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Autor
Vicente Arlandis y Sandra Gómez
Año de publicación
2014
Referencia bibliográfica
CORNAGO, Óscar (Coord.), Manual de emergencia para prácticas escénicas. Comunidad y economías de la precariedad, Madrid, Continta me tienes, 2014, pp. 263-272. [Esta conversación entre Juan Domínguez y Óscar Cornago se inició en julio del 2013 en Madrid, luego continuó vía mail a lo largo del verano]
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Texto original publicado
29 de octubre 2020
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La tragedia de los comunes

Buenas tardes a todo el mundo y gracias por venir. Vamos a proponeros un juego. A tres de vosotros os hemos asignado el rol de IMPOSTOR. Estos tres impostores se conocen entre sí. El objetivo del grupo será descubrir quiénes son los impostores y los impostores tratarán de pasar desapercibidos durante el juego y no ser eliminados. El mecanismo del juego es el siguiente: Cada diez minutos tendréis que decidir de manera conjunta quién pensáis que es un impostor y eliminarlo. En el ordenador tenéis una alarma programada que cada diez minutos emitirá un aviso. La persona eliminada anunciará al grupo si es un impostor o no. Así sucesivamente hasta que el grupo consiga descubrir a los tres impostores o los impostores lleguen hasta el final sin ser descubiertos. Todo aquel que sea eliminado tiene voz en las siguientes deliberaciones pero no voto. A excepción de la primera persona eliminada que sí conservará su voto siempre que no sea impostor. la tragedia de los comunes RECORDAD: intentad cumplir los tiempos y cada diez minutos eliminad a un sospechoso. El tiempo máximo que tenéis son 90 minutos, si al finalizar este tiempo no habéis eliminado a los tres impostores, estos habrán ganado el juego. Nos gustaría que vieseis dos vídeos durante el juego. El vídeo número dos lo tenéis que poner después de haber eliminado a las dos primeras personas. Y el vídeo número tres después de haber eliminado a las dos siguientes. Eso es todo y suerte. Hacednos una llamada perdida a nuestro móvil cuando hayáis acabado. Sandra Gómez y Vicente Arlandis en La tragedia de los comunes, 2010. Fot. Sandra Gómez/ Vicente Arlandis. 265 —Pues yo creo que teníamos que empezar diciéndonos las consignas que tenemos cada uno. —Ah, ¿pero tenemos todos consignas? —Yo creía que eso no se podía decir. —Eso es lo que nos dijeron, pero a lo mejor podemos pasar. —Vamos a ver, ¿a todos nos han dado una consigna? —¿A quién no le han dado una consigna? —¿Y pistas…? —¿Pero hay gente que tiene además pistas? Yo pistas no tengo. —¿Quién no tiene pistas? —Bueno, la cosa es que yo sospecho ya de una persona. Aunque no tenga mucha idea, pero yo sospecharía de alguien como tú que parece que sabe muy bien de qué va esto, porque yo no tengo ni idea, pero veo que aquí hay gente que controla todo el asunto. —Aquí Esther ha lanzado una sospecha sobre alguien… —Mira, yo creo, por los colores que llevamos, que puede ser que en cada grupo exista un impostor. —Pues mira, si es así, yo me voy a ir con los míos y me pongo al lado de la ventana. —¿Tú eres Mónica, no? —No, ella es Laura. Mónica soy yo. —Perdonad que siga dando la vara con lo mismo, pero mi lógica me pide decir que cada uno muestre sus consignas antes de empezar a sospechar de la gente. —Es que las consignas son el juego, no se pueden decir, si no, rompes el juego. —Pero yo sí que abogaría porque el que más sabe es el… —Espera, teníamos diez minutos, ¿no?, así que tenemos que ir preparándonos para echar a uno. —Vale, pues a votación, hagamos una ronda. —Empiezo yo. Para mí que es ella, porque es la que parece que tiene más información. —Eso porque he hablado mucho, pero yo es que soy así. 266 —Pues yo creo que es ella. —Joder, pobre, si no ha abierto la boca. —Hacemos una ronda sin pararnos y las dos personas más votadas a la puta calle. —Bueno, espera, espera. Si todavía puedo cambiar, digo que ella. —Pero exponed un poco por qué, porque si no… —Vamos a ver, yo debo ser un poco retrasado, porque no me entero de nada. —Mira, yo le voto a él porque me ha votado a mí, así de claro. —¿Y no será que todo esto es una trampa para que nos terminemos liando entre nosotros? Yo propongo que lo hagamos en plan matemático, lo sorteamos y al que le toque se va fuera, así acabamos con el juego de manera limpia, porque todo esto en el fondo es una cuestión de azar, lo dejamos en manos de las matemáticas y la suerte, y nos dedicamos a tomarnos estas birritas y tan amigos. —Ya, pero es más divertido pelearse. —Yo voto también a Mariví, que no deja de hablar. —Oye, el que no deja de hablar eres tú. —¿Y tú, a quién dices? —Ni idea, pues ale, a Mariví también. —Yo a Esther. —¿Esther quién es? —Pues yo a Antonio, que va así a rayas y está muy guapetón. —Ya, me parece que la consigna del jersey a rayas va a ser importante. —¡Qué jodía!, ¿y por qué no es importante la consigna de la mitad de la cabeza rapada y te echamos a ti? —Pues yo… ¿pero tiene que ser a una persona sola? Bueno, pues yo también te acuso a ti, pero por decir algo, ¡eh!, que me encanta tu pelado. —Bueno, cómo va la cosa… —Yo es que no me entero, entonces, si no eres impostor, ¿qué eres… auténtico? —Vale, pues yo no he recibido ninguna consigna para ser impostora… y creo que me habéis acusado porque no he abierto la boca.

