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Autor
Carlos Marquerie
Año de publicación
2005
Referencia bibliográfica
CORNAGO, Óscar (ed.), Políticas de la palabra. Esteve Graset, Carlos Marquerie, Sara Molina, Angélica Liddell, Madrid, Fundamentos, 2005, pp. 143-194.
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Texto original publicado
5 de junio 2020
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El rey de los animales es idiota

DIÁLOGO I

GONZALO.- Incapaz.

Idiota.

Absurdo.

Todo vuelve a la calma.

Tormenta pasada.

Todo tranquilo a nuestro alrededor.

JUAN.- Fuera todo se bate con violencia. Dentro también.

Mira, soy como ese árbol, se sigue batiendo y cada año tiene menos hojas

y más ramas secas, va camino de no dar ni sombra, pierde utilidad.

GONZALO.- Estúpido. Enfermo. Corres el peligro de convertirte en un objeto

decorativo a la puerta de la casa igual que el árbol.

JUAN.- Si no fuera porque veo batirse al árbol a la puerta de la casa todos

los días, no sé cómo podría levantarme cada mañana.

DIÁLOGO II

CARLOS.- Cuántos amigos han compartido conmigo momentos de

entusiasmo o dolor a lo largo de los años. Me pregunto qué habrá sido de

sus vidas. Tener tiempo para recuperar viejas amistades.

¿Usted a qué se dedica? Yo, a recuperar viejas amistades. ¿Y esa

ocupación es lucrativa?, se preguntaría mi interlocutor, y yo le mandaría a

tomar por culo. Le diría: váyase a tomar por culo, me esta haciendo perder

mi tiempo con sus jodidas preguntas.

A mí lo único que me satisface es ocupar mi tiempo. Ocuparlo sin más, no

pasar por él, ni que él pase por mi.

No perderlo.

No me importa si mi tiempo es productivo.

No me interesa entretenerlo, tampoco distraerlo.

Sólo quiero ocuparlo.

Tampoco quiero atraparlo y poseerlo.

Sólo ocuparlo.

Yo ocupado en cada instante, sin más, al cien por cien, mi momento, vivir

en su duración, sin querer que sea más largo o más corto.

Me obsesiona el paso del tiempo, tengo la continua y jodida sensación de

que se me acaba; se me escapa entre los dedos. Por las noches al meterme

en la cama entrelazo las manos con fuerza y miro las ranuras entre los

dedos: de qué jodida manera, me digo, impediré que por aquí se esfume mi

tiempo. Absurdo, pero es una sensación física: dedos gordos y el jodido

tiempo me palpa las manos, se infiltra y abre surco, imparable. Cómo me

jode. Para evitarlo no paro de hacer cosas. Cosas, es lo mismo el qué, hacer,

yo solo o con más gente, hacer, hacer y hacer, hacer cosas y la jodida

sensación de las manos gordas intentando frenar el tiempo no me abandona.

GONZALO.- Enumeración de perdedores de tiempo:

MARISA.- Los que van a hablar a un bar con la música a todo volumen y no

se escuchan.

GONZALO.- Los que van a bailar a un bar con música a volumen ambiental.

JUAN.- Los funcionarios que sin trabajar se aburren en la oficina.

NEKANE.- Los que van al teatro, no les dice nada lo que ven y no se van.

Los que se aburren y no quieren aburrirse.

GONZALO.- Los que de la diversión hacen una rutina que les aburre

colosalmente y no hacen nada para aburrirse sin más.

Los que no saben aburrirse sin justificación.

NEKANE.- Los que creen que acumulando dinero justifican su paso por la

vida.

JUAN.- Los que nunca tienen tiempo y viven cada instante pensando en el

siguiente.

MARISA.- Los que, incapaces de vivir, viven del recuerdo.

JUAN.- Los que esperan continuamente grandes acontecimientos, y así, se

les escapan los pequeños momentos.

CARLOS.- Cuando pierdo el tiempo, antes de reaccionar y buscarlo (todo lo

que se pierde se debe buscar), comienza a contraérseme el estomago, es

casi ese jodido dolor de ulceroso y la consabida mala leche. Me encierro,

acuso a los de mi alrededor y me doy de cabezazos contra la pared.

Estúpido, imbécil. Yo, estúpido e imbécil, me obsesiono con no perder el

tiempo y lo único que consigo es perderlo más, de forma más contundente,

de mala leche y encima con la cabeza hinchada y abierta por la jodida manía

de darme de cabezazos contra la pared.

GONZALO.- ¿Viste La Luna de Fellini?

Unos tíos meten la Luna en una inmensa nave industrial convertida en

discoteca.

Una película que reflexiona sobre el silencio y el ruido y termina con la

Luna en una discoteca. Cojonudo.

JUAN.- ¡No hay que perder el tiempo! No, nunca, el tiempo no se debe

perder, el tiempo es oro, bueno, quizá un poquitito menos. Pero no importa

¡No perdáis el tiempo, mamones! Yo no pierdo el tiempo; no dejo escapar

ninguna oportunidad de no perder el tiempo; otros pierden las

oportunidades y con ellas pierden el tiempo; porque es tiempo perdido el

perder las oportunidades.

CARLOS.- Con los años, cada vez más lento; irremediable, no puedo correr,

cuando me precipito, o la vida me precipita, tengo la misma sensación: no

estoy viviendo, la vida pasa a mi lado sin mí, me arrastra y ese arrastrar me

impide disfrutar, ser consciente, de cada instante. Me asusta morir. El otro

día una gran lechuza volaba alrededor de mi cabeza. Ya no tengo tiempo

para leer, sólo puedo releer. Qué jodido debe de ser que se te acabe el

tiempo sin haber hecho lo que cada uno cree que tiene que hacer en la vida.

Me gustaría leer en verano y a la sombra los versos de San Juan de la Cruz;

follar, al atardecer, con una mujer oriental; y comerme, con la servilleta

anudada al cuello, una lamprea a la bordalesa, mientras me bebo una

botella de Château-Lafite a grandes y ruidosos tragos.

Sólo pienso en mí.

Y una polla.

Una polla hermosa, con alas; polla voladora, sonrosada y bien erecta.

Follar y volar, follar y volar, follar y volar, follar y volar, follar y volar,

follar y volar, follar y volar, follar y volar.

¡Qué mierda! ¡Qué jodida mierda!

Quiero y deseo hacer tantas cosas, seguro que no podré hacer todo, no

importa, lo que haga lo haré de cojones, sin correr; eso sí, sin correr; no, no

quiero, no me da la gana, no me sale de los cojones, no quiero correr.

Todo el mundo corre, todo el mundo tiene que correr para no perder el

tiempo, pero, joder, no se enteran de nada, a estas velocidades no se ve, no

se siente y se pierde el tiempo.

NEKANE.- Me temo que estamos perdiendo el tiempo con tanto darle

vueltas al tiempo perdido. Aquí sentados, con disquisiciones absurdas sobre

el tiempo y me temo que no solamente lo estamos perdiendo nosotros,

corremos el riesgo de hacérselo perder a todos estos, que aquí sentados nos

escuchan y nos ven perder el tiempo.

JUAN.- Contémosles historias estupendas y provechosas.

Ja, ja, ja, ja.

Historias de amores bellos, perdidos y trágicos; pero de final feliz.

Historias de héroes y heroínas, pero cercanos; como dicen los sabios del

tiempo libre: «héroes de carne y hueso».

Tragicomedias sobre la vida.

Mentiras, pero siempre mentiras piadosas y edulcorantes.

Bailemos y deleitémoslos con el movimiento cimbreante de nuestros

cuerpos; pero que no se convulsionen. Ojo, que no se convulsione nada.

Todo ordenando y bonito según los cánones de la corrección.

Hay que entretener al respetable, o al menos mostrarle cosas bellas, de

buen ver. Que no entiendan pero que les entretenga, eso es lo importante,

que pasen un rato agradable.

Todo limpio, reluciente y ejemplar.

Mujer de ojos de perla, no vengas hoy.

Mujer de ojos tristes, no vengas hoy.

No rasgues tu voz.

No merece la pena; el convite de hoy es burdo, eso, muy entretenidito y

muy blandito, pero burdo y bobalicón.

No busques los infiernos que nos rodean cada día, no, hoy están de vacaciones.

Volvamos a las historias de ángeles tontorrones. A quién coño le importan

los ángeles caídos.

Repollos, millones de repollos.

A quién coño le interesa deleitarse en el olor de una polla erecta o de un

higo maduro.

