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Autor
Luis Emilio Abraham 
Año de publicación
2007
Referencia bibliográfica
Revista Teatro XXI, Año XIII, Nº 25, Argentina, primavera de 2007, pp. 40-47.  
18 de mayo 2022
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De la realidad como «mero» lenguaje a un lenguaje para la «mera» realidad: el teatro de Rafael Spregelburd

Tengo una natural tendencia a desconfiar de ciertas palabras. En general, desconfío de todas. Pero sobre todo de ciertos sustantivos abstractos que designan absolutos, o al menos, experiencias ideales de las que todos tenemos pocos ejemplos empíricos. Es lo mismo que pasa con ciertos colores. […] Nos manejamos entre grises, ya que así es el mundo, pero ponemos a las cosas nombres pomposos tales como «blanco» y «negro». (…) El teatro es para mí una herramienta de descomposición de esas gramáticas, a favor de los grises; de ejemplicar con situaciones, con emociones, con devenir, lo que las palabras y los discursos comunicacionales ya han terminado por anular, por encerrar en experiencias racionales, tan absolutas como ineficaces, tan comunicables como inocuas. El filósofo Eduardo del Estal manifiesta: «El lenguaje lleva a un olvido del cuerpo». Toda la experiencia del dolor no entra en la palabra «dolor»; el cuerpo lo sabe, pero la razón decide ignorarlo y seguir operando con palabras. Y si debo comunicar mi experiencia del dolor me valgo con una palabra de valor absoluto: comunico mi dolor –en efecto–, pero mi interlocutor jamás tendrá idea de lo que hablo. Y no se habrá dado cuenta de que en realidad no me entiende. Salvo que logremos «ponerlo en escena», en vez de ponerlo «en palabra». El teatro intenta recuperar esa gramática del cuerpo que no cabe dentro de las palabras. Me gusta el teatro cuando es lo queda «afuera» de las palabras. Se vale de ellas, incluso, pero las palabras en el teatro sólo suelen significar su afuera, a fuerza de designificar su adentro, a fuerza de desvincular lo que venía dado incondicionalmente en el sentido común, a fuerza de desatar por fin significante de significado (Spregelburd, 2006: 3-4). Entre las variadas expresiones teatrales surgidas en Buenos Aires tras la dictadura militar, la de Rafael Spregelburd es una de las que han atraído en mayores proporciones la atención de la mirada nacional e internacional. Su obra se asoció en los primeros noventa a lo que se percibía como la aparición de una «nueva dramaturgia», pero pronto giró hacia los modos de producción más representativos de este último tramo de la historia del teatro argentino: la integración de las labores de escritura, dirección y actuación como procesos estrechamente ligados, e indisociables incluso. Trabajando como «un actor que se escribe las obras en las que le gustaría actuar» -así se define él mismo- y también como un director que compone los textos con los ojos puestos ya en la escena, Spregelburd ha venido generando una obra prolífica y muy singular, que aúna la práctica del teatro y la permanente indagación teórica. A lo largo de su producción, ocupa un papel primordial la reflexión sobre la arbitrariedad de los lenguajes —desde los idiomas humanos hasta las convenciones de la propia escena—, sobre la habilidad de estos sistemas representativos para construir —y fingir— realidades, y sobre la posibilidad de hacer aparecer en el teatro la complejidad de la vida, de exhibir la «mera» presencia de las cosas al menos por un instante, de mostrar esa pura realidad que suele quedar oculta tras los modelos explicativos del mundo, las simplificaciones del pensamiento y, en definitiva, los actos de representación.