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Los experimentos de conformidad con el grupo fueron una serie de experimentos realizados en 1951 que demostraron significativamente el poder de la conformidad en los grupos. Los experimentadores, conducidos por Solomon Asch, pidieron a unos estudiantes que participaran en una «prueba de visión». En realidad todos los participantes del experimento excepto uno eran cómplices del experimentador y el experimento consistía realmente en ver cómo el estudiante restante reaccionaba frente al comportamiento de los cómplices. El objetivo explícito de la investigación era estudiar las condiciones que inducen a los individuos a permanecer independientes o a someterse a las presiones de grupo cuando estas son contrarias a la realidad. Los participantes —el sujeto verdadero y los cómplices— estaban todos sentados en la sala de una clase en donde se les pidió que dijeran cuál era a su juicio la longitud de varias líneas dibujadas en una serie de exposiciones: se les preguntaba si una línea era más larga que otra, cuáles tenían la misma longitud, etc. Los cómplices habían sido preparados para dar respuestas incorrectas en los tests y determinar si ello influía en las respuestas del otro estudiante. El experimento se repitió con 123 distintos participantes. Se encontró que, aunque en circunstancias normales los participantes daban una respuesta errónea el 1% de las veces, la presencia de la presión de grupo causaba que los participantes se dejaran llevar por la opción incorrecta el 36,8% de las veces. Aunque la mayoría de los sujetos contestaron acertadamente, muchos demostraron un malestar extremo y una proporción elevada de ellos (33%) se conformó con el punto de vista mayoritario de los otros cuando había al menos tres cómplices presentes, incluso aunque la mayoría dijera que dos líneas con varios centímetros de longitud de diferencia eran iguales. Cuando los cómplices no emitían un juicio unánime era más probable que el sujeto disintiera que cuando estaban todos de acuerdo. Los sujetos que no estaban expuestos a la opinión de la mayoría no tenían ningún problema en dar la respuesta correcta. S. Asch. Experimento sobre conformidad con la mayoría: http://www.youtube.com/watch?v=-msjNnWWq7g —Dejadme hablar, quiero decir una cosa importante. Aquí había una persona que tenía muchos votos, y se ha dedicado a acusar a otra, que no había dicho nada en todo el rato, para cambiar la votación. Yo solo voy a decir esto, y además me parece un poco cruel. —Pero yo he opinado, opinar es parte del juego. —No pienso dejar bote, ¡eh!, os lo digo a los de la cámara para que me veáis bien, Vicente, Sandra, que no he durado ni diez minutos. —Bueno, vosotros dos parece que sí que os conocéis, ¿no? ¿Y alguien más es amigo de ellos dos? —Bueno, nosotros amigos… más bien conocidos. —Hombre, nos hemos visto varias veces… —Pero también puede haber casualidades, porque de repente, cuando he llegado aquí había gente que no se conocía. —Pero tú has venido sola, y tú también… ¿quién más ha venido solo? —¿Y vosotros dos os conocéis? —No. —Voy a ser muy agudo. La única persona que ha dicho que los impostores se conocen ha sido ella. —Mira, voy a hablar, a la única persona que conocía aquí era a ti, no tengo más amigos. —¿Pero cuando decimos «amigo» a qué nos referimos concretamente? (Carcajada general. El tono de voz se va elevando.) —Aquí falta unión del pueblo, así no vamos a ningún sitio. —Ah, pero tú ya has jugado a esto, entonces nos puedes dar muchas pistas. —Yo ya os he contado cómo va el juego. Yo iría haciendo otra ronda… es que esto va un poco a boleo. —Yo lo del boleo no lo apoyo para nada. —Tengo ahora ya clarísimo quiénes son. —Le quiero preguntar a Jorge, ¿cuántos amigos tienes aquí? —Joder con la pesada de los amigos. —Pero espera, espera, ¿alguien ha dicho que podamos mentir…? —Si eres impostor, puedes mentir, claro, se tienen que salvar. —Ah, y los demás, ¿no? O sea, si eres «auténtico» tienes que decir la verdad como un pringao. —Pero puede ser que cuando dice «los impostores se conocen» no es que sean amigos o conocidos, solo que ellos saben quiénes son los otros que se conocen, por la ropa o lo que sea. —Yo creo recordar que en el vídeo se decía que los impostores sabían quienes eran los otros impostores. —Luego, efectivamente, no es que se conozcan, es que se reconocen. —El vídeo está hecho para confundirnos. —Tú dices que hay un impostor de cada color, y da la casualidad de que de los negros nos hemos cargado justo al que no era impostor. —Hay que votar. Yo voto a Esther. —Yo también. —Yo también. —Pues, venga, yo también. —Bueno, yo antes de morir os quiero decir que la voté a ella y me equivoqué porque no era impostora, y ahora pienso que puede ser ella y os digo para el futuro que él también. Y además sois unos cabrones por echarme. —Esa es mi cerveza.