Perded el tiempo, mamones.

Desapareced de mi vista. Hijos de puta.

Olvidadme y dejadme con mis miedos y mis infiernos.

Imbecilidades.

Dejadme a mí con mi tiempo.

Cerradme la puerta en las narices, y mierda; iros todos a tomar por culo.

MARISA.- Entre las piernas tengo un coño.

Hermoso y peludo

Chupado y babeado.

Y mi coño se cabrea.

Mamones, sí, vosotros, los que ocultáis vuestra cara de besugos indocumentados

en poltronas de grandes despachos, vosotros que santificáis la

cultura, aunque no queráis me vais a escuchar y me vais a escuchar porque

me sale del coño, y estoy aquí en esta puta casa para eso, para contar lo

que veo y lo que me sale del coño.

Mi coño mira, ve y llora.

Mi coño ve mierda.

Mi coño ve hombres que revientan.

Mi coño no soporta ver más sangre.

Mi coño ve escuelas públicas que se cierran.

Mi coño ve cómo aumentan las aulas privadas.

Mi coño ve cómo los intereses políticos triunfan sobre las ideas.

Mi coño ve mediocres con poder.

Mi coño ve a una mujer gritando.

Mi coño se estremece ante su grito.

Mi coño se entusiasma al ver a dos hombres besándose.

Mi coño no entiende por qué ese fiscal los insulta.

Mi coño se entristece.

Mi coño se atraganta.

Mi coño escupe.

Mi coño llora.

Mi coño llora más.

Mi coño grita y sigue llorando.

Sí, sí, sí, mi coño grita, habéis oído bien, escupe, se atraganta y se

cabrea.

DIÁLOGO III

JUAN.- Deslízate.

Vuela.

Rómpete.

Vuela.

Con el rostro desencajado, el pecho desnudo y los muslos gruesos.

Vuela.

No puedo evitarlo, parece que van a reventar.

CARLOS.- ¿Quién?

GONZALO.- ¿Los muslos?

JUAN.- No, gilipollas. Los ángeles.

Solamente los miro, y cómo me jode estar aquí quieto.

GONZALO.- «El pájaro divino relucía

con claridad que al ojo humano abruma,

y mi rostro incliné; llegado había

en un bote tan ágil y ligero

que al navegar el agua no partía.

Estaba en popa el celestial barquero».

JUAN.- Me gusta este Dante.

CARLOS.- Magnífico.

NEKANE.- Fulminante.

MARISA.- Y los ángeles, cómo me gustan los jodidos ángeles, realmente no

sé lo que son, pero a mí me gustan. Me los imagino llenos de una sensualidad

estúpida y aburrida.

JUAN.- Una pregunta: ¿Cómo es el orgasmo de un ángel?

CARLOS.- Deben tener dos al mismo tiempo.

JUAN.- ¿Cómo?

CARLOS.- No sé, qué sé yo, no soy un ángel.

JUAN.- Listo.

CARLOS.- Tú eres gilipollas. ¿Dónde están las alitas?

Yo qué sé.

Ni soy, ni sé de ángeles;

y además, vete al carajo con tus orgasmos y tus ángeles.

NEKANE.- Entonces:

PASÓ UN ÁNGEL, CONSTRUCTOR DEL SILENCIO.

Y luego otro:

ÁNGEL DE TINIEBLAS. CONSTRUCTOR DE LA OSCURIDAD.

MARISA.- ¿Los ángeles son húmedos?

¿Se pueden tocar?

CARLOS.- ¿Cómo es la voz de los ángeles?

NEKANE.- ¿Cómo es su pecho? ¿Dónde están los músculos que mueven sus

alas?

MARISA.- ¿Duermen?, ¿comen?, ¿roncan?

GONZALO.- ¿Y cagar?, ¿cagan?

Cuando vuelan mucho, ¿se cansan?

CARLOS.- ¿Cómo es un ángel enamorado?

¿Cómo es un ángel cabreado?

¿Cómo es un ángel borracho?

JUAN.- Hacer el amor volando.

NEKANE.- ¿Conoces a algún ángel?

MARISA.- ¿Un ángel feo es un demonio?

CARLOS.- ¿Cuántos hay? ¿Cuánto miden?

¿Qué hacen cuando se aburren? ¿O nunca se aburren?

GONZALO.- ¿Los ángeles tienen luz propia?

¿Lloran?, ¿mean?, ¿envejecen?

NEKANE.- ¿Ángeles caídos?

¿Conoces a algún ángel caído?

JUAN.- Querubines canosos y arrugados.

Ángeles cansados.

Putrefactos.

Rubens pinta a los bellos expulsando a los traidores. Ángeles caídos.

Ángeles rebeldes.

Cuadro bonito, ágil, majestuoso y a la vez tenebroso.

Ángeles y querubines llenos de mierda, ahogándose en mierda,

comiendo mierda.

El monumento al ángel caído está en Madrid.

También bonito. Sí. Muy bonito. Ángel rebelde. Retorcido. Lleno de mierda

y además caído.

El más bello de todos.

También magnífico.

Todo lo de los ángeles esta relacionado con la belleza, el más bello se

convierte en el más feo por cabrearse con su creador.

«¡Yo no seré un ángel objeto!» Dijo.

«¡Bienvenida la fealdad!» Dijo.

«¡Magnífico! ¡Quiero vicio!» Volvió a decir.

Cansado de tanta bondad tonta, decidió volar y deslizarse sin ser

gilipollas, eso quiso el bello de los bellos, y ahora, ahí, en El Retiro:

Monumento al ángel caído. Ni Ezequiel, ni Gabriel, ni Miguel, sólo él, el

caído, tiene estatua, magnífico.

Estatuas a los parias. Imposible. Sólo los ángeles parias tienen estatua.

Es que hasta en eso son magníficos y privilegiados, vuelan, tienen dos

orgasmos y si se caen les hacen una estatua.

Todo lo relacionado con los ángeles es magnífico.

Yo tengo una colección de ángeles.

No sé por qué, pero me gustan. Todos.

Cursis como una canción de Françoise Hardy.

Rabiosos y mortales como otra canción de Jim Morrison.

Juveniles como Marisol.

Inmensos como las mujeres de Fellini.

Intensos como los ojos de esos viejos que miran con la ansiedad de

poseer sus últimas visiones y la tranquilidad de haberlo visto todo.

Los ángeles que pintó Goya en San Antonio de la Florida. Mujeres

hermosas, groseramente exuberantes y sensuales, recostadas por las

paredes, cansadas, sutilmente felices. Ropas trasparentes y grandes y

cálidas alas.

Magnifico este Goya, y Rubens, y Vermeer, y eso que no son ángeles.

Pero quizá los mejores son esos, los de Vermeer, discretos y hermosos,

sin alas, pero con ojos de ángel.

LA MUCHACHA CON EL PENDIENTE DE PERLA Y LA MUCHACHA CON

SOMBRERO ROJO Y LA MUCHACHA RETRATADA EN EL ARTE DE LA PINTURA

A cuál más bella.

No puedo escoger, imposible; no quiero. Quiero conservar en mi cabeza a

las tres.

Ángeles.

Las deseo a las tres.

Son ángeles.

Inalcanzables.

Deseo a los ángeles.

Deseo follar con ángeles.

CARLOS.- Cojones de ángeles.

Obseso por los ángeles.

Enfermo por los ángeles

Obseso por los ojos sin ángel de los viejos.

Enamorado de mujeres sin ángel.

Obseso por la gente sin ángel.

NEKANE.- Detesto a la gente con ángel.

MARISA.- Una cita: «A otros el universo les parece honesto. Les parece

honesto a la gente honesta, porque tienen los ojos castrados. Esta es la

razón por la que temen la obscenidad. No experimentan angustia alguna si

escuchan el grito del gallo o si descubren el cielo estrellado. En general

disfrutan de los «placeres de la carne» a condición de que sean insípidos».

Georges Bataille.

UN AVIÓN SE VA Y UN HOMBRE QUEDA A CUATRO PATAS

Lleno de polvo. Las lágrimas formaban una masa con la mierda de mi rostro.

Tú te ibas; a tus diez años te esperaban casi 2.000 kilómetros por recorrer.

Dos mil kilómetros que nos empezaban a separar.

Yo me quedaba y la masa del polvo y lágrimas fraguaban en mi rostro,

rostro de piedra, rostro de mierda, para así ocultar la descomposición que

brotaba desde mis entrañas hacia el exterior y con la que a partir de aquel

día tendría que aprender a vivir.