La obra de Rafael Spregelburd y su modo de encarar la práctica del teatro fueron modificándose a la par que fue tomando forma su pensamiento estético. Como ha señalado Jorge Dubatti (2005: 11-18), pueden observarse en su trayectoria dos momentos bastante definidos, que siguen de cerca las líneas teóricas que se desarrollaron a partir del llamado “giro lingüístico”. En un primer momento, las creaciones de Spregelburd se concentran fundamentalmente en los sistemas de representación, se orientan hacia lo metalingüístico para desvelar y a la vez devastar las estructuras del lenguaje, para mostrar el carácter construido de “lo real”, para exhibir que “la realidad” no está hecha sino de versiones y que no es otra cosa que el resultado de las operaciones del lenguaje. Sin olvidar estas ideas, las obras de la segunda fase encuentran en ese planteo acerca de la naturaleza lingüística de “la realidad” solo el punto de partida y, sobre ese presupuesto, procuran adentrarse ahora en lo que se escapa de los sistemas de representación, en lo que queda fuera de las palabras, en esa “mera” realidad que no cabe en las simplificaciones del idioma y del pensamiento, en la inasible complejidad de la vida o, como diría el mismo Spregelburd, en la calidad incierta pero real de los grises. El mejor modo de comprender esta evolución es remitirse a la teoría que hace de soporte a la producción escénica, examinar algunos núcleos conceptuales que Spregelburd ha venido trazando, paralelamente a su obra teatral, en su faceta de ensayista (Abraham, 2007b). Así como la Heptalogía de Hieronymus Bosch resulta de transponer a los lenguajes del teatro las particularidades de una obra plástica, la Tabla de los Pecados Capitales de El Bosco, su pensamiento estético se nutre de las ideas que tiene el pintor y filósofo Eduardo Del Estal acerca de la percepción visual (Spregelburd, 2000: 6-9; 2001: 116). El acto perceptivo es posible porque percibimos figura sobre fondo. La figura se reconoce, por un lado, cuando el sujeto identifica en ella una imagen que ya posee, una forma que ya ha aprendido. Si alguien dibuja un cuadrado imperfecto sobre un pizarrón y le pregunta a otro qué ve, este dirá “un cuadrado” porque percibe lo más parecido a lo que ya sabe. Por otro lado, las formas resultan perceptibles cuando se aíslan de un fondo que pasa inadvertido. Es decir, para responder “un cuadrado” el sujeto deja de percibir el pizarrón. La percepción de las formas supone entonces procesos de simplificación. Tendemos a asociar las figuras a formas que nos son familiares y las separamos del fondo informe que les hace de sostén: “lo informe es siempre el soporte material de la forma” (Spregelburd, 2000: 7). Ahora bien, la idea de Del Estal es que el pensamiento sigue un camino análogo al de la percepción: no solo vemos figura sobre fondo sino que pensamos “figura sobre fondo”. En el dominio del pensamiento y del lenguaje, a la forma le corresponden los conceptos de significado, necesidad y orden. Al fondo, las nociones de sentido, azar y caos: Aquí Del Estal propone esta grácil trampa poética y vuelve a ponerles nombres a estos conceptos: asocia la forma, lo conocido, el concepto, la figura, a un mismo término: el significado. Y asocia lo informe, lo desconocido, lo impensable, el fondo, al concepto de sentido. Veo figura sobre fondo, lo que es decir entiendo significado sobre sentido. Entonces pido atención, porque ahora cuando hablemos de sentido vamos a decir “el sentido es el soporte ininteligible sobre el cual se recortan los significados”. Cuando vemos algo que nos desorienta solemos decir: “ah, esto no tiene ningún sentido”. En realidad, deberíamos decir: “no tiene ningún significado”. No “quiere decir” algo, no es un signo de otra cosa. No tener sentido es imposible, quiero decir, justamente, cuando algo es incomprensible, misterioso, es porque está lleno de sentido (Spregelburd, 2000: 7).   Forma y fondo, significado y sentido, se organizan así en lo que Del Estal llama la “maquinaria de la significación” y operan mediante una dialéctica compleja, una dialéctica sin síntesis. Por una cuestión lógica, fondo y forma no pueden coexistir en un primer plano de atención. Si la mirada descarta la figura para dirigirse al fondo, este pasa a ocupar el lugar de una nueva forma y reclama la constitución de un nuevo fondo ininteligible sobre el cual recortar lo visible (8). La relación entre significado y sentido se articula entonces en una dialéctica sin instancia superadora, una dialéctica en que el momento de negación se convierte en el paso decisivo. El espesor indefinible donde se mezclan, en potencia, todos los significados es justamente el sentido, y la misión que Spregelburd quiere para el teatro consiste en sugerirlo. Para insinuar el sentido, el artista trabaja con formas, que es lo único que puede asirse y lo único que puede prestarse a la mirada del público. Pero el arte manipula formas, construye lenguajes, propone significados, para señalar de alguna manera el sentido: “El arte recrea las operaciones lingü.sticas para recordarnos que en ese vacío están las respuestas que motorizan nuestro deseo” (Spregelburd, 2001: 116). En esta persecución del sentido deviene fundamental la idea de borde: “(…) intentamos, a partir de estas formas, mostrar la existencia de ese borde donde el orden puede volver a desmoronarse en vacío