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El dilema del prisionero es un problema fundamental de la teoría de juegos que muestra que dos personas pueden no cooperar incluso si en ello va el interés de ambas. La policía arresta a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos y, tras haberlos separado, los visita a cada uno y les ofrece el mismo trato. Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será 270 condenado a la pena total, diez años, y el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Si ambos lo niegan, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante seis meses por un cargo menor. Robert Axelrod. El dilema del prisionero: http://www.youtube.com/watch?v=g5MeC3GDx74 —Un momento, un momento, que falto yo, yo le voto a él. —¿A mí, pero a mí por qué, tío? —En el fondo me caes mal, no te lo quería decir… —Yo propongo organizarnos, eh, porque vamos mal de tiempo y los impostores siguen aquí. Que estos cabrones nos van a ganar. —Es que si los impostores se conocen entre ellos también se pueden defender entre ellos. —Pues yo te voy a votar a ti, que te veo muy organizador. —Puedes abrir ahí un poco, que hay un humo…. —Aquí lo que hay es mucho caradura. —Mirad, esta está muy callada… —Claro, eso, vamos a carganos primero a los callados, por callados, y a los varosos los dejamos para el final. —Disculpad un momento… un momento, a mí me parece muy interesante una cosa que has dicho tú, y es que a lo mejor no hay ningún impostor. —Bueno, entonces nos están engañando estos, que nos estarán espiando por algún sitio y se estarán partiendo el culo. —A lo mejor ese es el juego, porque esto al fin y al cabo es su juego. —Mira, que le den al juego, yo me tomo aquí mis cervecitas, me fumo mi cigarrito, y si queréis echarme, pues echarme. —Yo sí que creo que tiene que haber impostores… a lo mejor eres tú que dices que no hay ninguno justamente por eso, porque sabes que sí hay. —Además, no sé por qué no nos podemos decir las consignas, vamos a jugar sucio, nosotros tampoco sabemos si nos han dicho toda la verdad. —Yo creo que ella es una impostora y Quique también. No, es más, cambio: Laura y tú, porque eres muy buen actor. —Vaya, gracias, para eso he ido a la escuela. —Sí, lo que pasa es que este actúa siempre, como todos los actores. —Oye, tú, performer de mierda, no te pases, que para actores vosotros. —Yo voy un momento al servicio, no sé si esto va a influir en la votación. —Voy a investigar, a ver si es verdad que va al baño. —Yo le voto a él, que lleva la voz cantante. ¿Cómo te llamas tú? —¿Él?, Hipólito. —Espera, espera, antes de que matéis a otro quiero opinar, porque ella ha dicho la misma cosa que Laura. —Pero tú no puedes votar. —No puedo votar, pero hablar sí, ¿pasa algo? —¿A alguien le queda tabaco?

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La tragedia de los comunes (en inglés Tragedy of the commons) es un dilema descrito por Garrett Hardin en 1968, y publicado en la revista Science. Describe una situación en la cual varios individuos, motivados solo por el interés personal y actuando independiente pero racionalmente, terminan por destruir un recurso compartido limitado (el común) aunque a ninguno de ellos, ya sea como individuos o en conjunto, les convenga que tal destrucción suceda. Hardin utiliza el ejemplo para analizar la relación entre libertad y responsabilidad. A pesar de que su trabajo ha sido duramente criticado por otros autores, su publicación dio comienzo a un amplio debate acerca del análisis del comportamiento humano en las áreas de economía, psicologia, teoría de juegos, política, sociología, etc. Se considera que el dilema representa un ejemplo de trampa social en el que se enfatiza un conflicto social sobre el uso de los recursos comunes al implicar una contradicción entre los intereses o beneficios de los individuos y los bienes comunes o públicos. En palabras de Barry Schwartz: ¿Cómo escapar del dilema en el que muchos individuos actuando racionalmente en su propio interés pueden en última instancia destruir un recurso compartido y limitado, incluso cuando es evidente que esto no beneficia a nadie a largo plazo? […] Nos enfrentamos ahora a la tragedia de los comunes globales. Hay una Tierra, una atmósfera, una fuente de agua y seis mil millones de personas compartiéndolas deficientemente. Los ricos están sobreconsumiendo y los pobres esperan impacientes a unírseles.

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