***

Se fue. Tengo que hablaros de sus miradas atrás conteniendo sus lágrimas,

ya de adulto, y de las mías que por respeto a las suyas se contenían

también; y de la ternura que se creó entre nosotros en el último abrazo; y

del volar de su avión y de mi mente tras él.

***

Esos silencios que a veces pierden mi mirada; primero, buscan la de mi hijo;

luego, intentan limpiarla de todo lo superfluo que siempre rodea a las imágenes;

y ahí, en ese instante se detiene el tiempo; y yo me deleito en

recuperar su tacto y su olor.

***

La ausencia de mi hijo mayor me hace valorar más cada instante en

compañía del pequeño. No es suplantar. Es gozar de la presencia de uno y

entristecer por la ausencia del otro.

***

Paul Dukas. El aprendiz de brujo a las diez y cuarto de la mañana en la

radio. Se aparece tu rostro ante mí; tú debías de tener tres o cuatro años,

desayunábamos juntos en casa de mis padres y habíamos pinchado en el

tocadiscos El aprendiz; tu mirada perdida traspasaba los muros y caminaba

por paisajes fantásticos; yo te contaba el argumento de El Aprendiz

haciéndolo coincidir con los diferentes pasajes de la música. Yo también

visualizaba la historia que te contaba, pero a través de tus retinas; no podía

apartar mis ojos de los tuyos.

Ahora vuelvo a sentir el deseo de aquel día, hoy imposible, por que finalizara

la música y con ella el cuento, y así romper el hechizo del momento y

poder fundirme a ti en un abrazo.

***

Seis y pico, por la tarde, inmerso en la lectura, otra vez una melodía que

suena en la radio me acerca a ti. Primero de golpe me produce vértigo, y al

instante, sin saber cómo, ya lejos de la lectura, me transporta cuatro años

atrás: la Gran Vía madrileña, calor y las imágenes aparecen en blanco y negro;

y con ellas tengo la perfecta sensación que me producía tu ingenuidad,

hoy ya trasformada; tu tono de voz, también trasformado; y tu mirada, entonces

todavía limpia, sin el incipiente reflejo turbio que en ocasiones aparece

ahora, sin duda, por el peso de estos cuatro años. En aquellos días, los

dos juntos, tú descubrías otro Madrid, yo lo redescubría; la casa de las

estrellas y los desayunos al calor del sol que se filtraba en el salón de la

cafetería del Circulo de Bella Artes; los paseos buscando palabras para

componer poemas al azar. ¡Qué torpeza la tuya al andar por las estrechas

aceras entre coches mal aparcados y jeringuillas usadas!

Hace casi cuatro años y hoy he vuelto a sentir tu palpitar de aquellos días.

¡Qué tristeza y qué añoranza! Seguro, a los dos juntos nos esperan muchos

momentos bellos, pero eso no impide que ahora añore y piense en los que

nos perderemos a causa de la distancia.

***

Mil aviones; se van

y me joden las entrañas.

Los aviones nunca me han gustado, no me dan miedo, pero me dan asco.

Siempre piensas: un viaje. ¡Bien! Podré leer. Mierda, imposible, te atiborran

de bazofia que dicen comestible, nunca sabes qué hacer con el periódico o

con algún vaso o con las piernas o con cualquiera de los sobrecitos llenos de

inutilidades: cuchillos que no cortan, servilletas pequeñas, polvos de pimienta

que se mezclan con el azúcar, y por si fuera poco: las malditas sonrisas,

en los aviones todo el mundo sonríe y yo quiero aprovechar el tiempo,

quiero leer, no tengo ganas de sonrisas.

Pero lo que más me jode es ver cómo se van y mucho más si tú vas

dentro.

Suena el teléfono: tu dulce voz de niño hombre.

Ya has llegado.

Y ahora que la distancia está ya establecida, a cuatro patas y con la

cabeza enterrada en la nieve, sí que me joden las entrañas.

***

Aquella noche que llegaste, ya de madrugada, cuando se despertó tu

hermano y los dos os mirabais, balbuceabais y sonreíais, como si no

existiera nada ni nadie más; mis lágrimas saltaron escupidas con alegría y

rabia. Alegría por veros juntos y rabia por lo injusto de vuestra separación.

***

Otra vez te he vuelto a ver pasar, de espaldas, bajo el detector de metales

del aeropuerto, esta vez sin lágrimas en los ojos y con el recuerdo

demasiado próximo de tu mirada iluminada al verme una semana antes en

el mismo aeropuerto ¿Cuántas veces se repetirá esta situación en nuestras

vidas? ¿La rutina conseguirá quitar el exceso con que vivo estos encuentros

y despedidas? ¿Podremos mantener con normalidad nuestra amistad con

tanta interrupción?

Nunca hubiera podido imaginar amor más puro.

Querido hijo, estás en todos mis sueños y por mucho que racionalice:

al final:

siempre:

tu ausencia me persigue.

***

Hoy he llorado dos veces: ante el desolado paisaje del combate a garrotazos

de Goya, y después, al llegar a casa, ante tu retrato que tengo cerca de la

cama, sobre la mesilla de noche.

DIÁLOGO IV

NEKANE.- El coño jugoso, su olor me llena.

GONZALO.- La tierra seca. Yo seco.

NEKANE.- El sol con toda su furia.

GONZALO.- La piel quemada por el sol.

NEKANE.- Sudo.

GONZALO.- Intento salivar.

NEKANE.- La higuera: a su sombra y el dulzor penetrante de los higos

maduros.

GONZALO.- Salivo.

NEKANE.- Sudo más.

GONZALO.- Riego el suelo con mis aguas, lo refresco y me detengo a mirar

el vapor que surge en el momento del contacto. Lo absorbo y me lleno de

sus aromas.

NEKANE.- Más sudor

GONZALO.- Trago saliva.

NEKANE.- Chicharras: su música me invade el cuerpo. Guitarras rotas. Música

seca para mi danza húmeda.

GONZALO.- Desnudo me tumbo y siento en mi piel quemada el frescor de

las aguas y el calor del suelo; los cambios de temperatura me mecen.

NEKANE.- Agarro mi coño.

Toco la tierra y la amaso con mi sudor.

Amalgama del barro con mi cuerpo.

GONZALO.- Amodorrado me abandono; mi polla se pone inmensa y mi

cuerpo exhala por todos sus poros.

NEKANE.- Yo: toda rota y toda mojada.

GONZALO.- Mil olores se fusionan.

NEKANE.- Vapores de tierra que se funden con los míos.

GONZALO.- La tierra me quema; penetra, atravesando la piel, en mi

interior; y mi polla revienta.

NEKANE.- Dame más aguardiente y déjame refrescar mi coño con su ardor,

que yo te lo haré con mis aguas.

GONZALO.- Déjame beber de tu aguardiente, y así, perdido, ahogarme en

tus aguas.

NEKANE.- Un hombre dentro de una mujer se siente solo.

No la ignora.

No es por desprecio hacia ella; tampoco, necesariamente, por falta de

amor.

Vive un instante único de irrepetible desnudez.

Tiene miedo ante la inmensidad del vacío que se abre ante él.

Vértigo.

Babea como cualquier animal.

Ternura.

El cuerpo se le desgarra intentando comprender lo incomprensible.

Dioses y establos.

Y al final se abraza con fuerza a la mujer, intentando, así con ella,

apegarse a la tierra y no romperse.

DIÁLOGO V

GONZALO.- Un hombre saca una pistola y amenaza a otro por quitarle el

aparcamiento. Otro hace lo mismo porque le han tocado la bocina. Pronto se

pueden liar a tiros, me tiemblan las rodillas, no creo que pueda aguantar el

peso de mi cuerpo.

El del coche de al lado se esta afeitando, la rubia se mira en el espejo y se

pone y quita las gafas de sol continuamente, la del Mercedes se maquilla,

todos escuchamos en nuestra soledad de atasco absurdas tertulias de imbéciles

con derecho a opinión, que se desahogan después de haber salido de

su atasco, aunque realmente parecen seguir atascados: atascados mentales.

Me maravilla la maldad humana.

Me gustan tantas mujeres, las veo pasar y caigo en la cuenta, todas

tienen su hermosura. Sensuales inconscientes. Me enamoré de la mujer de

Cuatro Caminos, robusta y con sus tetas caídas y mamadas. Gruesa y con

bata. Sueño con la mujer de Cuatro Caminos, sus pechos y la cantidad de

amor que pueden destilar.