y caos” (Spregelburd, 2000: 8). Siguiendo a Del Estal una vez más, Spregelburd explica que lo verdaderamente interesante no es ni las formas ni el fondo, sino el “borde de las formas”, su “lugar de conversión”, su “transacción con la otredad”: Percibimos el cuadrado por los lugares en que sucumbe. Su superficie no me interesa. Ya la sé. Me interesa su borde, el sitio en el que su “ser cuadrado” linda con el caos de fondo. De igual manera, pensamos ideas abstractas y conceptos a partir de su negación. La libertad, la ley, la fidelidad… ideas, conceptos, son todas cosas que podemos pensar sólo porque despiertan en nosotros el abismo de su ausencia y su contrario (Spregelburd, 2000: 8-9). Según estos conceptos, y como lo explicita el mismo Spregelburd (en Abraham, 2007a), su teatro comienza poniendo el acento en lo formal, en denunciar la artificialidad y la arbitrariedad de la forma que los lenguajes imponen sobre el mundo, y termina por dar preponderancia al sentido. Si en un primer momento el principal enunciado que subyace a su obra parece ser el carácter artificioso de “lo real” —“la realidad” que se nos aparece es pura construcción de significados, mero lenguaje—, sus producciones se orientan luego a sondear el fondo de realidad que queda oculto tras la falsa apariencia de las formas, el caos sobre el que se imprime un determinado orden, la pura presencia aplazada por la sobreabundancia de representaciones, lo real complejo que pueda ser “meramente” vivido y que se resista a caber en los moldes de “lo real” pensado. Pero esto conduce a una paradoja. De la misma manera en que el fondo no puede más que intuirse detrás de la figura, y el sentido indagarse llevando al borde los significados, la presencia cruda de las cosas puede insinuarse, apenas por momentos, en medio de la representación teatral, y la pura realidad ajena al lenguaje no puede convocarse sino a través de un trabajo sobre los lenguajes de la escena. Por esa razón, las modificaciones que se producen a lo largo de la trayectoria de Spregelburd dejan huellas claras en sus obras y en ciertos aspectos de su construcción, como la organización narrativa, el diseño global de la puesta en escena y las técnicas de actuación. Las producciones tempranas de Spregelburd se caracterizan por la exhibición de un dispositivo de lenguaje que se impone como un filtro mediador entre el espectador y el mundo imaginario y que evita, de ese modo, la inmediatez prototípica de la   escenificación teatral (García Barrientos, 1981). La historia no se desenvuelve directamente frente a los ojos del espectador, no alcanza el estatus de un acontecimiento. Se muestra deliberadamente en su extrañado proceso de construcción a través de la presencia de un narrador cuya subjetividad manipula los hechos (Cucha de almas, Remanente de invierno), la proliferación de puntos de vista (Entretanto las grandes urbes), el desocultamiento de la relación convencional entre actor y personaje (La tiniebla) o un fracasado proceso de ensayo o de escenificación que impide el desarrollo fluido de la acción (Cuadro de asfixia) (Abraham, 2006). En Remanente de invierno (1995), la primera experiencia de Spregelburd como director de escena, el carácter fracturado de la fábula y la “inverosimilitud” de los hechos se explican porque “la pieza transcurre en el clima enrarecido del recuerdo” (Spregelburd, 2005: 39). Sin aviso previo y sin ningún tipo de cambio en su apariencia, la protagonista alterna los roles de personaje niña y narradora adulta, de modo que interfiere en la representación el acto mismo de memoria que reconstruye —¿o inventa?— la historia y que da forma al mundo representado. La calidad exageradamente artificial del vestuario y de la escenografía, su carácter plástico, metálico, “demasiado” fabricado, coinciden en ese intento de mostrar la arbitrariedad de las formas, de presentarlas como pura estrategia de lenguaje, de hacer visibles los artificios que los sistemas de representación hacen funcionar de manera transparente. Las pilas de televisores, los carritos de supermercado, los objetos extraños que pueblan el espacio escénico, escapan a la función de representar el espacio de la acción, las casas de la protagonista y de sus vecinos, y sostienen apenas el mundo recordado, que nunca pasa de ser una versión dudosa. Lo único que constituye un acontecimiento es, en todo caso, el acto de narración de la protagonista, el proceso mismo de la representación, y no lo representado. La única realidad que se presenta es un hecho de puro lenguaje. Pero las cosas van cambiando a partir de la heptalogía que Spregelburd empieza a producir en 1996 alrededor de la tabla de El Bosco y, sobre todo, a partir de que asume sistemáticamente la tarea de dirigir sus obras (Abraham, 2007a). Las obras de Spregelburd siguen indagando los lenguajes y las convenciones de la representación, pero de un modo mucho más sutil y sin que esto limite tanto la conformación de un mundo imaginario, sin que se quiebre de un modo tan abrupto la posibilidad de la ilusión. Los diseños escenográficos, por ejemplo, dejan de insistir en la artificialidad de las formas y se acercan a la representación realista. Pero, como sucede en La modestia y en La estupidez, hay instantes en que se desvela de modo muy ingenioso –casi encubierto– la convención por la que un único espacio escénico representa más de