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Autor
Esteve Graset
Año de publicación
2005
Referencia bibliográfica
CORNAGO, Óscar (ed.), Políticas de la palabra. Esteve Graset, Carlos Marquerie, Sara Molina, Angélica Liddell, Madrid, Fundamentos, 2005, pp. 103-110.
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Texto original publicado
Etiquetas
dramaturgias
Categoría
Creación
16 de julio 2020
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Fenómenos atmosféricos

EL TERRITORIO HUMANO

Pasar. Pasar como sea y de la manera que sea. Lo sabes. Sólo tratas

de pasar. Pasar. Pasar. Seguir adelante o seguir en el mismo sitio.

Pasar ¿qué? Pasar el tiempo. Pasar la vida. Pasar ahora. Como sea.

Pasar. Dices: estoy bien así, estoy bien así, y vuelves a decirlo, y lo

dices todos los días, muchas veces al día, me lo dices, lo dices, lo

escribes… sueltas otras palabras: paranoia, desinterés. Frases: saber

que no valgo para nada porque me dicen sin decírmelo que no valgo

para nada, porque me imagino que dicen que no valgo para nada.

Dudas: ¿no valgo porque dicen que no valgo o no valgo porque digo

que no valgo? ¿y si resultara que valgo? ¿que valgo a pesar de que

todos creen o yo creo que no valgo y yo mismo creo que no valgo, que

valgo, que puedo valer, que podría valer, que ahora mismo valgo? El

valor no es nada más que valor, el hecho es hecho… hechos… hechos

que no excluyen, que incluyen… Siempre pensaste que incluir

significaba excluir, sin nunca decidirte a abrir todas aquellas puertas

con habitaciones para huéspedes. ¡Son puertas falsas! No lo son, y

aunque lo fueran, las puertas aun falsas, tienen agarraderas para

manos desesperadas, para manos curiosas…

EL TERRITORIO DE LA MESA

Levantarse por la mañana y soportar toda la gravedad, una gravedad

superior a la resistencia / querer estar de pie. Saber que

inevitablemente se volverá a la cama sofá silla suelo. La incapacidad

absoluta no ya de permanecer de pie, sino de pensar en permanecer

de pie. Buscar soluciones a la permanente horizontalidad. Vueltas y

más vueltas a los disquetes del pensamiento para no encontrar más

que las inútiles soluciones de siempre, soluciones sabidas por su

ineficacia, soluciones mil veces utilizadas y mil veces fracasadas.

Insistir en revolver y revolver sabiendo que ninguna fórmula nueva

(aparecerá), ninguna palabra inédita (aparecerá), mucho menos una

idea inédita aparecerá.

VÉRTIGO

¡Deja de soñar con el vértigo! ¡Este balcón está demasiado alto!

este asfalto demasiado duro

siempre pensé que toda calle debería disponer de una red de circo

cada día cada hora cada minuto

podrías arrojarte por el balcón

siempre arrojarte

siempre

cuando quisieras

como quisieras

a cualquier hora

de cualquier manera

acto acción afirmación

¡siempre podrás agarrarte a un cable eléctrico!

después del café me arrojo por el balcón

después de la comida me arrojo por el balcón

si llaman a la puerta me arrojo por el balcón

si suena el teléfono me arrojo por el balcón

si llega una carta me arrojo por el balcón

después de cenar justo después de cenar después de terminar el postre

después de limpiarme los labios con la servilleta de papel

quizá después de lavarme los dientes de enjuagarme la boca de

secarme con la toalla

después de peinarme me arrojo por el balcón

me arrojo por el balcón siempre

todos deberían arrojarse por el balcón siempre

todos, siempre

una ciudad de arrojados siempre

arrojados ya sea por voluntad propia o ajena, mejor propia,

para arrojados

al fin siempre

arrojados por cualquier motivo siempre

por cualquier queja siempre

arrojarse todos los días cada día siempre

saber que ahora te arrojas que después volverás a arrojarte

que mañana también te arrojarás

y así, siempre.

TODO EL MAR

Desde ahora mismo

Dimito de todos los trabajos que tuve, de todas las horas, minutos,

meses en que «me obligué» a hacer «obligaciones». Desde ahora mismo

no más obligaciones, sólo necesidades.