Debería describirla, pero no sé, no la conozco, es imposible. Amor en ese

instante. Lo único que quiero es amar. Mujer de Cuatro Caminos; vamos a

volar.

Vuelo o volaría.

El Ángel repite en su canción: y a volar, y a volar.

Y sigue: a volar y a volar.

Pero yo no.

No sé volar.

Rómpete.

Decido apagar la radio.

La función de títeres de los niños: todos volaron, y la cabeza del lobo voló,

rodó y se cayó. Parecía real, era real, pero para la ficción fue un desastre, no

era el momento de la muerte del lobo; sí debía morir, pero no degollado.

Qué bonita la cabeza del lobo rodando, y Caperucita, la abuela, la maestra y

los niños de detrás del telón compungidos, los de fuera también, catarsis.

Enseguida todos se ríen, se rompe el hechizo, recomponen la cabeza del

lobo, todo vuelve a la normalidad y la función continúa para asistir en la

escena siguiente a la verdadera muerte del lobo, esta vez en su sitio, a

estacazos del cazador con festejo teatral.

¡Olé! ¡Olé! ¡Olé!

Mujer de Cuatro Caminos, amor de Cuatro Caminos, amor al pasar con el

coche por Cuatro Caminos, amor de atasco en Cuatro Caminos. Amor.

Cuántas cosas se piensan en un atasco. Vivo más en los atascos que en el

resto del tiempo. Será que soy gilipollas, me justifico pero añoro y espero

esos momentos que no me obligan a nada y me permiten enamorarme, enamorarme

al pasar por Cuatro Caminos. Volar al pasar por Cuatro Caminos

CARLOS.- Sexo, sexo y más sexo.

Cómo me gusta y cómo os gusta, sí, a vosotros, cabrones, os gusta el

sexo.

Follar a todo el mundo le gusta, claro, cómo no.

Follar, nos ha jodido.

Follar a todas horas, en cualquier momento, en cualquier sitio. Follar y

follar. No pienso en otra cosa, así, así de claro: sólo pienso en follar, eso hay

que reconocerlo nací con un coño entre las cejas, con un coño entre las cejas,

me habéis oído, con un coño entre las cejas, ¡ale!, ya lo he dicho, no lo

puedo evitar, y claro, si no lo digo y me lo trago y eso, es peor.

Pero son sólo palabras, palabras sobre el sexo, palabras sexuales,

palabras llenas de sexo. No importa, no os preocupéis, al menos nos queda

la palabra. Y es que la vida con sexo, aunque jodida, es otra cosa; ¿no es

cierto? Levantarse por la mañana temprano para ir a currar es una putada,

pero si te levantas después de haber follado, bien follado, eso es otra cosa

¿Que te flojean las piernas y que has dormido poco y tienes sueño? No

importa, no importa, de verdad no importa, la alegría que sale del cuerpo no

hay quien la pare. Uno bien follado, pero bien follado de verdad, sin

gilipolleces, es otro. Pero para eso hay que follar, si no nada.

Follar sin estupideces, enredarse y perderse, sin miedo y sin prisas.

Lo que pasa es que hay mucho mal follado suelto por la vida y no pienso

soltaros una lista de esas interminables de mal follados. Estoy hasta el culo

de los mal follados, y precisamente por eso, porque hay demasiados, me la

voy a callar.

Pero en fin, lo importante de todo esto es follar, ¿sabes?, bien, por supuesto

bien, pero follar. La verdad es que yo no soy quién para decir cómo

se debe follar. Cada cuál que se las apañe.

A mí me gusta perderme.

Cuando no sé dónde estoy: ¡bien!

Cuando llego a perder la orientación: ¡bien!

Cuando tengo la boca llena de pelos: ¡bien!

Cuando la cabeza deja de dictar el siguiente paso: ¡bien!

Cuando dejo de decir bien y no pienso, en ese momento, los dos, sin más.

Venga un bailecito y a follar.

Chaca-chaca-chacachá

Chaca-chaca-chacachá

Bailecito y a follar.

GONZALO.- El sol golpea con furia al olivo. Un ángel burlón golpea con furia

a un hombre en pena semienterrado. Lo destroza; orgasmo violento. Y aquí,

mientras lloro, intento respirar a la sombra del olivo.

Lejos del llanto.

Escucho a Bach.

Destrozo el periódico.

Y busco la mirada perdida.

Busco la mirada perdida.

Busco la mirada perdida.

MARISA.- Bendito sea el ángel ¿Tu crees que son posibles estos sueños o

delirios de victimismo que únicamente conducen al silencio y la sumisión?

¿Qué ángel burlón va a perder el tiempo con algún fracasado como tú?

El olivo es más fuerte, sus formas retorcidas y angulosas son el testimonio

de la adversidad de su vida.

No hay comparación ni metáfora posible.

Imbécil.

Tu eres débil, nunca te parecerás al olivo y terminarás, como siempre,

llorando a su sombra.

Todo estaba lleno de humo; cantidades de humo, cantidades de

mezquinos.

Las mesas a diferentes alturas, parecía que volaban, o que estaban

suspendidas entre la espesura del humo y la espesura mental de los

mezquinos.

Estos mezquinos podrían ser artistas; su jodida costumbre de despellejar

al vecino.

Todos estaban dentro apelotonados, hablan y hablan sin parar,

destrozando a todo ser viviente.

Todos se habían vestido para el acontecimiento con el traje de la única y

gran verdad, estaban todos y todas guapísimos y guapísimas.

Todos gritaban por todas partes sus consignas, proclamas y eslóganes:

-¡Somos todos amigos y nos destrozamos los unos a los otros! ¡Somos

una gran hermandad, nos queremos y nos machacamos!

No entiendo, gilipollas, no hay quien entienda ni moco, pero no importa,

no me importa, de verdad no me importa, qué le vamos hacer, un traguito

de ron, la mano al coño y yo sigo rajando, rajo y rajo, y os cuento esta

mierda de guapos y guapas.

Alguien descuidado y mamado empujó a otro todavía más descuidado y

seguramente más mamado: hay un rodar y amontonarse de cuerpos y

muebles, estruendo.

–Hijo de puta, te piso el coño, masa de carne amontonada, sexo para

oportunista, un pie sale por el culo, me pisa los cojones, las bocas muy

abiertas, risas de cojones y mucho ruido, muchísimo ruido.

Todo finalizó en una especie de gran melé festiva. Después, todo quedó

quieto y en silencio, increíble, aquel montón de gente mamada y en silencio.

Una mujer sumamente bella, antes del golpe, se levantó y con su sonrisa

rota dijo: «No ha sido nada».

¿No ha sido nada, mamona? Claro que no es nada, nunca pasa nada, y si

pasa: una sonrisa y a seguir. Nunca se sabe, nunca se entiende pero

siempre la puta sonrisa, en todas partes gente que me sonríe, estoy hasta el

coño de las jodidas sonrisas y los jodidos sonrientes, por favor, una lágrima,

gente llorando. A esta mamona la han jodido bien jodida y dice que no es

nada, y la tía va y sigue sonriendo. ¡Que la den por culo!

Le goteaban pequeñas hileras de sangre entre los dientes y tenía la boca

aplastada, la mandíbula rota.

Dijo: «Me voy a la casa de socorro, estoy llena de cristales».

Brillando, el fino estilete de cristal le penetraba en la garganta; no sangraba

pero me di cuenta de que hablaba con dificultad; le atravesaba las

cuerdas vocales y no había quien le quitase la sonrisa, la maldita sonrisa. No

era el único estilete que tenía clavado, montones de pequeños cristales le

atravesaban el cuerpo: pezones perforados, ojos perforados y su voz cada

vez más rasgada, su cuerpo más rasgado y lo que eran pequeñas hileras de

sangre, comenzaron a ser chorros fluyendo en todas las direcciones de todas

sus perforaciones.

Un gran charco a su alrededor. Los asistentes, que ya habían vuelto a su

rutina de proclamar sus verdades, se dieron cuenta y, decididos, entre los

besos y sonrisas de rigor, le apretaban en su cuerpo los estiletes; abrazos

que perforan. Ella continuó sonriendo con su sonrisa rota e inmutable.

Imparable, gilipollas, todos los guapos y todas las guapas buscaron más

estiletes para seguir taladrando el cuerpo de la mujer sumamente bella

antes del golpe.