un espacio ficticio, se señala fugazmente la realidad escénica que hace posible la representación, el fondo material sobre el que se apoyan las formas artísticas. El teatro de Spregelburd continúa huyendo de los cauces tradicionales de la representación, pero el acento no se pone ya en desnudar los trucos del lenguaje o en deconstruir insistentemente las formas para hacer tambalear el mundo representado. Más que acudir a lo antirrepresentativo, las creaciones recientes de Spregelburd procuran lograr momentos simplemente no representativos, acechan la pura presencia de la cosa que se resista a ser tratada como signo, como representación de otra cosa, intentan señalar la complejidad del sentido que se oculta bajo los significados. Ante las actuales determinaciones históricas, ante “el mercado de los medios, con una realidad cotizando a la baja” (Cornago, 2005: 22), ante una cultura de simulacros, de imágenes y de representaciones, la obra de Spregelburd emprende la crítica tratando de producir la sensación de “mera” presencia a través de la representación teatral, persiguiendo la   utopía de restaurar el contacto directo con lo real, de generar la impresión de realidad, a través de la ficción pura y dentro del teatro, arte por excelencia de las simulaciones. Uno de los procedimientos para alcanzar esos fines consiste en componer novedosas estructuras narrativas con el estímulo de la teoría del caos, la termodinámica de Ilya Prigogine, la geometría fractal de Benoît Mandelbrot, la teoría de la catástrofe y otros desarrollos teóricos que se incluyen dentro de la llamada “ciencia de la totalidad” (Briggs y Peat, 1989). Teniendo en mente ese conjunto de formulaciones científicas y ciertos antecedentes cinematográficos, como Magnolia, de Paul Thomas Anderson, Spregelburd comienza a ensayar un nuevo modo de organizar la historia en Fractal (2000) y lo lleva a altos grados de prolijidad en La estupidez (2003), que con casi cuatro horas de representación, incluyendo un intervalo, propone una exhibición desmesurada de lo complejo. En La estupidez, cinco actores se fatigan por poner en escena a los veinticuatro personajes que itineran por distintos moteles de Las Vegas. Entre dos marchands que inventan la historia de una pintura dudosa para elevar su precio en el mercado, entre un grupo de apostadores dedicados a burlarse de los casinos ejecutando una fórmula que les permite ganar 151 dólares y centavos por incursión, entre la historia de un actor de malogradas series televisivas que tortura a su hermana muda, paralítica y presuntamente idiota, se intercala un hilo narrativo fundamental a la hora de explicitar los principios matemáticos que articulan la pieza. Finnegan es un científico que ha descubierto la Ecuación Lorenz2. Convencido de que su fórmula entraña peligros para la humanidad, se recluye en diferentes moteles de Las Vegas para ocultarse de las editoriales que le ofrecen sumas extraordinarias por la publicación. La Ecuación Lorenz va explicándose a lo largo de la obra y aclara el tipo de relación que se establece entre las diversas intrigas, que alternan sus modos de construcción entre lo incierto del azar y una “causalidad” dispersa. El azar se manifiesta en acontecimientos que no evidencian conexión alguna con el resto de los hechos que se presentan en escena y que desafían, por ello, el principio de necesidad. De la causalidad dispersa, en cambio, surge la sospecha de que existe algún tipo de vinculación misteriosa entre situaciones distantes e independientes en apariencia. El resultado de estas operaciones es que la ficción que se desenvuelve en escena gana en pura presencia y pierde en representación. Los acontecimientos aumentan su espesor y adquieren autonomía. Se hacen intensamente presentes y necesarios en sí mismos en vez de justificar su existencia por su capacidad para representar, en vez de constituirse en indicio —signo— de lo que vendrá después, en vez de preanunciar de alguna manera los hechos de los que son causa y desaparecer, así, detrás de la estructura causal — de causalidad lineal— que contribuyen a levantar. Al mismo tiempo, el hecho de que el devenir se sustraiga a las explicaciones de la razón aumenta considerablemente la intuición del misterio y del sentido. Es lo que explica Spregelburd oponiendo la organización narrativa de la catástrofe a la composición clásica de la tragedia: 2 El meteorólogo Edward Lorenz formuló durante los años 60 una clase de ecuaciones no lineales mientras revisaba infinidad de series numéricas con las que pretendía llegar a un sistema de predicción metereológica. Determinadas variaciones que introdujo en las series lo llevaron a descubrir un comportamiento matemático caótico, al que bautizó con el nombre de “efecto mariposa”. En un sistema caótico, las fluctuaciones azarosas impiden la formulación de leyes invariantes, la aparición de bifurcaciones imposibilita seguir el curso que tomará la materia y la multiplicación de las relaciones entre los elementos vuelven incontrolable el devenir. Eso es lo que ilustra la conocida parábola del “efecto mariposa”, que dice, entre sus muchas versiones, que el aleteo de una mariposa en Tailandia puede causar un huracán en París.   