Era un trabajo sin esfuerzo, sin esfuerzo ni mental ni físico, me lo

habían dicho, no tienes que hacer ningún esfuerzo… pero tenía que

estar allí, y estar allí —que no me hablen de las galeras— era una

tortura por segundo, a tortura por segundo, la más refinada y cada vez

más sutil tortura por segundo. Descubrí un manual, mi propio manual,

manual interminable de la tortura. Mi propia mente inventaba sin cesar

y aparentemente sin final las torturas más abyectas, por segundo, cada

segundo, sin falta, inagotablemente. Así que no me hablen de

torturadores, yo mismo soy un torturador, sin ir más lejos el más

experto, el más creativo, el más certero. Ya no hago nada que ponga

en funcionamiento mis cualidades torturadoras. Soy un torturador y

una víctima en vacaciones. Vacaciones perpetuas. Así que nadie me

obliga, ni yo me obligo. No más obligaciones. Hoy me levanté y me

dije, no más obligaciones, ya no soy más torturador, ya no soy más

víctima…

ya no me obligo ya no me obligan no me dejo obligar

ni dejo que me obliguen ni nadie se atreve a obligarme

ni nadie me obliga ya más

ni siquiera me obligo a fumar un pitillo mucho menos a comerme el

asqueroso queso del restaurante, aún mucho menos a contentar al

gato. El gato me tiene harto. Harto de tirarlo por la ventana. Harto de

comprarle botes en el supermercado. Harto de su olor. Ya lo digo, el

gato me tiene harto. Y aún así era capaz de pagar a la pandilla de críos

para que lo buscaran cuando se perdía. Nunca supe por qué se perdía.

Nunca lo supe. Ahora soy yo el que se pierde. Hoy empiezo a

perderme. A perderme completamente. Sólo completamente perdido sé

del buen sabor del pescado, mucho más del aire, y cómo no, mucho

más del mar. Llegué a depositar el mar, todo el mar, encima de la

mesa. Ahora lo llevo en el bolsillo, todo el mar en el bolsillo. Así que

dejad de buscar el mar. El mar lo tengo yo. Yo tengo todo el mar. En el

bolsillo. Y no pienso soltarlo. Así que no obligarme a nada. Ni siquiera a

soltar el mar.

volar volar volar volar volar volar volar volar volar volar

volarvolarvolarvolarvolarvolarvolarvolarvolarvolarvolarvolar

viste cómo se abrían las paredes

cómo se alejaba la ventana cómo se hundía el suelo

te quedaste en el aire suspendido allí

sentado en tu cama viste bailar la ciudad

quisiste hablar y hablaste

le hablaste a la montaña lejana al árbol a la nube

nunca supiste lo que decías

pero sabías que lo que decías era lo justo nada más que lo justo

no podía ser otra cosa ninguna otra cosa lo sabías

cama y cuerpo os precipitasteis en aquella raja de hormigón y viento

supiste del impacto terminal

de la división del cuerpo en siete pedazos

del valor de un pie suelto

del cerebro abierto

y ahora sabes

que todo empezó terminó con un pensamiento

sólo con un pensamiento con nada más que un pensamiento

pensaste ME HUNDO ME HUNDO ME HUNDO

y te hundiste

EL TERRITORIO DE LAS PUERTAS

Lo tengo claro, decía, el mejor estado posible es el estado de la

derrota. Aceptar la derrota, decía, es la liberación, el descanso, el

sueño, el pasear despacio, el masticar lento, el nadar rápido. La

derrota, decía, es volver a nacer. Pero volver a nacer mayor. Siempre

pensé, decía, que nacer mayor sería lo recomendable, lo más lógico y

preciso. Nacer mayor y derrotado, decía, sería la mejor de las loterías.

Nacer bebé berreante, decía, es lo más abyecto, o uno de los hechos

más abyectos de entre los muchos hechos abyectos por los que hay

que transitar. Vivir con la derrota, decía, es respirar el único aire no

contaminado de la atmósfera. Vivir victorioso, aunque sea

aparentemente victorioso, o buscar la victoria, aunque sea una victoria

ficticia, porfiar por la victoria, aunque sea imposible, persistir en la

línea de la victoria, es todo aquello que rompe el estómago, decía. Y

cuando se te rompe el estómago, decía, aunque el estómago

permanezca médicamente impecable, nuevo, es la náusea, el vómito,

la hinchazón, el mareo, el vértigo, el insomnio. Siempre busqué la

derrota, decía, y en su defecto el silencio, la otra orilla, decía. A

condición de que fuera un silencio interminable, decía. El silencio,

decía, sólo es aconsejable, sólo es disfrutable, sólo es maravilloso e

imprescindible cuando es interminable, sin pausa. Una pausa, una sola

pausa, decía, golpea mortalmente el silencio, y si te quedas con el

silencio muerto entre las manos, cuando el silencio es tu condición, te

ahogas, y si te ahogas, lo tienes crudo, decía. Mira, decía, pueden

pasarte muchas cosas en la vida, la peor, la más atroz, es que te

ahogues, la peor cosa. Lo mejor del silencio es que no te deja tiempo

para pensar, por lo menos no te deja tiempo para pensar tonterías,

decía.

blindar la puerta la ventana ¿de qué ventana hablas?

nunca volveré a salir a menos que se hunda la casa

nunca volveré a marearme ante el aire de la escalera

rostro de vecino

precipicio ascensor

nunca volveré a quedar atrapado en la oscuridad tiempo sin tiempo de

la claustrofobia

los lugares demasiado pequeños golpean

Blindar la puerta la ventana

¿de qué ventana hablas?

 

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