Imbéciles, cómo disfrutan. ¿Verdad? Sin aparente maldad. Jodiéndose,

pero sin maldad, como quien no quiere la cosa, como en un anuncio de

yogur y además sonriendo. Eso sí que me jode, siempre la puta sonrisa; te

pego una patada en los cojones y tú te sonríes, yo me sonrío y todos

sonreímos. De puta madre. Jodidos pero con apariencia de felicidad.

A todo esto, tanto hablar y hasta pierdo el hilo, el hilo de la sangre,

porque otra cosa…. ¡qué violento y cuánta sangre! Sangraza, morcillas, ale,

la sangre inundaba todo y la sonrisa sin fin, también, todo inundado de

sangre y sonrisas, como en la película Sonrisas y sangres. ¡Una fuente de

sangre con circuito cerrado! ¡Una sonrisa rallada como un disco de vinilo! Allí

estaba, ella, la mezquina y guapa antes del golpe, como una reconciliación

de San Sebastián y el nacimiento de la primavera.

GONZALO.- Me dan asco estos cuentos, llenos de mezquinos, violencia fácil

y falsa, pero me joden, me joden mucho, ¿sabes?, me joden, eso, me joden,

me joden por lo que tienen de vivido y no soñado.

Me dan asco los jodidos mezquinos.

Me dan asco las reuniones de los jodidos mezquinos.

Me dan asco las grandes verdades de los jodidos mezquinos, voceadas

una y otra vez hasta la saciedad.

Me doy asco cuando asisto a los acontecimientos llenos de jodidos

mezquinos.

Me doy asco cuando me comporto como un jodido mezquino.

JUAN.- Me asomo a la ventana. Un hombre vive la austeridad más absoluta

en lo alto de una columna. A los pies de la columna botellas rotas y vacías,

entre ellas otro hombre vive recostado y deja pasar el tiempo. El primero

buscó su sitio, el segundo se dejó caer, pero es lo mismo, los dos están ahí,

cada uno en su extremo pero unidos por la columna. Los dos carecen de

sentido para la mayoría de los transeúntes. Son dos fracasados. No se miran

ni se hablan, lo único que los relaciona es la columna que les soporta. Los

dos se saben imperfectos; el de arriba busca la perfección; el de abajo no,

intenta ignorarla, la detesta. Cierro la ventana y me tumbo en la cama.

CARLOS.- Añorante. Abril del 74 y sus claveles pasaron hace más de 20

años.

GONZALO.- Y el Mayo del 68 casi treinta.

JUAN.- Pasaron. Y ahora, hay que joderse, lo único que deseo es pasar un

buen rato.

CARLOS.- Todos estos años para averiguar una tontería como esa. No está

mal. Vivir en un cementerio y que te traigan la sopa caliente cada noche.

GONZALO.- Estupendo.

CARLOS.- Mañana más, añorante gilpollas.

ELEGÍA

Un ángel tocaba el piano, parecía romperse a sí mismo.

Fuera silencio y calma.

Dentro la dulzura salía de él mientras sus notas parecían romperlo todo,

violentas y enérgicas.

Todavía siento el vértigo que me produjo el compartir con él aquellos

minutos.

Deseaba salir, pero no podía moverme, clavado en la silla lo miraba, su

cabeza oculta entre sus hombros, su espalda delante de mis ojos, todavía

vigorosa, rebelde en su esfuerzo, sus alas mecían su cuerpo, su grito.

Siento miedo, mi querido amigo enfermo.

Silencio, no me digas nada, yo tampoco lo haré. Déjame ese instante,

necesario, para recoger y almacenar, sin comprender, estos minutos.

***

27 de Agosto.

Hace casi un año de aquellos minutos que guardo y guardaré como un

tesoro.

Hace casi medio año de tu muerte.

Dudo de la fecha exacta y busco en la agenda:

6 de Abril: Iberia 10,30 / Clave: CHXIYN / Terminal nacional / Hospital

San Pablo / Pabellón San Rafael / cama 6.

7 de Abril: En blanco.

Y allí y aquel día, en blanco en la agenda, comenzó mi silencio (como

compañero imposible del tuyo) que hoy rompo para hacer público lo privado.

***

Sumido en la lucha interna por olvidar lo que produce el dolor, enfrentado a

querer atesorar los recuerdos, decidí no escribir, aunque dentro de mí existía

el deseo y la necesidad de entender y zambullirme en la tristeza que genera

la muerte del amigo querido. ¿Miedo a la emotividad fácil y convulsa de los

primeros momentos, miedo a ornamentar lo que en sí mismo es carente de

cualquier ornamento, o simplemente miedo a no ser capaz de encontrar las

palabras justas en momentos excesivos? Ahora, con el paso del tiempo, se

mezcla el recuerdo de aquellos días y la experiencia de la ausencia. Lo que

entonces fue dolor es hoy una impresión, un hachazo que mutila, un

instante explosivo y la antesala del verdadero dolor producido por la

ausencia del amigo querido.

***

Tengo un malestar, amigo querido, provocado por el egoísmo de hundirme

en el dolor propio que provoca tú ausencia, cuando tú no puedes compartir

el resto de instantes bellos que el día a día me ofrece, y en el pasado

habíamos compartido en tantas ocasiones.

***

14 de marzo de 1996. Una de las últimas conversaciones: «Comunicación de

hospital a hospital», dije, y continué: «Acaba de nacer Juan Sebastián». Después,

una felicitación por su parte y un silencio de los dos. En el otro hospital,

él comenzaba su fin, mientras yo asistía al nacimiento de mi hijo.

***

Unos días después, al entrar en aquella pequeña habitación vi su rostro,

entonces irreconocible para mí, que en tantas ocasiones lo había escrutado

en silencio, intentando descubrir ese signo suyo, personal y característico,

que yo leía en su mirada y tanto me reconfortaba en los momentos difíciles.

¿Deformado por el miedo al fin y el esfuerzo de agarrarse a la vida desesperadamente

o por lo contrario por el deseo de poner fin a ese estado que él

ya debía de intuir irreversible?

***

El final de tu dolor abre las puertas del mío.

***

Aturdido y en silencio me quedé sentado a su lado con su mano cogida, y

sentí la presión que ejercía, de forma irregular, sobre la mía, y por

momentos vi cómo sus ojos se esforzaban por acercarse y abrirse, y escuché

la violencia de su respiración que se excitaba más por instantes,

coincidiendo todo en una especie de grito-gesto que desbordaba y superaba

su posibilidad de energía. Esto no sucedía como progresión, si no en un fluir

ondulado del que no sabría precisar su duración.

¿Consciencia, intento de comunicarse?

Ya no existía lenguaje verbal y no quise traducir a palabras aquellos

gestos y hoy sigo sin querer traducirlos. Creo haberlos entendido en su

fuerza, intensidad y sinceridad, como entendí tantos gestos-gritos suyos en

vida. Y lo único que puedo decir hoy, es que esos gestos-gritos, me siguen

dando fuerza como antes lo habían hecho.

***

Hoy he recibido tus dibujos, lo primero que pienso: buscar tu huella, para

conservar un gesto tuyo convertido en materia.

***

7 de abril, me despierto sobresaltado. Silencio, ya no oigo la respiración

difícil y violenta. Solamente el sonido de las manos de ella deslizándose con

suavidad por su cuerpo y el silbido continuo del oxigeno ya inservible.

Una tenue luz de amanecer iluminaba con calidez aquel instante.

De ella brotaron por cada poro dolor y amor; él inmóvil.

***

¿Cómo puede generar tanta belleza la muerte?

***

Dos cuerpos, él inerte, ella abarcándole por completo, quietud. Ella casi no le

toca, sus manos se deslizan con suavidad. En la calma parecen una sola

figura, el aire que los rodea formaba parte de ellos. Nunca el desgarro del

momento y el amor de tantos años han podido coexistir en un todo

perfectamente entrelazado y limpio.

***

Yo inútil, con un miedo hasta entonces para mí desconocido, atolondrado e

intentando aparentar dominio y eficacia, cierro el grifo del oxigeno. En el

silencio más intenso que puedo recordar, como un puñetazo en el hígado,

aquella pequeña habitación retomaba su paz, mientras el desgarro y el

incipiente dolor se iban apoderando de mí.

***

Había pasado menos de un día desde mi llegada y tenía la impresión de

haber sido vapuleado violentamente, sin consciencia del tiempo pasado. La

violencia silenciosa, sin historia, sin un fin y sin un destinatario. Violencia de

las últimas horas de él.