La razón tiene un destino trágico, la razón quiere explicar el universo, y nosotros no podemos sustraernos de la razón. Somos animales racionales, por eso nos seduce tanto la catástrofe. Se cae un puente y uno quiere ver cuántos muertos hay, y lo que uno más quiere ver son esos cuerpos aplastados por las vigas del puente, porque no hay explicación racional para el horror. Por eso apela a nuestra atención más viva. Es decir, hay un deseo enorme de mirar de frente al fenómeno inexplicable, hay fascinación porque somos racionales, porque necesitamos la explicación del fenómeno. Sin intervención de la razón, el mundo se disolvería por entropía en el mero azar. Ése es nuestro destino trágico de seres racionales. Querer ordenarlo todo, establecer encadenamientos causales. (…) Entonces, la catástrofe es el sitio de la otredad, el lugar donde causas y efectos se presentan a una velocidad infinitamente más rápida que la razón, y entonces cada cosa es causa y efecto de sí misma. Es decir, como lo expresa Del Estal, “en la catástrofe las causas quedan sumergidas en el efecto”. Si ahora se cayera el techo y nos aplastara a todos, y nosotros no tuviéramos ni siquiera el tiempo de leerlo como un procedimiento causal… “ah, no, el techo se cayó porque el edificio estaba mal construido, y arriba estaban zapateando flamenco, y…” Si no tengo el tiempo de comprender las causas y lo percibo como catástrofe, bueno, es lamentable para todos nosotros que moriríamos para siempre, pero es infinitamente atractivo. Infinitamente misterioso. Y produce fascinación. Y por lo tanto me involucra afectivamente (Spregelburd, 2000: 11). El modo de concebir las prácticas del actor parece acompañar los cambios que se producen en la construcción del drama. En Remanente de invierno, la única entre sus obras tempranas que dirigió el mismo Spregelburd, se acogen diversas poéticas actorales, como sucede a lo largo de toda su producción, pero predominan las actuaciones antiilusionistas, la composición de formas artificiosas, poco naturales, con el manejo del cuerpo y de la voz. Sus posteriores puestas en escena, en cambio, moderan el recurso a la teatralidad expuesta, a la simulación no disimulada, y se preocupan por generar actuaciones más “creíbles”. A Spregelburd le interesa promover la emergencia de un mundo ilusorio y su consecuente efecto en el espectador, el entretenimiento, y se aparta, al mismo tiempo, de las estrategias del naturalismo, tal como se entendieron, de manera dominante, en la Argentina. Desconfía de la eficacia de los métodos y prefiere que el personaje no se vea tan construido, que no se lo componga demasiado, que no se lo represente acudiendo a la interpretación de su psicología (Abraham, 2007). Adhiere, más bien, al llamado “teatro de estados” (Spregelburd, 2002: 6), fórmula célebre en estos últimos tiempos, que implica en realidad técnicas y resultados muy diversos pero que coinciden en privilegiar el “estar allí”, en producir un “acontecimiento puro” más que símbolos o mensajes y en valorar la atracción que los actores son capaces de provocar mediante la presentación del personaje. O, como dice Spregelburd en su prólogo a La estupidez y El pánico, su modo de “ser absolutamente personales siendo otra cosa” (Spregelburd, 2004: 11). Por eso, ya desde la confección del texto, las situaciones dramáticas de Spregelburd están transidas de actuación, pretenden generar espacios para las diversidades del actuar, intentan hacer pasar al actor por una variada gama de estados e intensidades. En La escala humana, por ejemplo, hay estados de actuación muy bien disimulada en los que se hace difícil decidir si estamos frente a la verdad o a la impostura de los personajes. Hay intensos momentos de verdad, como sucede hacia el final de la pieza, donde súbitamente salen a la superficie sus mundos internos. Y también hay instancias de apariencia desnuda cuando los personajes ensayan primero y, muy a pesar suyo, malogran luego el engaño con que pretenden encubrir los crímenes de su madre, que se ha convertido en una desopilante asesina serial. Situaciones, en definitiva, que exponen la teatralidad, momentos de una simulación muy mal ejecutada del lado del personaje,   pero implican en el teatro, por contrapartida, un llamativo logro del actor: actuar a la perfección la pésima actuación del personaje. Más que en asumir la tarea de representar sus contextos, más que en conformar un discurso que pretenda arrojar luz sobre la realidad, es en esa puesta en escena del encubrimiento donde reside el vínculo de la obra con la realidad argentina, y es dentro del puro ejercicio del teatro donde la actuación escénica puede transformarse, extrañamente, en acción. Así reencuentra el teatro su destino político. Haciendo ver primero lo aparente y denunciando su falsedad, para emprender luego la difícil tarea de señalar el fondo, de sugerir el sentido, de insinuar apenas esa realidad que Spregelburd define citando otra vez a Del Estal como “la resistencia de las cosas a todo orden simbólico”. El teatro se vuelve político en sus momentos no representativos, cuando sella un compromiso con la presencia de las cosas, la complejidad de la vida, lo que se niega a ser apresado por el pensamiento, los sistemas totalizantes y los modos de la representación: “Cuando Del Estal afirma que la realidad es la resistencia de las cosas a lo que se dice de ellas, a mí me gusta imaginar que las cosas se resisten, que tienen una voluntad militante, una voluntad de resistencia” (Spregelburd y otros, 2002: 247).

