirios de luz oscura

caminando por la pista de polvo negro

¡Oh hermana! se ha formado una costra de carbonilla y lágrimas ante

mis ojos,

no importa hermana en la fiesta de los niños no necesitaré ya mis

ojos (no losnecesitaré)]

Pasamos el tiempo a tientas

rodando por la ladera de hierba azabache,

bailamos hasta el amanecer del sol negro

y el tiempo ya no se nos fugó.

Las voces de la noche recogieron el sudario verde

y allí yacimos enroscados

penetrados por su silencio

recuperando el pasado que nunca debió terminar.

Hermana la fiesta de los niños nos reunirá

y ya concluido tu miedo, a ciegas velaré tu sueño

Ciego y contento

este primero de año no brindé con champán en la ducha

en un intento de no construir fotocopias del pasado.

Pero me senté ante nuestro mar

y en silencio fui vertiendo en él, con calma, mis lágrimas

y así, sin mirar el rastro de silencio que dejaba,

comí pescado y dormí con la cabeza hundida en sus aguas.

No hubo sueños

solo el aroma yodado

y entre algas uní mi rostro al tuyo.

Silencio

y dejemos escurrir el tiempo

para limpiar las palabras

purgándolas del fasto de la inconcreción;

para reaprender la lengua,

olvidar su degeneración

y devolverla su sustancial necesidad.

Como en el oficio de tinieblas se apagan velas hasta la oscuridad,

suprimiré palabras hasta el silencio

-y así escuchar- y desde el vacío intentaré nombrar lo innombrable

RETRATO DE UN CAMINANTE III

Escucho las palabras vertidas por el caminante

y entre esa mezcla de dolores

pasados, presentes e íntimos

veo cómo de su cuerpo emerge un deseo sin nombre,

discreto y encarcelado

rompe el pecho desde dentro

en un intento desesperado de ser nombrado:

abandonar la inconcreción de lo intuido.

Encallado en la imposibilidad de la palabra

considerar como posible el deseo

es albergar esperanza,

pero la esperanza sin palabra

es desazón,

es el tránsito imposible,

el retorno sin piedad a la duda:

razón y deseo:

tras el día, la noche.

Al caminante no le quedan muchas palabras de esperanza

se le agotan y pierden en su caminar

Su esperanza resta en la memoria;

en las huellas de los hombres,

en sus contradicciones,

(su deseo de eternidad inmerso en su afán de destrucción)

y por qué no, también encuentra la esperanza en las palabras de

Cervantes;

en la belleza del sufrimiento de Juan de la Cruz;

en el dolor de los grabados de Goya

y en tantos gestos, de ayer y hoy, que dignifican al hombre.

Dónde encontrar la esperanza

sino en los resquicios del dolor

donde la belleza escasea y se deposita en breves gotas oscuras.

(qué obsesión la de unir belleza y esperanza)

quizá esas gotas de esperanza sean negras y brillan ocultas a

nuestros ojos:

protejámoslas aunque sea a ciegas.

Quizá ante la grandeza y extensión del terror parezcan banales:

evitemos se diluyan en su inmensidad.

Y que tampoco se pierdan, amigo, entre el sucedáneo bastardo de las

apariencias

en este paraíso de vida espectáculo

en el que discernir es un pesar y vivir precisa del discernir.

El caminante vive en la contradicción

y su pregunta esta entre el yo caminante y observador,

y el yo sujeto de la historia;

entre el yo individuo que busca desesperadamente la belleza,

y el yo que se hunde en el fango de la deshumanización del hombre;

la pregunta siempre está en el lugar de la fractura

donde sin remedio todo es incomprensible.

Ante el horror

la pregunta,

el hecho de preguntarse, contiene esperanza.

Y en el reposo del caminar,

ahí, perdido en sus contradicciones,

con la duda anudada al cuello,

el caminante

desespera y espera

se entrega al amor

y cobijado

al abrigo de la piel cálida se siente deseado.

Las caricias conocidas siembran el temblor en su cuerpo

y le conducen al abandono hacia lo desconocido

donde el placer y el dolor constituyen un único cuerpo.

Desasosegado y agitado,

comprende

la rebeldía ante lo inevitable,

y disfruta en la fidelidad

a un cuerpo,

al conocimiento profundo

de ese cuerpo,

a la pasión

por ese mismo cuerpo;

al silencio íntimo de dos cuerpos hacia el silencio de sus días.

El paso del tiempo deteriora

pero da la calma suficiente para apreciar la belleza que se nos ofrece.

Cuando la derrota llega el deseo se depura

y el alma precipita.

En la irracionalidad de la carne,

en la unión de dos cuerpos,

(intuición de muerte y sueño de eternidad)

el caminante se oscurece con lo más recóndito de él,

y en esa oscuridad íntima distingue la belleza.

Inexplicable

la belleza

no se puede poseer;

es una experiencia

cercana al dolor.

lo humano ya no era evidente: había que buscarlo en la oscuridad

John Berger, El Tamaño de la Bolsa, pág. 113.

(En referencia al tiempo en el que le tocó vivir a Rembrant.)

 

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