***

«Él descansa en pau». Nunca había entendido esa frase, me parecía sin sentido,

la temida frase hecha, me repetía cada vez que la oía. Sin embargo al

escucharla en la voz de ella, mientras yo miraba el rostro de él (ahora, por

fin, relajado y reconocible), se me aparecía como la perfección del lenguaje,

como la palabra deseada y materializada al mismo tiempo.

***

Ella y yo sin él. La brisa húmeda de la mañana nos acompaña en un andar

sin rumbo por las calles de Barcelona. Juntos, muy juntos. Agarrar el

instante, hablar de él, y de nosotros con él, y de él en nuestra historia.

Intensidad, intimidad y dolor, todo al límite, mientras, despacio, vamos

conociendo el vacío que él nos deja.

***

Después en el avión de regreso a Madrid, entre lágrimas, sentí solamente el

vacío total.

***

10 de abril. El teatro lleno. La ebullición del estreno se mezcló con lágrimas

y tu mirada sonriente me acompañó toda la noche.

***

«Este es el fin, mi único amigo, este es el fin.»

Hago mías las palabras de Jim Morrison, que oigo del tocadiscos y que oí

tantas noches en el teatro, al terminar la representación, con una «copa de

cava bien fresquito» en mis manos, el mes que siguió a tu muerte.

Mi único amigo, qué lejos estuve de ti tu último mes. Razones todas, pero

cuánto echo de menos, ahora, no haber compartido contigo aquel último

marzo.

***

Un hombre y un perro; los dos son de edad avanzada y tienen artritis; caminan

por un espigón junto al Mediterráneo y las olas saltan sobre ellos. Esta

imagen tuya, que un día me ofreciste, está unida en mi memoria a una nota

escrita por ti en tus últimos días: «echar mis cenizas al Mediterráneo». Las

dos formaban parte de aquello que tú no solías revelar, de tu intimidad tan

bien guardada e incluso negada en público.

¿Cuántas veces el Mediterráneo apareció en tu obra o estuvo en sus

raíces?

Tú eras y eres parte de él, mi querido amigo, y cuando me baño en sus

aguas siento cómo, una vez más, me abrazas.

***

Copenhague, tú ya no estabas, yo montaba tu última obra, tus Relojes de

agua. Bajo tierra en aquel búnquer, estaba cerca de ti; el olor del trigo; el

sonido, una vez más, del agua; y el tiempo sin medida de tus relojes en su

movimiento continuo hacia el infinito. Cerré la puerta y me quedé un

instante escuchando en la oscuridad el lejano sonido del agua. Después salí,

deje atrás tu obra, encerrada, bajo tierra, y caminé por la ciudad hasta la

extenuación y me desgarré y sentí la contradicción que supone la alegría de

compartir tu intimidad, a través de tu obra, y el dolor, nuevamente, de tu

ausencia.

DIÁLOGO VI

NEKANE.- ¡Traedme cirujanos! Tengo herido el cerebro.

¿Nadie conmigo?

Yo quiero viajar.

Quiero viajar para salir de aquí.

Quiero salir, no me importa hacia dónde, salir e ir a otro lugar.

Cualquiera, me da lo mismo.

Salir. Viajar y moverme. Encontrar otro sitio. Olvidar.

Cualquier sitio puede ser mejor que de donde quiero salir. Quizá no sea

mejor, quizá tenga que seguir buscando, quizá no encuentre nada, quizá no

sea posible encontrar nada mejor. Mierda, al menos una esperanza; cojones,

al menos una posibilidad de esperanza.

Cerebro seco.

Viajaría en avión, en barco, en tren o en bicicleta, me da lo mismo, os lo

repito, sólo quiero salir y encontrar algo mejor.

Nadie conmigo.

Aquí enferma.

Aquí cerebro enfermo.

Aquí no veo, aquí no veo nada, nada de nada, ninguna posibilidad, sólo

salir.

Aquí enferma.

Aquí puedo contar piedras en el rastrojo, aquí puedo salir a la calle y

contar mujeres y hombres hermosos, aquí puedo soñar con las piedras y las

mujeres y los hombres hermosos, aquí puedo soñar en joder con todas las

mujeres y los hombres, también con las piedras, por qué no, con las piedras

también, joder con piedras. Aquí puedo soñar lo que me salga de los

ovarios, y esperar ver caer cuatro gotas de lluvia, aquí puedo también…

Suena el teléfono. Olvídate de este lío del viaje y de los sueños.

Lo descuelgo.

¿Si, dígame?

1 de febrero. Natividad, Nati, 89 años, 40 años juntos, tiene cáncer.

¿Dónde irás?

El otro día estabas bella, 89 años, ojos llenos de vida, qué contradicción,

deshaciéndote por dentro y los ojos buscando vida se salían de sus órbitas;

buscando, vidriosos, algo bello que capturar, guardar, conservar.

Ochenta y nueve años, dirán compungidos, ya era su hora; mierda, quién

puede saber cuándo es la hora de nadie. Te llevas todo : secretos y sueños

¿Tú soñaste con salir? No lo sé, pero sí sé que no lo hiciste.

Nadie contigo.

Nadie conmigo.

Mi cabeza sigue dando vueltas. ¿Por qué no paras?

Lear… qué claro lo viste tú sin tu corona.

Shakespeare, más palabras tuyas, quiero más palabras.

Shakespeare endúlzame el cerebro.

Cojo de la biblioteca su poesía completa; abro el libro; «Venus y Adonis».

Placer:

«Obligado a ceder, mas nunca a obedecer,

palpitante yace y sobre el rostro de ella exhala su aliento;

ella se nutre en ese vapor como en una presa

y lo llama celestial humedad, aire de gracia;

deseando que sus mejillas jardines llenos de flor fueran

para así ser rociadas por tan finas lloviznas».

Eso quiero yo y no toda esta mierda.

Quiero ese paraíso.

Mirad, mirad a vuestro alrededor y decidme…. Sí, vosotros, vosotros

decidme.

Mejor callaos y dadme cerveza.

Nadie conmigo. Manos frías y las palabras de Shakespeare siguen

rondando en mi cabeza. Tengo ganas de una gran cerveza y que suene el

timbre de la puerta, aunque no espero a nadie, pero me gustaría una visita,

así, de sorpresa, una visita que se dejara amar y recitar a Shakespeare.

Una visita mientras espero.

Espero salir.

Salir.

Nadie conmigo.

Endúlzate, cerebro.

Segura estoy de que mi amor sobrepasa mi lengua, pero infeliz de no

poder elevar mi corazón hasta mis labios.

Reina incapaz, reina fantoche; mierda de reina

No hay quien joda, miras alrededor y sólo ves mierda.

A mí lo que más me gusta es que me lo coman.

¿No te jode?

Una mierda.

Cómprate una bolsa y vámonos. ¿Qué coño vamos hacer? Una bolsa llena

de mierda. Una mierda, con la bolsa de plástico y joder, eso, a joder. Me da

lo mismo a quién, el caso es joder, a todas horas, en cualquier momento,

joder con bolsa o sin ella. Te joden por todas partes, te violan por todas

partes. Hay jodiendas y violaciones que no son sexuales, después, fácil,

fingir o suicidarse y a seguir jodiendo, que es lo suyo.

A mí me joden, a ti te joden, a ellos les joden, el caso es joder. A mí me

da por culo.

¿A mí me joden?

¿A ti te joden?

¿A ellos les joden?

Pues a tomar por culo.

El trabajo: a tomar por culo.

Los compromisos sociales: a tomar por culo.

Los periódicos: a tomar por culo.

El gobierno: a tomar por culo.

¿Y sus insignes instituciones culturales? También a tomar por culo.

Todo y todos: a tomar por culo.

Los aviones que al irse me joden.

Los dictadores del ocio.

Los burócratas amargados.

Los cínicos.

Los especuladores del sentimiento.

Los que me joden las entrañas.

Las poderosas y únicas verdades.

Los que las dictan.

Los que las vocean.

Los que para triunfar pisotean a los demás.

Los triunfadores natos.

Los que nunca dudan.

La macroeconomía.

Las ideas que pretenden anquilosarnos.

El inmovilismo.

Los inmovilistas.

Los pretendidos ángeles de buen corazón.

Los usureros de la cultura.

Las estadísticas que anulan a las minorías.

Los que las utilizan.

Los que envenenan mi humor.

Todo y todos a tomar por culo.

Todo y todos a tomar por culo.

Todo y todos a tomar por culo.

Quiero pureza.

Al menos intuir algo de pureza.

Me da lo mismo qué tipo de pureza. Sé que se oculta, pero sé que existe.