Bibliografía

Abraham, Luis Emilio (2006): “«Cantar al compás de la vizcacha». Amnesia creativa y canon literario en la obra de Rafael Spregelburd”, en Archivo Virtual “Artes Escénicas”. En línea.

— (2007a): “La difícil tarea de no representar. Entrevista a Rafael Spregelburd”, en Archivo Virtual “Artes Escénicas”.

— (2007b): “Un teatro al acecho de la complejidad de lo real: Rafael Spregelburd y su poética en proceso”, en Gustavo Zonana (dir., ed.) y Hebe Molina (coed.) Poéticas de autor en la literatura argentina (desde 1950). Buenos Aires: Corregidor (en prensa).

Briggs, John y David Peat (1989): Espejo y reflejo. Del caos al orden. Barcelona: Gedisa, 2005. Cornago, Óscar (2005): Resistir en la era de los medios. Estrategias performativas en literatura, teatro, cine y televisión. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert.

Dubatti, Jorge (2005): “La fuga de lo real entre las redes del lenguaje”. Prólogo a Rafael Spregelburd (2005: 7-30).

García Barrientos, José Luis (1981): “Escritura y actuación. Para una teoría del teatro”, en su Teatro y ficción. Ensayos de teoría. Madrid: RESAD / Fundamentos, 2004: 19-49.

Spregelburd, Rafael (2000): “La función conjunta de autor y director”. Conferencia pronunciada en el Festival Internacional de Teatro Mercosur. Texto facilitado por el autor.

— (2001): “Procedimientos”, en Fractal. Una especulación científica. Buenos Aires: Libros del Rojas: 111-125.

— (2002): “¿Qué es la realidad?”. Ponencia presentada en el Foro “Was ist wirklich?” de la Wiener Festwochen. Viena, junio de 2002. Texto facilitado por al autor.

— (2004): La estupidez. El pánico. Heptalogía de Hieronymus Bosch. Buenos Aires: Atuel.

— (2005): Remanente de invierno. Canciones alegres de niños de la patria. Cuadro de asfixia. Raspando la cruz. Satánica. Un momento argentino. Buenos Aires: Losada.

— (2006): “El robo del siglo”, en Theater und mediengesellschaft lateinamerika (TMG): 1-5. Spregelburd, Rafael y otros (2002): “Debate”. Realizado durante el Festival Internacional de Teatro Mercosur 2002. III Foro de Dirección Teatral. Córdoba: Agencia Córdoba, 2003: 239-253.

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