Está tan mal vista. Deseo la pureza en las conversaciones, en la información,

en el arte, en la política, en las creencias. Estoy hasta los ovarios de las jodidas

mentiras y la jodida ambigüedad.

Mientras, yo me deslizo y me pierdo, en una piel acogedora, en una piel

que se acople con la mía, que me endulce, que me saque de este infierno.

Te quiero, te quiero mucho, muchísimo.

Quiero estrujarte.

Quiero cogerte, rodarte, poseerte.

Quiero amarte.

Quiero tu sexo, manosearte y sorberte.

Quiero sacudirte lentamente y luego lamerte.

Quiero meterte dentro de mí.

La luz gris de un amanecer helado.

Y follarte y olerte.

Te quiero, te quiero mucho.

Te deseo y te quiero.

Te quiero.

Quiero mucho.

Quiero tu cuerpo.

Detesto los perfumes.

Quiero tu olor.

Te quiero muchísimo.

¡Cómo me miran tus ojos!

Te quiero muchísimo.

Dulzor.

Quiero sonrosarte y luego palidecerte.

Ruborizarte y joderte.

Mi amigo me dijo: hoy no follamos, hoy nos follan.

Trabajo porque no tengo con quien joder.

Un hombre me asalta por la calle.

Sexo. No importa.

Luego me despierto y me masturbo.

Estoy jodida, me han jodido por cojones, y ahora me quiero quitar la

jodida vida.

Mirad, salid a la calle y mirad, con ojos o sin ellos, mirad cómo la mosca

dorada folla en vuestra presencia. Contemplad a esa dama burlona cuya

cara, entre sus muslos es presagio de nieve, que hace remilgos de su virtud

y que sacude la cabeza al oír el nombre del placer.

Ni la coneja ni el fogoso caballo joden con apetito más desenfrenado.

No recuerdo haber follado nunca con una mujer de uñas largas y pintadas.

Puedo imaginar sus uñas junto a sus pezones.

¿Rubia y sonrosada?

Ja, ja, ja.

Y con pecas en la jodida almeja. ¿No te jode?

Mirad y miraos en un espejo.

Y vomito.

La reina vomita.

Cabrón porque piensas.

Un hombre-mono, despótico, se sienta en un sillón dorado.

El hombre-mono, despótico, se masturba.

Traedme cirujanos, sigo teniendo herido el cerebro.

Intento llevar a los niños al zoo, me pierdo, no entiendo cómo pero

aparezco en el jodido Parlamento.

Mierda.

Quiero dormir y olvidar.

Vuelvo a vomitar.

Vomito mierda, mi mierda, tu mierda, nuestra mierda.

¿Habéis oído? Sí, vosotros, la reina vuelve a vomitar.

No entiendo.

No entiendo nada

Paseo por la Gran Vía. Son las dos de la madrugada, sigue la actividad: un

hombre acurrucado, tumbado, inmóvil junto a una farola, me acerco, apesta

a alcohol. Desde el interior de un local me avisa el guardia de seguridad,

gorila privado: «¿Esta muerto?», pregunta. «No», contesto. «Lleva una hora

sin moverse», afirma.

Cerdo, sigue mirando y no te acerques, no te manches y continúa especulando.

Cerdo, jódete detrás de tu cristal. Decepcionante este paseo.

¡Traedme cirujanos! Sigo teniendo herido el cerebro y me temo que no

tiene arreglo.

Cerveza.

Dadme cerveza.

Más cerveza para la reina.

Reina seca, cerebro seco.

Razón hay para hacer de sal a un hombre,

y usar sus ojos como regadera de jardín,

y abatir el polvo de este jodido otoño.

Nadie conmigo.

Endúlzate, cerebro.

Mierda, cerveza para la reina.

La reina no puede dejar de beber cerveza y vomitar.

Vómitos de reina, cerveza de reina.

No os confundáis, no tengáis la imagen de una reina con una gran jarra de

cerveza caminando veloz por los pasillos de su castillo, mientras grandes

puertas se abren y cierran a su paso.

Ni soy una jodida reina, ni una jodida bastarda lameculos.

No, solamente estoy aquí, jodidamente quieta.

Sola.

Sólo, sola.

Sólo estoy sola.

Abro los ojos y miro, y veo, joder, y veo, y me jode lo que veo, y me jode

estar aquí, tan jodidamente quieta.

Luego intento soñar, y los sueños se desmoronan. Quiero contarme

historias, pero ya no existen.

Joder, dadme cerveza, de una puta vez llenadme esta jodida barriga de

cerveza.

Sola.

Sólo, sola.

Sólo estoy sola.

Intento pasear y me vapulean las miradas perdidas de mis colegas

transeúntes.

Su melancolía.

Joder. Rostros de alcachofa.

Conversación muda.

El jazmín de la puerta de mi casa.

En silencio.

Dejadme, al menos, recordar a Shakespeare: el rey Lear, sin amor, frío,

con una corona de flores secas sobre su cabeza y viendo la vida sin su trono.

Después, mierda, busco cerveza.

Mierda, eso, cerveza y que les den a todos por el culo de una jodida vez.

DIÁLOGO VII

GONZALO.- Olor de la tierra.

Olor de la tierra empapada de lluvia.

Olor de mi sudor.

Olor de la tierra recién cavada.

Olor de mi sudor de ayer y antes de ayer.

Olor de mi mujer, olor de la última vez que follamos.

Olor de sudor compartido.

Olor de basura descompuesta.

Olor de mis hijos.

Olor de mi mierda.

Olor de todo junto, bien revuelto: mezcla y amalgama.

Promiscuidad de olores sin ningún pudor.

Sucio.

Mi rostro huele a sexo, y mis manos a tierra.

Estoy hecho un asco, eso, feliz y asqueroso. No importa. Mejor. Otras

veces estoy limpio mientras mis entrañas apestan y se descomponen de

amargura.

Lo malo será cuando vaya a la compra y el pescadero diga: «qué mal

huele este jodido tío». No importa, no me importa, no me importa nada que

el pescadero con su jodido olor a sardinas y a hígado de merluza me encuentre

maloliente.

Olor del ajo fresco del desayuno.

Olor del atardecer con vasos vacíos y buenos amigos.

Olor del aguardiente de anoche.

Olor de cama, de sueño profundo, de noche conciliadora.

Olor de sábanas de un mes; cuánta historia, cuánto amor.

Olor del amanecer con el tronar del canto de los pájaros en mis oídos;

mear en el campo y escupir al aire.

También, el asqueroso olor de este jodido café con ginebra. Todo junto es

mi olor actual. Debo de apestar, pero no importa, a mí me gusta, estoy feliz

en mi olor, en mi propio jugo.

MARISA.- La mujer se emborrachó; perdida y borracha, insultó lo más íntimo

sin saberlo. Perdida en su propia masa cerebral que le hervía

inútilmente, y la tía va y se emborracha y vomita su bilis, su verborrea

imprecisa, asquerosa; jodida necesidad de estar presente con opiniones. Hay

que opinar, todo el mundo tiene que opinar, aunque el cerebro lo único que

pueda hacer es cagar, cagar y enredarse en disquisiciones incomprensibles,

absurdas, que no conducen a nada. Se emborrachó y vomitó su bilis

cerebral.

JUAN.- Yo que tú me haría una paja, así podría olvidar y dormir.

GONZALO.- Prefiero que me insulten por mi olor a que lo hagan por mi manera

de ver, hacer o entender.

MARISA.- En la radio sonó una canción que tenía aproximadamente mi edad.

Sólo un instante me pudo apartar de la maldita verborrea que infectaba mi

cabeza. Un instante con Léo Ferré. Luego volvió el infierno de palabras

estúpidas.

GONZALO.- Me gusta mi olor, cuando es la acumulación de tantos olores

queridos, vividos. Me gusta, me gusta mucho.

NEKANE.- A mí me jodería que alguien se excitara conmigo por el recuerdo

del olor de otra persona que usara el mismo perfume que yo. Detesto los

perfumes, me gusta mi olor.

JUAN.- Qué tristeza, emborracharse para ser despiadado.

CARLOS.- A mí me gusta emborracharme para divertirme y bailar, bailar

toda una noche: reventar bailando y bebiendo.

NEKANE.- La gente huele mal, muy mal.

Bajar en un ascensor con una señora recién bañada en algún perfume

apestoso; al borde de la asfixia, siete pisos, menos de cinco minutos y creo

morir. Ella, orgullosa, bien oliente y bien pensante. Yo, humillada y jodida,

maloliente y, por supuesto, mal pensante ¿Qué querrá ocultar tras los litros

de perfume? Me cago en el ascensor, hay que contrarrestar y contraatacar,

batalla en cinco minutos, batalla en el ascensor: o su olor o el mío. Esto es

peor; la mierda no huele del todo mal pero la mezcla con el perfume es insoportable.

Ella, creyendo morir, me mira de reojo, sonríe diplomáticamente y

saca de su bolso la litrona de perfume. Creo que tiene la intención de intoxicarme

definitivamente, intenta anularme olfativamente, destrozar mi pituitaria;

me rindo, freno el ascensor y huyo, no importa, sigue sin importarme.

Estoy derrotada y más humillada, pero mi pituitaria se podrá recuperar; cobarde,

pero mi olfato es recuperable. Ella se queda con el ascensor lleno de

mierda y victoriosa pavonea delante del espejo inundándose y ahogándose

en su maldito perfume. ¡Que la folle un cerdo apestoso! Yo sigo feliz con mi

olor, y seguiré oliendo a mí.

JUAN.- Olores propios y olores prestados.

NEKANE.- Olores de muerte. Olores de mil amores.

JUAN.- Olores compartidos.

GONZALO.- Olores asfixiantes y otros indispensables.

MARISA.- Olores que duran.

Olores de la infancia.

Olores de la memoria.

El olor del pan tostado los domingos por la mañana.

El olor del sudor de los niños jugando en una habitación cerrada.

El olor de la leña al quemarse cuando sentimos los primeros fríos del

invierno.

JUAN.- El olor del sexo de mi amor.

El olor de mi cuerpo al excitarse.

El olor de nuestros orgasmos.

GONZALO.- El olor de una mujer amamantando a su hijo.

NEKANE.- Olores que estremecen.

Olores que nos protegen de la mierda.

Olores que nos colman de felicidad en medio de la mierda.

Olores pequeños que nos permiten ver a través de la mierda.

JUAN.- ¿Podíamos organizar una cita? Sí, una cita entre la apestosa de la

litrona de perfume del ascensor y tu amiga la que vomita bilis, la de la

verborrea; las dos juntas, en cualquier sitio pequeño, diminuto,

compartiendo sus jodidas manías, así las dos, bien juntas, entreteniditas,

echándose bilis y colonias por encima, así, jodidamente enrolladas, y

nosotros aquí, sin más, tan tranquilos, un aguardiente tostadito y nuestros

olores. Ale.

MARISA.- Hay gente que apesta y otros echan pestes.

Todos juntitos, revueltos y a joder.

CARLOS.- Me limpio el culo varias veces al día, cago bastante a menudo.

Suelo hacer tres comidas, la primera es copiosa y tranquila; la segunda no

muy abundante pero de sabores plenos, fuertes y picantes, sabores que no

pasen desapercibidos; la última es larga, extensa y variada, anecdótica,

comida que invite a la conversación, a las ideas sin madurar y expuestas sin

excesiva reflexión. Cagar y comer o comer y cagar. En verano no me gusta

beber ni por la mañana ni por la tarde, sólo al anochecer, no soporto el

sudor con el alcohol. Me gusta sin embargo follar en verano, sudar mucho y

follar con el sol machacando mi cuerpo, nuestros cuerpos, cuerpos empapados

y pegados. Cagar, comer. Beber y follar.

MARISA.- Follar, ¿eh…? Verano, calor, sudar, cuerpos pegados, comidas

picantes, o… Meterse en la cama, con esos sabores fuertes todavía en la

boca, las chicharras y tu cuerpo de piel acogedora, sentir tu sudor

escurriendo por mi cuerpo, las sábanas pegadas y perderme en ti y contigo,

ale, sin más, ¿qué más quiero?, ¿qué más puedo pedir?

Soltamos ideas, sueños y cosas vividas; dolores y placeres; un amigo

muere y un hijo nace, también recordamos momentos bellos. Nos

abandonamos. Salir de esta vorágine, vivo en el exceso, no por placer, más

bien como salida-salvamento-supervivencia. ¿Morir lentamente o excederse?

Tiene que haber más posibilidades. Cuerpo caliente, cuerpo templado. ¿Insatisfecha?

Qué sé yo. Intento pensar en situaciones bellas y voy y lo consigo:

quiero disfrutar de los días.

Tú eres gilipollas.

Gilipollas mío, yo te quiero.

COSAS Y GILIPOLLECES SOBRE JUAN SEBASTIÁN

14 de marzo de 1996. Juan Sebastián, has llegado. Reposas un instante

sobre el vientre de la mujer que hace tan solo unos minutos te guardaba.

Ella, la que te tuvo dentro, en el vertiginoso y largo instante en el que viste

la luz, aunó toda su violencia y sensualidad para, con la suavidad que es

capaz de poseer todo su cuerpo, depositarte en la vida. Ahora ella te

reconoce con avidez y es feliz al verte por primera vez solo. Después,

descansará.

***

Yo fui testigo, y mudo quedé ante la belleza del instante.

***

Ella te parió; quedó cansada y excitada.

Recuerdo estar muy cerca de tu madre, sintiendo su calor, compartíamos

aquel momento de felicidad extrema y reposo, después de su tremendo

esfuerzo.

Una gruesa enfermera sonriendo te trajo de la incubadora: no recuerdo

más, imagino conversaciones de rigor.

Y en este punto del relato el recuerdo se vuelve silencioso y aparecen con

claridad los colores pardos y tierras de los costrones que todavía tenías en tu

cabeza y la suavidad de tu piel. Estábamos los tres solos, te olíamos, tu olor

era fuerte y se fundía con los nuestros: olor de familia.

Vuelvo a olerte, tu olor me pierde.

El arte de la fuga.

La luz que se deja filtrar entre las nubes, suave y decidida, ilumina las

casas situadas en el último término de la Vista de Delft pintada por Vermeer.

El olor del membrillero en un atardecer de otoño.

Juan Sebastián, estabas ya en mis brazos.

***

Sin mirar, en la oscuridad de la noche, alargo mi mano buscando el contacto

con la tuya; Juan Sebastián, tu mano es suave, no es grande, pero ya no es

la mano incontrolada y torpe del recién nacido. Al mínimo contacto tus dedos

buscan los míos, tus yemas se deslizan examinando los mínimos relieves. Y

ahora nuestras manos, en la intimidad de la oscuridad de la noche, muy

juntas, se cuentan, en un lenguaje secreto, historias fantásticas de fidelidad

y amor.

***

Con esa suavidad, única y perecedera, se despierta. Unos sonidos silbantes

o guturales y los ojos completamente abiertos, capturando absolutamente

todo con avidez; después, cuando con sigilo me acerco, se gira y aparece la

sonrisa como expresión de la felicidad por verme: yo me derrito. Admiro a

mi hijo, tiene mérito por el hecho que para la gran mayoría de los mortales

soy un tipo bastante aburrido, feo e insulso.

***

Llevo tres días intentando enseñar al niño a pedorretear. Por fin lo he conseguido.

Tengo agujetas en los músculos que rodean la boca pero el niño pedorretea

sin parar. Ahora mantengo extensos y profundos diálogos de pedorretas

con él. Cuánto me satisfacen y enriquecen, y cuánto tiempo perdido

con conversaciones de las llamadas más o menos serias con los, mal llamados,

más o menos adultos e inteligentes.

***

Recostado en un sillón. Él recostado sobre mí. Con un gran esfuerzo, se

incorpora con sus casi incontrolados brazos, y me mira. Sonríe y vuelve a

recostar su cabeza sobre mi pecho balbuceando y pedorreteando con suma

suavidad. Yo le acaricio la espalda y siento su pequeño peso sobre mi

cuerpo. En esta situación el tiempo pasa sin medida y tengo la sensación de

no necesitar nada más.

***

Al ponerme a hablar sobre Juan Sebastián todo lo que viene a mi cabeza es

sumamente sencillo. Es irremediable, le miro y lo único que puedo extraer

de mí, aparte de la incondicional sonrisa, son sencillas descripciones y sencillas

palabras seguramente dichas, pensadas o sentidas por millones de

padres antes de mí: se me cae la baba, al ver a mi hijo, igual que a millones

de hombres. Hoy por hoy no necesito más. Me satisface y hacía mucho

tiempo que no me encontraba satisfecho. Quizá una parte de mí no lo

entienda, quizá sea la parte de mí que deseo matar todas las mañanas al

despertarme.

 

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